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EL BARZING

Dice un sherpa, amigo mío, que “la barza no admite ni la caricia ni el abrazo” y a fe que es cierto.

En julio de 2008, escribí ya en este blog un par de entradas consecutivas que se referían a distintas actividades y deportes de aventura que realizábamos de niños y de jóvenes. (http://gurrion.blogia.com/2008/071101-actividades-y-deportes-de-aventura-i-.php y http://gurrion.blogia.com/2008/071801-actividades-y-deportes-de-aventura-ii-.php).

Hacía una relación de todos ellos, convertidos en actividades “ing” (ya sabéis, la terminación de los deportes de aventura modernos) y medio en serio, medio en broma, quería contar cosas de un tiempo en el que despertábamos al trabajo diario y esforzado; un tiempo en el que no hacían ninguna falta estas actuales actividades de aventura, porque ya teníamos bastante con lo que la vida nos ponía por delante. Uno de esos deportes de aventuras que nombraba muy de pasada era el “barzing”, al que hoy quiero dedicarme en exclusiva.

 

Ayer, (10 de abril) estuvimos en Figols de Tremp disfrutando de un día primaveral y me dediqué, durante un buen rato, a hacer barzas (BARZING, por tanto) y, consecuentemente, a hacer barzales. Quien no haya practicado este deporte de aventura y riesgo, no sabe lo que se pierde, de verdad. Hoy tengo manos y parte de los brazos moteados de los pinchazos y de los trocitos de espinas que aún no he podido quitarme. Ya sé que podría haberme puesto unos guantes, pero no suelo hacerlo porque respeto mucho el viejo refrán de que “gato con guantes no caza”, aunque me cueste…

 

En aragonés llamamos “barza” y “barzal” a lo que en castellano se llama zarza y zarzal. La “barza” tiene como nombre científico: Rubus fruticosus L. y es de la familia de las  Rosáceas. Ésta es la descripción de sus características: “Arbusto caducifolio de hasta 2 m de altura, muy ramificado y armado de aguijones. Tallos primero erectos, luego colgantes, algunos reptan por el suelo y otros trepan mediante las espinas. Hojas muy aserradas de color verde oscuro por la haz y verde grisáceo y con pilosidad por el envés. Flores blancas o rosadas, de 2 cm de diámetro. Frutos negros, brillantes, de sabor agradable. Se distribuye por toda Europa en los claros de los bosques, matorrales, así como en los bordes de los campos y caminos. Es una especie muy variable. Se distinguen hasta 200 subespecies debido a la facilidad con que hibridizan (característica común en todas las rosáceas)

 

Tengo para mí (como he leído que escriben algunos) que el problema de las “barzas” es que constituyen una maldición bíblica no explícita, pero evidente. Basta leer este pasaje evangélico para percatarnos de lo que digo: Éxodo 3c... y llegó Moisés al Horeb, la montaña de Dios. El ángel de Yhaveh se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía… Pues, ahí está la cuestión; porque si se hubiera consumido, ¡adiós barzas! Yo creo que hubo en ese momento un defecto de fabricación y que fue un error hacerlas de material incombustible. Los niños de mi quinta que nacimos y vivimos en los pueblos, seguro que recordamos haber visto a nuestros padres quemar barzales en otoño o en invierno (todos los años) y comprobar cómo brotaban de nuevo, como si tal cosa, en la siguiente primavera.

 

El caso es que practicábamos el barzing todos los años y con mucho fundamento, que decía el otro. Recordando tiempos pasados, vienen a mi memoria varios momentos relacionados con las barzas. Durante el mes de diciembre de cada año, los chavales en edad escolar recorríamos las huertas, la glera del río y los montes próximos al pueblo para ir recogiendo materiales que alimentasen la “hoguera de Nochebuena” que cada 24 de diciembre encendíamos en la Plaza. Una de las piezas más cotizadas eran los barzales porque arden con facilidad y animan con rapidez el fuego para que se enciendan a su vez troncos y “tozas” de árboles (conjunto formado por la base del tronco y las raíces, mezclado con algo de tierra…). Si veíamos a alguien del pueblo que estaba limpiando alguna margen de un campo o de un huerto, le decíamos que nos guardara el barzal para la hoguera de Nochebuena (también llamada por nosotros hoguera de Navidad, porque, en realidad se encendía a las 12 de la noche del día 24 de diciembre, un poco antes de la misa de gallo). Luego las peripecias que pasábamos para transportarlo hasta el depósito de leña y hasta la Plaza solían ser curiosas. Lo mismo hacíamos cuando éramos nosotros mismos los ayudantes de nuestro padre a la hora de ejecutar alguna de esas limpiezas de márgenes: reservábamos el barzal para la gran hoguera colectiva. Las barzas se cortaban con tijeras de podar, con “dallos” (guadañas) o con el “cortabarzas” y en todos los casos, acababa uno señalado, con gotitas de sangre, espinas clavadas, rasguños de variadas dimensiones y cien veces repetida la fina expresión: “las putas barzas”, cada vez que nos acariciaba alguna de ellas.

En las épocas de siega manual, en las que se hacían gavillas en el campo y luego se ataban en fajos, solía haber unas barzas poco desarrolladas que se extendían por el suelo y que llamábamos “richoleras”… Al tratar de coger las gavillas, esas barzas constituían frecuentemente desagradables sorpresas “acariciando” nuestras manos y brazos.

En cambio, en primavera cortábamos, pelábamos y nos comíamos los brotes verdes de las barzas (a pesar de que no eran un manjar exquisito). Ya tenían espinas, pero eran tiernas y no se clavaban y al final del verano asaltábamos los barzales para darnos algunos atracones de moras. Las moras nos las comíamos tal como las íbamos cogiendo, pero nos gustaba ensartarlas en unas hierbas que llamábamos “lastón” y así, cuando regresábamos al pueblo, teníamos una pequeña reserva de dulce alimento antes de refugiarnos en casa.

 

En Labuerda, aún vive quien hizo de la frase (¡hay que comer barzas!) una sentencia que glorificaba el esfuerzo y la escasez para saber apreciar luego las bondades y la abundancia que te regala la vida (que te las regala o que te la encuentras o que te la ganas…) o que la utilizaba en el sentido de que sólo si has comido barzas, sabrás apreciar suficientemente las mejoras que vayas encontrando en tu vida. Bueno, la filosofía popular está llena de sentido común y de originalidad, sin duda.

 

Y para terminar este post, añado un pequeño relato recreado de una anécdota que tuvo como protagonistas a un sastre y una zarza y que se cuenta en muchos pueblos de Sobrarbe. La escribí y publiqué hace ya unos años en la revista El Gurrión.

 

“Hace un montón de años, cuando las carreteras eran caminos y la mayor parte de los coches tenían cuatro patas en lugar de cuatro ruedas, los sastres practicaban su oficio de aguja, dedal y tijera, de pueblo en pueblo, de aldea en aldea.

Acudían a cualquier sitio al que eran llamados para cortar y coser unos pantalones, un traje completo, camisas, batas, etc. También se ocupaban de arreglar la ropa que se le había quedado pequeña a uno de los críos y todavía le venía grande al siguiente, y además eran capaces de convertir una falda en desuso en unos pantalones cortos a la última moda.

Recorrían los caminos, llegaban a los pueblos, comían y dormían en las casas para las que trabajaban, establecían nuevas relaciones…; bueno, a decir verdad, eran personas con mucho “mundo”. Además las gentes los apreciaban porque desarrollaban un trabajo necesario y, como la economía de los lugareños eran más bien débil, siempre les salía más barato el trabajo del sastre que la compra de vestimentas nuevas; por otro lado, escasas y de venta en pueblos grandes o en ciudades alejadas de la aldea o del pueblo.

Cuando se acababa la faena en el lugar donde se hallaban, empaquetaban sus frágiles y poco voluminosas herramientas y al amanecer o al atardecer recorrían el camino hasta el pueblo siguiente, aquél en el que debían arreglar un par de chaquetas, coser un traje para el alcalde y hacerle un vestido a la mujer del médico que tenía que ir de bodas a la capital.

 

En tierras de Sobrarbe, vivía Joselón de Agueda; sastre con oficio bien aprendido que, andando por un camino pedregoso y angosto, y con la noche temprana de octubre cayendo sobre la tarde desvanecida, notó que “alguien” lo agarraba por la manga de la chaqueta y se quedó clavado, sin decir ni pío. Nunca había sido un hombre valeroso y aquella situación lo desbordó por completo.

Con el cuerpo inclinado hacia delante para intentar soltarse de aquella “mano” siniestra e inesperada, permaneció toda la noche. Tiritaba sin cesar, más como consecuencia del miedo que le embargaba, que del frío acumulado a medida que avanzaba la noche. Por su cabeza pasaban imágenes desagradables y presentía su fin de un momento a otro. No volvió su vista hacia atrás en toda la noche, tal era el pánico que sentía, y de haberle visto el color de su cara, éste hubiera sido el blanco más pálido imaginable.

Cuando el alba trajo la luz a la mañana, el sastre comprobó que aún seguía vivo y decidió que debía hacer algo porque aquella situación ya duraba demasiado tiempo. Volvió la vista y se quedó de piedra viendo que estaba enganchado a una zarza del borde del camino. Recuperando la compostura, tranquilizando el ánimo y sacando lentamente la afilada tijera de la alforja, cortó el frágil apéndice vegetal que lo había mantenido toda la noche preso, a la vez que exclamaba en tono desafiante:

 

-          Si en vez de barza, yes un hombre, te corto o pescuezo

 

Y el sastre siguió su camino hasta el siguiente pueblo, en donde las malas lenguas aseguran que se pinchó muchas veces con la aguja mientras cosía, debido al sueño que tenía por haber pasado tantas horas sin dormir”. (El Gurrión, número 56, verano de 1994, páginas 17 y 18)

 

Hay lugares en los que sería necesario realizar campañas de barzing: aquellos pueblos y aldeas que han sido pasto del olvido y la despoblación y que han sido engullidos y borrados por las barzas y otras plantas trepadoras, tapando a la vista los esqueletos de sus casas, restos de la vida de otro tiempo, despojos de la muerte de esos núcleos de población donde tan a gusto crecen las putas zarzas incombustibles.

 

 

4 comentarios

Mariano -

Hola, Anny:

Como bien sabes, en Sobrarbe nos sobran “barzales”. Las ruinas de muchas casas –otrora llenas de vida- esparcidas por las aldeas deshabitadas, por las solitarias y abandonadas pardinas se cubren de “barzas” hasta hacer casi imposible aproximarse a ellas.
Como bien cuentas, vuestras incursiones en esos despoblados, localizando molinos, son precedidas de un trabajo de desbroce para facilitar la accesibilidad a vuestros objetivos etnográficos y fotográficos; actividad muy acertadamente nombrada por ti, como “molining”, je, je.
Lo que sí parece incuestionable, en la infancia de muchísimas personas, es la presencia de las “barzas” en su espacio vital. Hasta 1950 y 1960, en España y en otros muchos países europeos, había mucha gente viviendo en pueblos, en zonas rurales y, por tanto, al lado de barzas y barzales que colonizaban las márgenes de los campos; luego llegó el abandono del mundo rural y entonces esos vegetales ariscos y trepadores, crecieron a su anchas (y a sus altas, me atrevería a decir) porque nadie se preocupó ya de ir cortándolas anualmente. Hoy cubren las ruinas y siguen ofreciendo sus frutos de finales de verano para delicia de golosos: ingeridos nada más cogerlos o convertidos en ricas mermeladas… No todo es negativo en este vegetal.
Podríamos dedicarnos a preguntar o a invitar a escribir a muchas personas sobre los recuerdos que tienen de las “barzas” en su infancia. Seguro que saldrían informaciones y recuerdos muy curiosos.
Y muy bueno tu humorístico final; a fin de cuentas, “un abrazo es un abarzo con una letra cambiada”… de lugar, en este caso.

Anny -

Hola Mariano

Cuando vi el título de tu nuevo post, ya sabía que iba a ser algo divertido, porque me acordaba precisamente de tu texto sobre aventuras que leía hace un tiempo ‘hojeando’ tus posts anteriores, los de mi época ‘pre-blog’, y que me ha gustado mucho, tal como este. El barzal del Sobrarbe y regiones colindantes creo que lo conocemos un poquito, pero no como tú del trabajo diario duro o de las hogueras de las fiestas, sino de lo a que refieres en el último apartado del texto: de los pueblos ‘enguillidos y borrados’ por esa planta de ‘carácter’ tan agresiva. Para nosotros, como ya puedes devinar será en relación con nuestro ‘combate’ para intentar de entrar en los viejos molinos medio (o totalmente) cubiertos de zarzas. Aparte del mapa y la cámara, otros ‘utensilios’ imprescindibles de una expedición de molining (en términos de aventura) que siempre llevamos en la mochila, consisten de dos tijeras de podar, una grande con mangos (para matar los tallos mas resistentes) y una pequeña para acabar con los mas tiernos. A veces nos cuesta hasta una hora de trabajo antes de que podamos entrar en el molino, o al menos abrir el espacio de manera suficiente para ver si todavía quedan restos de piedras de moler, de cubas, del cárcavo, testigos de tanta actividad en el pasado. Muchos veces estamos bien satisfechos del resultado, pero claro, con los brazos y manos sufisamente 'marcados'.
Los momentos relacionados con brazas en mi juventud son poco tradicional, son sobre todo los ‘campos’ que hicimos en una extensión muy grande (por lo menos en nuestra percepción de niño) cubierto de zarzas, en un barbecho detrás de nuestra casa, en las afueras de Brujas. Cortamos con tijeras largos tuneles que unían estos ‘campos'. Para protegernos contra las espinas colocamos mantas gastadas en el suelo de este conjunto. Me acuerdo que después de unos días de lluvia, gatear por los tuneles sobre las mantas empapadas nos molestaba mucho. Pero que buenos ratos pasamos en nuestro pequeño paraíso de espinas!
Otro recuerdo es que durante muchos años, a finales de agosto, fuimos en bici con mi mejor amiga, su hermana y su madre a coger zarzamoras (para hacer la confitura) en un bosque privado propiedad del abuelo de mi amiga, no tan lejos de donde vivimos. Cada año el mismo ‘protocolo’: el abuelo abre la verja, nosotros a coger (y comer) las zarzamoras (siempre habían muchíssimas) y después a beber un chocolate, y camino hacia casa con kilos de fruta y las manos y labios de color púrpura...Y a saber que en la tradición Celta, las zarzamoras les consideran como la fruta para las hadas. Recuerdos bastantes diferentes que los tuyos pero todos de 'barzas'...Un abarzo, perdón, un abrazo.

Mariano -

Silvia, a mi me gustaría que este espacio en el que lees y escribes sirviera también para que dejaras escritos, con algo más de amplitud, tus recuerdos relacionados con algunos asuntos del post, ¿cómo lo ves? No estarían mal unas líneas explicativas de cómo hacíais y que hacíais la noche de San Juan, en este caso. Sería muy ilustrativo para los de este lado del charco, cómo se celebraba en la Córdoba argentina (y no en la Córdoba andaluza) esa fiesta y esa participación de los chicos en las hogueras. Bueno, como siempre, esto son simplemente amables invitaciones para quien lea, que no deben llevar más que a respuestas gustosas y voluntarias, je, je.
Bueno, claro, le quise dar un tono humorístico al asunto. Las “barzas” con humor, pinchan menos, ja, ja.

Silvia Luz -

Hola Mariano! Muy divertido estuvo este post, me recordó mi niñez, cuando juntábamos yuyos (zarzas y otras hierbas) para armar la fogata de San Juan, creo que ya no se hacen más, salvo en algún pueblo pero no se escuchan comentarios. En esos tiempos yo vivía en Córdoba, donde nací, pero no era ni la cuarta parte de lo que es ahora. Hace unos años fui a ver mi antigua casa y los terrenos donde jugábamos, pero me perdí entre las calles sin encontrar ni un sólo terreno baldío... el bendito progreso. Un abrazo.