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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2010.

EL PASO DEL TIEMPO Y 62 BIBLIOTELANDIAS

 Comienza la segunda semana de junio y uno contempla el horizonte del tiempo con inquietud. En pocos días, habrá terminado un nuevo curso escolar y todo lo que para mí ha tenido de especial, pasará a formar parte del incierto territorio del recuerdo. A principios de septiembre de 2009 veía ante mí un tiempo largo para trabajar de otro modo, en otras cosas; dedicar tiempo a cuestiones para las que no tienes minutos habitualmente… Bueno, pues todo eso está a punto de acabarse y he seguido sin tener minutos para algunas cosas, aunque como es evidente he podido hacer otras muchas (principalmente las que reflejé en el proyecto de trabajo que debí presentar y que aprobó la Consejería). No es fácil gestionar el tiempo y siempre nos deja, el paso del mismo, con esa sensación de velocidad excesiva, de nuestra incapacidad para poder detenerlo si quiera un instante…

 

Quiero hablar un rato del número 62 de Bibliotelandia que hoy dejaré en la imprenta para convertirlo en boletín impreso y poder repartirlo y regalarlo a las familias del colegio y a las amistades interesadas en estos avatares. Como todas las publicaciones periódicas, la aparición de un nuevo número es un indicador del paso del tiempo. En unos días, como digo estará impreso y colgado (en formato pdf) en alguna página web: la del colegio y la de “macoca”… y entonces, además, podrá ser leído en formato digital. Personalmente creo que se trata de una publicación bastante singular, es posible que ya lo haya dicho otras veces, porque son muy pocas las publicaciones que se hacen, exclusivamente, desde una biblioteca escolar. Eso, por un lado ya es un valor, y por otro, por sus contenidos, ya que trata, con mejor o peor fortuna, de recoger todo lo que genera la biblioteca o lo que ocurre en ella a lo largo del curso. De tal manera que, la lectura de la colección de boletines, viene a contar “la historia de una ilusión”, pues así podríamos denominar a esta aventura que sobrepasa los 22 años.

 

Debo decir también que suelo entretener parte de mi tiempo (de vez en cuando) en releer las publicaciones que impulsé en otro tiempo. Me gusta encontrarme, ya que estamos hablando de Bibliotelandia, con números viejos y echarles un vistazo a los textos y a las noticias. Se trata de un viaje curioso. En un “plis plas” te plantas en 1992 y lees que Dereck Walcott fue galardonado con el Nobel de Literatura o que se celebraba el centenario del nacimiento del poeta César Vallejo… Te colocas en 1993 y lees en el número 18 que “la biblioteca escolar ha recibido una docena de cuentos infantiles enviados por “El Caserío”; cuentos ilustrados por Violeta Denou, la inventora de Teo” y con el número 19 (abril del 93) recuerdas la aparición de cuatro maletas bien decoradas que circularon por la clases del colegio, llenas de libros bonitos para dar a conocer parte de nuestro fondo documental… De un salto, te sitúas en junio del 94 y tu mirada se detiene en las páginas de un ejemplar especial, el número 25, lleno de “Ánimos lectores” que nos enviaron cuarenta personas del deporte, de la política, del espectáculo, de la literatura, con sus fotos dedicadas… O aterrizas en el número 34, de junio del 97 y lees la reseña de “Una bolita de algodón”, el primero de cuatro libritos publicados en el colegio, recogiendo muestras de tradición oral o un pequeño artículo que sintetiza la actividad titulada “El cine y los libros”. Con el número 35 rememoramos una generosa donación de libros que nos hicieron las editoriales De la Torre y Círculo de Lectores o la inauguración de “una biblioteca sin libros” en la Universidad de León (noticia que merecería pasar a la antología del disparate). El número 36 fue un número especial (24 páginas), nacido como consecuencia del cambio de ubicación de la biblioteca, tras diez años de funcionamiento. Un número en el que los alumnos y alumnas sueñan con una biblioteca nueva: “que tuviera el suelo suave como una alfombra”, “con música suavecita y luces de colores”, “que sea más grande y tenga ventanas también más grandes para que entre la luz del sol y no haya que encenderla”, “con sillas y mesas de colores”, “que esté adornada con cosas hechas por nosotros”, “que tenga muchos libros bonitos y que la gente vaya siempre”, “con un apartado de libros para los pequeños y otro para los mayores y que la abran por las tardes”… En el número 39 (marzo de 1999) se nos recuerda la publicación del segundo libro sobre folklore oral, “El patio de mi casa” o la circulación por las aulas de una maleta llena de libros que fomentan la cooperación y la solidaridad; el regalo de una docena de novelas para dultos, publicadas por el Heraldo de Aragón o las opiniones del grupo de chicos y chicas que habías hecho de bibliotecarios: “Para mí ser bibliotecaria era una ilusión. Me divierte atender a los demás y ordenar los libros…”, dice Goretti y Alba recuerda: “Para ser bibliotecaria debes esmerarte mucho en tu trabajo. Personalmente lo que más me ha gustado ha sido ayudar a leer a los pequeños…”

Y así podríamos estar mucho rato leyendo (y en mi caso, recordando) pequeñas notas, apuntes, noticias, reflexiones, reseñas que nos permiten realizar un pequeño viaje en el tiempo y son testigos de lo que hicimos colectivamente. Escribir siempre fue una manera de preservar parte de la vida del olvido y hasta estas modestas publicaciones cumplen esa finalidad, ese propósito.

 

Ahora quiero dejaros con la presentación de este número 62 que, como he comentado, hoy entrará en la imprenta. Será el texto de portada; un texto optimista, pero real, porque en este curso que termina, han pasado todas las cosas a las que se hace referencia. En ese sentido, podríamos decir que ha sido un curso capicúa. El pasado mes de septiembre estuve en Burgos participando en las Terceras Jornadas Provinciales de Bibliotecas Escolares y Lectura y la ponencia que me encargaron para cerrarlas la titulé: “La Biblioteca escolar. Fuente incesante de buenas noticias”. En este enlace la puedes leer completa: http://lecturaburgos.files.wordpress.com/2009/09/ponencia-mariano.pdf

 

 Curiosamente, la portada del número 62 de Bibliotelandia (en vísperas de la finalización del curso) y la última realización de la biblioteca en el mismo, lleva por título: La Biblioteca Escolar. Una fuente inagotable de buenas noticias. Es un repaso por todo lo bueno que ha deparado ese equipamiento cultural y emocional a lo largo de este curso. Quizás, para mí, al estar fuera del día a día de su funcionamiento, pero siendo testigo de casi todo, los acontecimientos los he vivido con una percepción especial. Sea lo que fuere, el caso es que estas cosas es necesario publicitarlas para que, por una vez, sean noticia las buenas noticias… Y este es un caso evidente.

 

La Biblioteca Escolar. Una fuente inagotable de buenas noticias

 

Puede sorprender un titular tan optimista, pero si nos atenemos a la relación de pequeños acontecimientos que pueden ocurrir, darse o vivirse en la biblioteca escolar, es posible que percibamos en su justa medida el significado del título.

Nuestra biblioteca cumple años sin interrupción y gozando de buena salud (en marzo, 22); se nutre de documentos nuevos cada curso escolar; renueva los canales de participación y colaboración de alumnado, profesorado y familias; es lugar de encuentro de los miembros de la comunidad escolar; divulga sus realizaciones en los medios de comunicación escritos y digitales a su alcance; es objeto de observación externa y de estudio de su trayectoria; recibe visitas de diversas personas que sienten curiosidad por conocer sus pasos, sus proyectos, sus actuaciones; realiza constantes intercambios de materiales con diversos colectivos, personas, centros de enseñanza; contesta frecuentes comunicaciones de personas que se interesan por el desarrollo de algunas actividades; presta materiales para exposiciones itinerantes a otros centros; acoge las ideas y el trabajo de un grupo de madres que la ornamentan y le cambian la faz con nuevas propuestas; recibe a todo el alumnado del centro para escuchar las palabras regaladas que les ofrecen el grupo de madres “cuentalibros” o “cuentacuentos”; participa en jornadas, encuentros, cursos… a través de algunas personas que explican las claves para mantener sus propuestas, sus efectos y sus afectos a lo largo del tiempo, colaborando en sesiones de formación del profesorado; anima a grupos de madres de otros centros a acercarse a sus respectivas bibliotecas escolares y colaborar en su funcionamiento… Todo lo anterior, así, someramente expuesto, debe ser motivo de alegría y de expresión del legítimo orgullo por mantener un bien cultural, público y colectivo, tan reconocido, al servicio de la lectura, del estudio, de la realización de pequeñas investigaciones, del encuentro y del intercambio en nuestro colegio. Y dicho lo dicho, ¿tú qué crees?, ¿es o no es una fuente de buenas noticias nuestra biblioteca escolar?

 

Saludos lectores y bibliotecarios para todos y todas, desde este rincón virtual que se renueva con esfuerzo cada poco tiempo.

07/06/2010 12:55 gurrion #. sin tema Hay 4 comentarios.

LAS CARTAS DE JULIÁN

Julián Olivera es un hombre singular. El pasado 28 de mayo cumplió 87 años y es un consumado escritor de cartas. No abandona ese medio de comunicación tan personal y hermoso que permite dejar una parte de uno mismo impresa en un papel; impregnándolo a su vez de múltiples huellas invisibles: la mirada constante, el aliento necesario, el pensamiento concentrado en la persona a la que se escribe, el suave tacto de la mano yendo y viniendo mientras se dibujan las palabras que brotan del corazón o del pensamiento…

 Escribir cartas, con lápiz, con pluma, con bolígrafo es un ritual cálido que sigue sirviendo para acortar la distancia física entre dos personas (en ocasiones, separados por miles de kilómetros). Con las cartas cultivamos la amistad, avivamos el amor, podemos dar ánimos a quien los necesita, consolar de una pérdida, ofrecer esperanza en situaciones difíciles, dar noticias desconocidas o poner ante el otro o la otra nuestras reflexiones sobre la vida, sobre el momento que estamos viviendo… Ya sé que hoy día todo eso también podemos hacerlo a través del móvil, del e-mail, de una red social tipo facebook o comentando en un blog… Pero no me negarán que la carta tiene un plus especial. En ocasiones escribimos un e-mail y lo enviamos, a la vez, a veinte personas. Una carta manuscrita suele ser única y va dirigida a una persona. Quien la escribe lo hace pensando solamente en ella y si quien escribe decide, a continuación escribir otra a otro amigo, amiga, etc. casi seguro que será bien distinta, aunque coincida el encabezamiento o la despedida o alguna de las cosas que cuenta…

 Julián Olivera es un hombre sorprendente. En poco tiempo he recibido media docena de cartas suyas. La primera está fechada el 25 de febrero de este año. La recibí con retraso porque no me la envió directamente, sino que utilizó la intermediación de un conocido común. Julián y yo no nos conocíamos o si, como él asegura, sí habíamos sido presentados, debió ser hace mucho tiempo o sin tiempo para intercambiar unas palabras, fuera del protocolario saludo de cortesía. En esa carta, que Julián aprovecha para presentarse y definir un territorio en el que pueda haber coincidencias, me ofrece un texto para publicarlo en El Gurrión. El texto tiene una extensión de siete folios completos y lo primero que debo hacer es teclearlos… Se trata de una “calcetinada” realizada en 1993 desde la boca del túnel de Bielsa hasta Puerto Biello (el portillo por donde franquearon la frontera los republicanos españoles y la población civil encerrada en La Bolsa de Bielsa), con sus amigos José Luis y Constante –ya fallecidos-. Julián me da amplios poderes para cortar fragmentos del texto si lo creo conveniente. Yo le tomo la palabra y suprimo todo aquello que puede ser prescindible a la hora de contar lo que quiere contar, para darle una extensión razonable en la revista. En el recién aparecido número 119 de El Gurrión (páginas 42, 43 y 44) se publica su primera colaboración. Y espero que su salud se mantenga a buen nivel durante años para poder contar con su pluma literaria y su experiencia vital: clarividente y rica.

 Julián Olivera es un hombre polifacético. Debo decir que recibir un sobre suya es siempre una fiesta porque es una caja de sorpresas. Contiene uno o varios textos manuscritos, con una letra clara y personal; textos –las cartas propiamente dichas- que hablan de múltiples asuntos con evidente criterio, relacionados ahora ya con lo que yo le he contado en la anterior. Seguidamente aparecen las sorpresas; por ejemplo, un par de folios escritos a máquina glosando la figura de Paco Rabal, fallecido en 2001 y con quien Julián se había intercambiado algunas cartas.  Da gusto leer las respuestas de Paco a Julián, llenas de sensibilidad y cariño y trasluciendo un alma sencilla, un hombre trabajador y honesto que seguía con los pies en el suelo, a pesar de su fama cinematográfica, sus premios y sus reconocimientos. En el mismo sobre, ¡otra sorpresa!, un texto de una página centrado en Albert Camus. Julián confiesa haber leído toda su obra y ser un incondicional del nobel argelino. Como Julián es un hombre que admira a los maestros republicanos, en ese folio copia un fragmento de la carta que le escribe a Albert Camus su maestro Louis Germain, el 30 de abril de 1959 y que tiene un comienzo potente y definitivo: “Quiero decirte cuánto me hacen sufrir, como maestro laico que soy, los proyectos amenazadores que se urden contra nuestra escuela…” ¡Qué bonito sería que documentos como éste, fueran repartidos a principio de curso entre los maestros y maestras de este país para su lectura y posterior comentario! ¡Cuántos proyectos amenazadores contra la escuela se siguen urdiendo desde hace años, amigo Louis…! Julián completa la página con comentarios de la obra de Camus: “un faro brillante del siglo XX”, tal como él lo define.

 Julián Olivera es un hombre amante de la lectura y de la escritura. Julián toma notas y escribe resúmenes de libros o noticias de actualidad, copia fragmentos de las lecturas que realiza… “Soy autodidacta; mi Universidad fue la obra de Ortega, que empecé a leer a los 16 años, cuando en la sórdida posguerra trabajaba como botones en una empresa. Me suscribí a “Revista de Occidente” cuando inició su segunda época, hace medio siglo (la primera fue breve 1923-1936). Mi biblioteca, con los números de la revista, que son un libro mensual, se compone de unos 2.300 libros: filosofía, historia, ensayos, narrativa… Se me olvidó algo esencial: poesía. Mi poeta sagrado es Antonio Machado”. No le he pedido permiso a Julián para reproducir lo que me escribía al final de una hoja en la que había copiado dos fragmentos de artículos: uno de Juan Malpartida sobre la Generación del 27 y Dámaso Alonso y el otro firmado por Benjamín Prado, titulado “Cien años de Alberti”, pero me siento autorizado a publicarlo, por la intensa relación que hemos establecido y lo hago con el máximo respeto y la más profunda admiración. Aún hay otro documento, de una página, titulado la impunidad del franquismo, copiado a máquina como los otros, en el que se habla del incomprensible y vergonzoso caso Garzón y al que añade, de forma manuscrita una cita, de la que no recuerda la autoría, y que dice: “Las dictaduras largas corrompen y degradan moralmente a una buena parte de la ciudadanía. Vivir bajo el miedo y la mentira encanallan  a mucha gente”.

 Confiesa Julián que “me gusta mucho mecanografiar textos para tenerlos cerca y enviar a los amigos”; por eso me manda, en el mismo sobre un documento de cinco páginas, con el título de “La recuperación de la memoria histórica”, en el que recoge fragmentos de textos de Edward Malefakis, Antonio Elorza, Pedro Taracena, José Manuel Caballero Bonald, Ángel S. Harguindey, Benjamín Prado, Julio Fernández García, Luis F. Moreno, Vicente Cacho, Juan José Longarela, Leonardo Sciascia, Adolfo Sánchez Vázquez, Julio Moreno y el propio Julián Olivera.. Textos que hablan del tiempo esperanzador de la República y también del terrible atraso que supuso cercenar aquel camino emprendido y sumergirnos en un tiempo oscuro de dictadura; de las consecuencias de la Guerra Civil… o que rescatan la figura de algunos personajes importantes en el mundo cultural del siglo XX: Machado, Miguel de Unamuno, Julio Caro Baroja, Otilia López, los maestros republicanos… Y todavía acompaña todo ese material con fotocopias manuscritas por el maestro Manuel Gimeno y otras de su hija, Ana María Gimeno, de las que hablaremos, tal vez, en otra ocasión.

Hasta aquí el contenido, así, por encima de una de las cartas o de los sobres de Julián. Podría haber elegido otro para describir su contenido, pero ya con uno, el lector se hará idea de lo que digo.

 Julián Olivera es un hombre agradecido y generoso. Esta semana he vuelto a recibir uno de esos sobres voluminosos que me manda mi amigo. Julián ha recibido ya el ejemplar del número 119 de El Gurrión, donde se publica el artículo al que me he referido anteriormente, con el título de “Puerto Biello y la Forqueta: unas rocas con memoria”. Una de las cartas de este último sobre comienza así: “¡Aquí están ya esas rocas con memoria! No sólo me gusta cómo ha quedado el texto, me encanta y he de agradecerte tu valiosa colaboración; has convertido lo que era un relato “entre amigos” en un artículo… Muchas gracias por tu labor, realizada con la palabra que empleas tú en las amables líneas de presentación… con pericia” (…) Sus dos cartas son de las que se leen más de una vez, porque todo lo que dice es importante y porque destilan inteligencia y sentimiento a raudales.

 Julián, con generosidad, me hace partícipe de sus aficiones y me envía copias de cartas intercambiadas con personajes importantes de la vida cultural española: una de las que le envió Fernando Vela, fechada en octubre de 1955 (me hace gracia la fecha porque yo tenía entonces poco más de un año de edad). Fernando Vela fue cofundador de la Revista de Occidente; otra del 66 firmada por Vicente Aleixandre (con posterioridad, Premio Nobel de Literatura), desde la calle Verlintonia de Madrid y una tercera firmada por José Ortega Spottorno (hijo de Ortega y Gasset), de 1999, a la que Julián ha añadido el siguiente texto: “Desde mi adolescencia, he sentido afición por la filosofía, mejor sería decir por la lectura de libros con pensamientos sobre esa extraña aventura que llamamos vida humana. La guerra civil de 1936 cortó bruscamente mis estudios de bachillerato y me quedé en el segundo curso. La durísima posguerra y la humilde condición social de mi familia, hacían muy difícil el acceso a la Universidad. Mi Universidad vino a ser la lectura de la obra de José Ortega y Gasset. Como todo autodidacta, he sido un lector voraz. Que el hijo, José Ortega Spottorno, del pensador español más importante del siglo XX diga que soy “un fiel discípulo de su padre” es para mí el más alto de los premios. Con mi modesto bagaje cultural, nunca pude soñar una distinción tan extraordinaria”.

A mí ya no me queda nada por añadir. Para mí es un regalo impagable esta relación epistolar que estoy manteniendo con Julián y lamento, como él mismo me dice en una de sus cartas, que no nos hayamos conocido antes. Siempre he sentido debilidad por las personas inteligentes, de palabra luminosa, de trayectoria ejemplar, de sentimientos nobles, que te introducen en caminos nuevos, que provocan reacciones en tus facultades interiores para ejercitar el pensamiento, aumentar la curiosidad y el deseo de aprender cosas nuevas y, ahora, inesperadamente, como fruto del azar (que tantas veces organiza magistralmente las cosas) y de la revista El Gurrión, se ha cruzado en mi camino, Julián Olivera. ¡Bienvenido a mi geografía personal! ¡Ya tenía ganas de ser correspondido en asuntos epistolares, pero no pensaba que encontraría a alguien capaz de superar mi afición!!; je, je, ¡lo celebro!

 

 

10/06/2010 11:23 gurrion #. sin tema Hay 1 comentario.


JABULANI Y VUVUZELA

Es muy probable que, este Campeonato del Mundo de Sudáfrica, sea recordado por estas dos palabras de nuevo cuño. Jabulani suena a nombre de ministro iraní, pero si se pronuncia  junto a Vuvuzela, da la sensación de que nos referimos a una pareja de cómicos, a dos personajes de animación infantil o a los protagonistas de una de esas historias de amor imposible. Seguramente acabarán siendo eso: dos protagonistas inseparables del Campeonato Mundial de Sudárica 2010, aunque es posible que el amor no acabe de florecer entre ambos. “Jabulani” es el nombre del polémico “balón de playa” (al decir de algunos) con el que se juega este campeonato y “Vuvuzela” es esa trompeta que no cesa de sonar en los estadios y que recuerda a un enorme moscardón; aunque, en realidad, sea la mosca cojonera más molesta que se ha inventado nunca.

 Desde 1930, cada cuatro años, el Campeonato del Mundo de Fútbol, genera múltiples expectativas y dispara la curiosidad por ver el comportamiento de algunos combinados nacionales, el emerger de nuevas figuras o la consagración de jugadores que, con una trayectoria notable o sobresaliente en sus clubes de origen, esperan a este evento para realizar actuaciones memorables. Aprovechando que se está celebrando la decimonovena repetición de este mundial acontecimiento, quería dedicarme a hacer un pequeño recorrido por todos los campeonatos mundiales de los que he sido testigo y de los que guardo algún recuerdo en mi memoria. Como se verá, unos dejaron mayor huella que otros y hay un progresivo adelgazamiento de recuerdos, ¿por qué será?

 El primero del que tengo recuerdos directos y que vi en televisión fue el de 1966, celebrado en Inglaterra. Lo que sé de los anteriores es por haberlo leído en diferentes documentos. Aquel año, las gaseosas La Casera editaron un álbum con 240 cromos, de las 16 selecciones que llegaron a la fase final (15 cromos por país). Guardo todavía el álbum completo y recuerdo que recitaba los nombres de todos los seleccionados, país por país, y por el orden en el que los tenía pegados en el álbum. También ese año, los chicles Bazooka enviaban los retratos de 41 jugadores españoles más el seleccionador, de seis en seis, a cambio de mandarles 10 historietas de las que salían en cada chicle y un sello de 1 peseta para la respuesta. Guardo todos esos retratos junto con la tarjeta de socio  del “Club Bazooka Joe”, número 2987 y otras cartas y regalos. En el primer envío, recibías los retratos de Neme, Suárez, Amancio, Olivella, José María e Iríbar, ¿los recuerdan?

 Bueno, pues en 1966, me acuerdo de ver los partidos (algunos) televisados en el bar de casa Carrera de Labuerda. Me acuerdo que España perdió con Argentina y Alemania en la fase previa. Me acuerdo que sólo ganamos el partido contra Suiza, con un gol de Sanchís que deshacía un empate a uno. Me acuerdo que Corea del Norte le ganó a Italia y que le ganaba 3 a 0 a Portugal, aunque acabó perdiendo. Me acuerdo de Eusebio, la estrella portuguesa, una gacela, capaz de marca 4 goles seguidos a Corea del Norte. Me acuerdo de algunos errores arbitrales en las semifinales entre Portugal e Inglaterra que facilitaron a ésta llegar a la final. Me acuerdo que la señal de televisión iba y venía y nos perdimos algunos goles importantes. Me acuerdo del gol fantasma de Inglaterra, en la prórroga de la final. Me acuerdo que Inglaterra fue campeona del mundo y que en esa selección jugaba, con las medias bajadas, un “carnicero” de apellido Stiles, aunque también lo hacían B. Moore y B. Charlton.

 En 1970, el mundial se fue a México. Yo estudiaba bachillerato en Huesca y allí me pilló el comienzo. Me acuerdo que los partidos se retransmitían a horas intempestivas. Me acuerdo que una noche bajamos a ver un partido a la sala de televisión del internado, sigilosamente, para que no se enteraran los curas. Me acuerdo que nos pillaron. Me acuerdo de una semifinal, Alemania contra Italia. Me acuerdo que empató Alemania, por medio de Schnellinger en el último minuto. Me acuerdo que la prórroga fue apoteósica. Me acuerdo que se marcaron cinco goles en ese tiempo añadido. Me acuerdo que la ganó Italia por 4 a 3. Me acuerdo que ya destacó un futbolista alemán, de apellido Beckenbauer. Me acuerdo que no vi la final. Me acuerdo que estaba en Labuerda de vacaciones. Me acuerdo que esa tarde- noche, llegábamos de bailar de la “explanada” cuando Brasíl le metía el cuarto a Italia. Me acuerdo que todo fueron elogios para los brasileños. Me acuerdo que en aquel equipo jugaban Pelé, Tostao, Gerson, Carlos Alberto, Jairzinho…

 En 1974, el mundial se jugó en Alemania. Me acuerdo de Holanda. Me acuerdo que maravilló su fútbol y sus futbolistas. Me acuerdo que se enfrentaban la RDA y la RFA. Me acuerdo que ganó la primera. Me acuerdo que el favorito era Holanda. Me acuerdo que Alemania ganó el mundial. Me acuerdo que consideramos a Holanda como vencedor moral de aquel mundial. Aún hoy día se recuerda a Holanda como la selección que hizo el mejor fútbol con ventajas. Me acuerdo que a aquel equipo se le recuerda como “la naranja mecánica”. Me acuerdo de Polonia, que hizo un gran torneo. Me acuerdo de Cruiff, de Muller y de que España no estuvo presente porque un gol de Katalinski nos dejó sin esa posibilidad en la clasificación con Yugoslavia.

 En 1978, el mundial volvió a América y se jugó en Argentina. Me acuerdo que Argentina había sufrido un asalto a las instituciones y los milicos habías instaurado una dictadura militar. Me acuerdo que Kubala era el seleccionador español. Me acuerdo que nuestro verdugo fue Austria. Me acuerdo del pobre Cardeñosa. Me acuerdo de los seis goles que Argentina le metió a Perú. Me acuerdo que para pasar debía meter esos goles. Me acuerdo de Kempes. Me acuerdo de la fatalidad de Holanda, jugando una segunda final consecutiva contra el país anfitrión. Me acuerdo que la final se ganó en la prórroga. Me acuerdo que el campo estaba todo cubierto de papelitos blancos. Me acuerdo que el campeón fue Argentina. Me acuerdo que aquello generó más de una duda.

 En 1982, el mundial llegó a España. Me acuerdo de Naranjito. Me acuerdo de la patética primera fase de nuestra selección. Me acuerdo que la pasamos con ayudas arbitrales. Me acuerdo que en la segunda fase: liguilla entre tres, empatamos con Inglaterra y perdimos con Alemania. Me acuerdo que Alemania y Austria jugaron vergonzosamente a empatar para eliminar a Argelia. Me acuerdo que Italia no ganó ninguno de los tres partidos de la primera fase. Me acuerdo, en cambio, que ganó los de la segunda (nada menos que a Brasil y a Argentina). Me acuerdo que Brasil llegaba con un equipazo. Me acuerdo que algunos partidos los íbamos a ver al camping de Boltaña. Me acuerdo de Sócrates, Eder, Falcao, Zico... Me acuerdo que Francia hizo un gran campeonato: Tigana, Platini, Giresse, Rochetau... Me acuerdo que perdió la semifinal con Alemania incomprensiblemente. Me acuerdo que Italia se plantó en la final. Me acuerdo que Italia fue campeona del mundo. Me acuerdo de la alegría de Sandro Pertini, presidente de Italia, en el palco del Bernabeu. Me acuerdo que completé un cuaderno con resultados, estadísticas, curiosidades… que todavía conservo.

 En 1986, el mundial vuelve a México. Me acuerdo del gol legal de Michel contra Brasil que nunca subió al marcador. Me acuerdo de la paliza a Dinamarca, con cuatro goles de Butragueño. Me acuerdo de la triste eliminación a manos de Bélgica en los penaltis. Me acuerdo de la trayectoria de Maradona. Me acuerdo de los dos goles que les metió a los ingleses. Me acuerdo del invento de la ola en los estadios; aún dura. Me acuerdo de la final Argentina con Alemania. Me acuerdo que Francia volvió a quedarse sin jugar la final, teniendo un gran equipo. Me acuerdo que ganó Argentina y que Diego fue dios. Me acuerdo que Lineker, seguramente por aquel entonces, hizo una sorprendente y curiosa definición del fútbol: “es un juego de once contra once, que inventaron los ingleses y en el siempre gana Alemania”.

 En 1990 se juega en Italia. Me acuerdo que España perdió con Yugoslavia en octavos de final. Me acuerdo que Argentina se enfrentó con Brasil. Me acuerdo que a Maradona se le leían en los labios gruesos insultos contra la afición italiana que silbaba el himno de su país. Me acuerdo que la final la ganó Alemania de penalti. Me acuerdo que Alemania jugaba su tercera final consecutiva. Me acuerdo que aquí sí fue verdad lo de que “a la tercera será la vencida”.

 En 1994, el mundial cambió de continente de nuevo y se jugó en los EE.UU. Me acuerdo de las cosas de Clemente. Me acuerdo de la nariz rota y sangrante de Luis Enrique. Me acuerdo del fallo de Salinas ante Italia. Me acuerdo del acierto in extremis de Baggio para eliminarnos en cuartos de final. Me acuerdo de la fea nariz del maldito Tassotti. Me acuerdo que, de fútbol, nada de nada. Me acuerdo que, cuando vi la final, quise sugerir que no le entregaran la copa a nadie porque ninguno merecía ganarla. Me acuerdo que no recuerdo a ningún futbolista de interés. Me acuerdo que no tengo ningún recuerdo futbolístico interesante de ese mundial.

 En 1998, el campeonato lo teníamos cerca, pues se celebró en Francia. Me acuerdo del fallo de Zubizarreta. Me acuerdo de la impotencia ante Paraguay. Me acuerdo de la inútil goleada a Bulgaria. Me acuerdo que estaba harto de Clemente. Me acuerdo de la final entre Francia y Brasil. Me acuerdo que me alegré que ganara Francia. Me acuerdo de Zidane y Dessailly. Me acuerdo del triunfo de la Francia intercultural o multiétnica.

 En 2002, el Campeonato Mundial de Fútbol llega por vez primera al continente asiático, con una sede compartida: Corea y Japón. Me acuerdo de la excelente primera fase de España. Me acuerdo de las mancha de sudor en la camisa de Camacho. Me acuerdo del sufrimiento en octavos para ganar a Irlanda por penaltis. Me acuerdo del robo descarado del árbitro egipcio Gandhour. Me acuerdo de la derrota inmerecida ante Corea, en los penaltis. Me acuerdo que Brasilganó la final a Alemania.

 En 2006 vuelve el mundial a Europa y se instala en Alemania. Me acuerdo que España dominó la primera fase. Me acuerdo que en octavos nos cruzamos con Francia. Me acuerdo que nos eliminaron los franceses. Me acuerdo que nuestros vecinos llegaron a la final.  Me acuerdo que Zidane hizo un gran campeonato. Me acuerdo que Italia ganó la final por penaltis. Me acuerdo que Zidane le dio un cabezazo inexplicable a Materazzi.

 Se observa fácilmente cómo, a medida que nos acercamos al presente, los recuerdos adelgazan de manera evidente. Ahí lo dejo, pero es cierto que los últimos campeonatos, a mí particularmente, casi no me han dejado recuerdos de interés. Y, me temo que, como no mejore el nivel futbolístico que hasta ahora hemos podido ver en este mundial sudafricano, sólo recordaremos de él, el grito estridente de las Vuvuzelas y los vuelos “extraños” de los “Jabulanis”. De todos modos, vamos a confiar en que algunos “bajitos”,como Agüero, Messi, Iniesta o Xavi, entre otros, hagan oídos sordos a las citadas “vuvuzelas”, domen convenientemente a los citados “jabulanis” y nos regalen algo memorable que pase a engrosar nuestra particular lista de recuerdos inolvidables de los mundiales de fútbol.

20/06/2010 18:23 gurrion #. sin tema Hay 9 comentarios.

EL CONDADO DE CERRO ALTO

Acabo de recibir un cuento medieval, escrito por Agapito Gómez Tellerías. Es el regalo de este amigo que sabe escribir con ponderación todo lo que, según dice, ocurrió. No obstante, aclara, cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. A mí me ha ido de perillas, porque me tocaba escribir un nuevo texto estos días y no tenía las ideas muy claras, de modo que con esta colaboración doy por cerrado el mes de junio. Va muy bien esto de abrir el blog e invitar a escribir a los amigos. Buenas vacaciones para todos los que tengáis la posibilidad de vivirlas.

 “Había una vez un condado, de nombre Cerro Alto, en el lejano país de Letrilandia que sufrió una fuerte conmoción. Varios de los notables del mismo decidieron cambiar de aires y pidieron asilo en otro territorio que prometía nuevas y mejores prebendas.

 Huérfano como iba a quedar el condado de autoridad, el caballero protagonista decidió que había llegado su momento y tras pactar su subida al trono con otro caballero aspirante, presentó su candidatura para dirigir Cerro Alto. Se rodeó, para empezar, de dos doncellas de reconocida solvencia, capacidad de trabajo y autoridad moral. Juntos hicieron llegar sus pretensiones y planes a las instancias reales y éstas las aceptaron; de modo que los componentes del triunvirato fueron elevados a la categoría de dirigentes del condado. El caballero pasó a ser Corregidor(1) y las doncellas a ocuparse de la administración y el buen gobierno. En el condado comenzó una nueva vida.

 Los villanos y villanas se alinearon con los nuevos gobernantes con diferentes grados de compromiso. Algunos pusieron sin reservas, al servicio del triunvirato y de la nueva empresa, su caballo y sus pertrechos personales, mientras otros y otras, mantenían una prudente y expectante distancia a la espera de ver cómo evolucionaba la nueva era. Por último, un pequeño grupo, otrora acompañantes fieles en justas y banquetes, tomaba distancias incomprensibles y no podía disimular sus iracundos recelos.

 Durante más de tres años, el Condado recibió un profundo lavado de cara. Se aprobaron nuevas normas, reglamentos internos y externos, se instauraron celebraciones que mejoraron las relaciones con la villanía y, poco a poco, fueron desapareciendo los recelos y frenos a participar en asuntos de gobierno y a sentir como suyos los avances colectivos. Cada día salía y se escondía el sol en sus dominios, sin que hubiera sobresaltos. En las asambleas mensuales se escuchaban varias voces y eso ayudaba a crear un clima de confianza y participación: se renovaban las armaduras, se repartía el mobiliario de las estancias, se estimulaba la participación de una manera desconocida hasta entonces y la villanía sentía que era tenida en cuenta y que podía trabajar en la dirección que marcaba el triunvirato. Incluso, para que se cumpliera un viejo dicho del condado, que decía: “Quien labra bien, siembra adecuadamente y cultiva con esmero, recogerá cosecha con gracia y salero”, se iniciaba a las mesnadas más menudas en la participación y la representación; de modo que a medida que fueran creciendo incorporasen esos valores a sus nuevas vidas.

 El corregidor vivía bastante plácidamente, hasta que fue observando que una de las doncellas empezó a gozar de mayor reconocimiento (sobre todo, por lo de la autoridad moral, que se tiene o no se tiene) y de amplia confianza dentro y fuera del condado. Su proceder eficiente y su talante personal la hicieron merecedora de la confianza de los súbditos que recurrían a ella para contarle sus cuitas y exponerle sus problemas.

Debido a esa situación, el corregidor se consumía con frecuentes ataques de celos, hasta que su comportamiento empezó a preocupar por taciturno, solitario y amargado, haciendo la vida imposible, tanto a una doncella como a la otra y despreocupándose del gobierno del condado (un poco más, porque a él, más que el trabajo le gustaba la representación).

 Los enviados reales detectaron ese bajón y comprobaron que se había llegado al final del cuatrienio pactado raspando las coordenadas medievales. A pesar de ello y, desde luego sin merecerlo, renovaron su confianza en el corregidor quien se vio beneficiado de esa decisión a pesar de su cobarde actitud. El corregidor cambió entonces a las doncellas por dos lugartenientes, que se prestaron muy amablemente a sustituir a quienes habían aportado a la gobernabilidad del condado, sensatez, trabajo y participación. Los elegidos fueron una hembra y un varón. Para ese cambio, ya no hizo falta ni planes, ni proyectos, al corregidor le bastaba con rodearse de dos personas obedientes que no le iban a  hacer sombra

 Con rapidez se dieron cuenta los súbditos que las cosas iban a dar un giro considerable. Pero, como suele ocurrir en todos los condados, hubo algunos villanos y algunas villanas que celebraron la defenestración de las dos doncellas y la llegada de los nuevos lugartenientes. En las reuniones de gobierno, a partir de ese hecho, dejó de haber voces diferentes. Ya sólo iba a escucharse la voz engolada del corregidor, rodeado de dos títeres que le iban a reír las gracias. El corregidor que ya se creía conde, se autonombró “condísimo” y ya sólo se escuchó su voz hablando de todas sus hazañas: que si había celebrado justas y encuentros con otros notables como él; que si había estado reunido con representantes de territorios superiores para adecuar algunas normas a las leyes generales del reino; que si había sido llamado por otro conde superior a la capital del reino para hablar de esto y de aquello… Los súbditos asistían a las asambleas perplejos, porque nunca se hablaba de la vida cotidiana, de lo que afectaba a cada uno y a cada una, en el desempeño de los arduos trabajos necesarios para mantener en pie aquel viejo condado que, claramente, comenzaba a desmoronarse; tareas cada vez más complicadas en la educación de las jóvenes mesnadas.

 Era bien visible una tiranización gradual del corregidor-conde; de modo que comenzó a rodearse de secuaces que le daban apoyo, a cambio de algunas prebendas. Ya no importaba el condado, ni la mayoría de los súbditos, sus problemas, sus anhelos… Donde dije, digo y digo Diego; ahora lo importante era la manipulación de la información para conseguir soterradamente lo que el corregidor-conde y sus secuaces anhelaban: ejercer el poco poder y repartirse algunos pírricos beneficios.

 La vida en Cerro Alto se estancó y se fueron ralentizando, desmontando o perdiendo efectividad algunas medidas y actuaciones que habían dado prestigio y esplendor en otro tiempo a aquel viejo condado. Los más ancianos decían y repetían con frecuencia: “jamás los tontos aportaron soluciones, si acaso, problemas a montones” y comenzó un distanciamiento de las personas que no se dejaban doblegar por la voluntad del tiranuelo. Hubo un grupo reducido que se refugió en un ala del castillo y se hizo fuerte porque contaba con crédito y autoridad moral entre un grupo amplio de villanas y villanos. La fama de su valiosa experiencia, su buen hacer y sus cualidades habían llegado a otros condados próximos y alejados de Cerro Alto y gozaban de predicamento y reconocimiento… Situación que los mantenía a salvo de las ocurrencias del –ya en ese tiempo- tirano conde.

 El miedo se instaló en las asambleas y algunos súbditos contaban por corredores y descampados  que no se atrevían a levantar la voz y a criticar al conde porque tenían miedo de las represalias. Todos y todas habían visto y escuchado, con sus propios ojos y con sus propios oídos, algunas respuestas airadas a algunos súbditos que reclamaban atención para poder realizar mejor sus funciones en el condado. Y muchos habitantes del mismo se habían percatado hacía tiempo de las influencias negativas que ejercían un par de chamanes de la tribu que realizaban ensalmos y cataplasmas, servían como oráculos y conseguían enfrentar a la villanía…

 Ante el progresivo abandono que ésta iba haciendo del conde, éste, descaradamente, se iba uniendo, contra natura, con todo aquel que le prestase apoyo para poder disfrazar su poder autoritario y déspota (en claro aumento) en un supuesto gobierno participativo: ocultaba información, la tergiversaba, se hacía el tonto para no hacerse responsable, se le veía cuchicheando con sus afines por corredores y almenas y había criado una profunda ojeriza hacia quienes no secundaban ciegamente sus ocurrencias y podían discutirle algo que nunca tuvo: la autoridad moral.

 La noche se cernía sobre el otrora floreciente condado y una niebla se había instalado en el territorio, impidiendo la visión de sus confines. Los años pasaban y las telarañas y el polvo cubrían algunos principios fundacionales. Como pasa en estos casos, los villanos y villanas con más años habían cavado trincheras defensivas y efectivas para estar a salvo de las iras del conde que, como un loco peligroso, daba bandazos, hablaba solo y pasaba más tiempo fuera del condado que dentro (al menos con la cabeza).

 Entonces, una fuerza extraña vino a salvar a las gentes de Cerro Alto. Las autoridades reales habían determinado hacía unos años que los corregidores debían cesar en sus funciones al llegar a una edad determinada y el corregidor-conde del que estamos hablando ya la había cumplido. De modo que se pregonó por todo el condado que el corregidor abandonaba el cargo y pasaba a la reserva, y él mismo anunció que haría todo lo posible para que sus lugartenientes se retirasen con él (porque así se lo habían pedido) y no fueran nombrados por los representantes del Rey para el siguiente triunvirato. Más, como había hecho otras veces, no tuvo ningún problema en romper su palabra y apuntarse a lo contrario, a pedir con todas sus fuerzas que sus lugartenientes siguiesen en el poder para garantizar la continuidad de sus intrigas o para evitar que otros recién llegados mirasen la gestión del corregidor con ojos algo más críticos y pudiesen alterar, con sus descubrimientos, lo que él siempre creyó que hizo: una gran obra… Con su marcha terminó en el condado la Edad Media y empezó un tiempo nuevo. Muchos villanos y villanas esperan que sea un tiempo mejor.

Hay quienes dicen que, de vez en cuando, ven al ex corregidor andar por caminos y veredas, con las manos atrás, menos pelo y pensativo, con aquella cara de amargado que tantas veces mostró en el condado. Lugar en el que, por cierto, no ha vuelto a pronunciarse su nombre, señal evidente de que ha dejado una profunda huella… Y colorín, colorado, aquí termina la historia negra, de aquel condado”.

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(1) Un Corregidor era un funcionario real, instituido en Castilla por Enrique III en torno a 1393, cuya misión era representar a la Corona.  Desaparecieron en 1833.

28/06/2010 17:24 gurrion #. sin tema Hay 2 comentarios.


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