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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2008.

LA TRAVESÍA DE LA VIDA (I)

No sé si sabré escribir el texto que quiero… El caso es que la vida, como de todos es sabido, siempre acaba mal, porque al final, se nos escapa brusca e inesperadamente o se va diluyendo lentamente hasta agotar todas las reservas vitales. Desde que nacemos estamos abocados a desaparecer un día de este hermoso y maltratado planeta; al menos de esa parte viva que te permite pasear, mirar las estrellas, comunicarte con los amigos, escribir cartas, hablar por teléfono, ducharte por la mañana, tomarte un vaso de vino, leer un libro, fundirte en un abrazo, comerte un bocata de jamón o picar en un plato de berberechos…Imagino que algo de nosotros sigue vivo en el recuerdo de quienes nos conocieron y apreciaron, pero, claro, eso ya es otra cosa.

 

  Mi padre cumplió el pasado 25 de abril, 90 años, que ya son palabras mayores. Hasta los 88 fue capaz de mantener una actividad reservada a muy pocos; gente de la cosecha del 18 (justo los que tenían 18 años cuando empezó, un 18 de julio, una sangrienta guerra civil); me refiero a una actividad física impropia de esas edades, como es cultivar un par de huertos grandes no se vaya usted a creer, y tenerlos como jardines, utilizando profusamente como tecnología punta, la “jada” y el “bigós”.

 

De un tiempo a esta parte, su salud se ha resquebrajado y progresivamente ve mermadas sus facultades; algo, por otra parte, razonable cuando se llega a estas edades. La enfermedad de mi padre, al margen de algunos desarreglos concretos e identificados, es la vejez y contra eso, hay poco que hacer (aunque la ciencia está empeñada en prolongarla), salvo hacer compañía y atender a las personas del entorno familiar que han tenido la suerte de vivir hasta esas edades, con una entereza y una fuerza poco comunes. En resumidas cuentas, estas vacaciones y como consecuencia de ello, están teniendo un sesgo especial, diferente, inesperado (porque el bajón más notable se ha producido en este tiempo). Sentado, a su lado, una vez se le ha levantado de la cama, comparto silencios y conversaciones y voy observando con curiosidad y también con un punto de pena, su evolución. Su estado de ánimo es diferente cada día y lo mismo puede estar animado, despierto y hablador, como con gesto contrariado, adormilado y poco colaborador con las atenciones que hay que prodigarle: ayudarle a comer, darle de beber, llevarlo al lavabo, etc. Con la práctica se aprende y cosas que nunca habías pensado que harías, al cabo de tres o cuatro días, las incorporas ya a lo cotidiano y se hacen con toda normalidad.

 

Uno de los momentos que más cuesta aceptar es el proceso de olvido de la identidad personal que ha sufrido. El día que me preguntó: “Y tú, ¿de qué familia eres?”, yo traté de explicarle: “¡Papá!, yo soy de tu familia, porque tú eres mi padre y, por tanto, yo soy tu hijo”. Él recibió mi explicación y no dijo nada, sin dejar de mirarme durante unos segundos. Intermitentemente acierta cuando le preguntas cómo se llama o cómo se llaman algunos de los miembros de su familia: hijos e hijas, nietos y nietas, su esposa… Sonríe o ríe abiertamente cuando alguien llega y lo saluda, contestando su habitual “¡bien!, ¿y tú?” y hay momentos en los que se muestra muy afectivo, sobre todo con mi madre, y necesitado de que le den un beso o se sienta cogido de la mano. A pesar de las conversaciones que tenemos, que tiene, con el resto de la familia, lo que más lamentas es que, probablemente, ya nunca podrás decirle aquello que no le dijiste, porque hay algo roto en el interior que le impide procesarlo debidamente (bueno, al menos eso es lo que pienso yo, que soy lego en la materia).

 

Muestra todavía memoria, aunque disminuyendo progresivamente, para rememorar acontecimientos de su vida pasada y a lo largo de estos días, me ha contado muchas cosas. Hace un par de días recordaba a su amigo Manolo B. con el que habían hecho muchas “pescatas” nocturnas con artes ilegales (sobre todo con “tresmallo”): “éramos como hermanos”, decía “… y me salvó la vida”. Durante la guerra civil, una noche en una cuneta de una carretera, mi padre recibió un disparo en la cabeza. La bala le entró por detrás y salió por el pómulo izquierdo; cayó inconsciente y le produjo una hemorragia que, de no estar allí su amigo Manolo para buscar ayuda, se hubiera desangrado. Con los ojos cerrados, repetía parte de la historia y mostraba una gratitud infinita hacia el amigo desaparecido hace muchos años. Nos había contado ese suceso, uno más de los que atesora su “currículo” de hombre aparentemente frágil –no fue ni alto ni grueso, ni fuerte- pero difícil de derribar; como un roble de buenas raíces contra el que no pueden ni las lluvias ni el vendaval.

 

A ratos, le salen ramalazos humorísticos y recuerda algunas coplas: “Cásate y tendrás mujer / y vivirás lindamente / y llegarás a coronel / sin haber sido teniente”. Yo, entonces, le pregunté si recordaba una copla que él me había contado hace ya unos años (y que, como la anterior, está recogida en algún número de El Gurrión), copla que cantaba Miguel de Manolico, uno de esos personajes que hubo en los pueblos y que se recuerdan por su sentido del humor, por sus “salidas”. Decía Miguel: “Si quieres saber quién soy / y de qué familia vengo/ levántame la camisa / y verás qué cola tengo”. Curiosamente, nada más terminar, se echó a reír mientras asentía y recordaba una copla que había pasado la criba del tiempo y, en su caso, la del olvido aleatorio. En otro momento, recuerda otra que nunca me había contado: “Por una miajica de aire / que se me escapó del cuerpo / me llevaron a la cárcel / y luego me llamaron puerco” y que nos permite compartir unas risas.

 

En ocasiones, rompe a llorar como un crío, cuando algún recuerdo emotivo pasa por su mente o cuando está hablando y cae en cuenta de algo, reconoce momentáneamente a alguien; llora en silencio unos segundos, roto por dentro seguramente y eso también produce que quienes estamos alrededor en ese momento lo cojamos del hombro o de la mano y guardemos un respetuoso  silencio o tratemos de consolarlo. Se sorprende de dónde está y lo hace de manera muy expresiva: “Oye, no había estau nunca aquí. ¡Joder qué maderos! Estos, los sacarían de as Coronillas o d´as Planas…”, aventura, mirando los maderos del techo del comedor de su casa (que hace ya tiempo que no reconoce). En otro momento, se expresa así: “Me dejan embobau esos que se ponen a hablar tres horas y no paran, ¿no es una cosa grande tener ese don…?” Y le explicas que según cómo se mire, que también puede resultar insoportable aguantar tanta verborrea…

 

Mi padre habla de casas del pueblo, de fiestas, de pueblos, de personas, de faenas agrícolas que cree que tiene que hacer o que cree que acaba de hacer: “He estau regando una almendrera que estaba seca del todo. Ahora mismo he terminau”. Cada vez que lo saluda su nieto Daniel, le dice lo mismo: “Paece qu´as medrau…” Con frecuencia, cuando quiere decirte una cosa, empieza la frase en un tono de voz, éste va decreciendo hasta que se queda en silencio; cierra los ojos y pone los labios como si fuera a emitir un silbido y aquella frase ya nunca más tendrá continuación. Intercala algunas sentencias curiosas: “El cuento español: ya l´arreglaremos, ya… y no arreglamos nada”. “Cenaremos cebada con piedras”. “”No´n saldremos!”. “Hay que morir y n´a mas!” “Las madres tienen más amor que los padres”. “Yo cuando estoy con amigos, disfruto”, y le pregunto, “y yo soy tu amigo?” Y me contesta: “Tú eres más que un amigo, porque hace mucho tiempo que nos conocemos…” A veces los diálogos son propiamente kafkianos o surrealistas… La lista de momentos sería interminable. Yo sigo tomando algunas notas de este tiempo fragmentado que está viviendo en el que los recuerdos parciales, los movimientos de las manos simulando que come, que bebe, que coge, que deja… alimentos u objetos imaginarios, las miradas perdidas; los breves monólogos… ponen, probablemente, las últimas pinceladas a una larga travesía de vida.

 

Dice, entre otras muchísimas cosas: “Hace días que no he probado el pan…” O “lo menos hace diez años que no he estau en os tozales. ¡Miá lo que te digo!” (en Los Tozales –una partida de monte de su propiedad- pasó muchos días de varios otoños limpiando el bosque y sembrando bellotas de carrasca, al estilo del protagonista de la novelita de Jean Giono “El hombre que plantaba árboles”) y, por último, para no alargarme más, hay una expresión sorprendente de verdad: “Me preocupa llevar tantos días sin trabajar”. Esto, dicho por un hombre de 90 años, en un país donde hay tanto geta que se escaquea y que lo único que quiere es vivir sin trabajar, no deja de ser significativo y revelador de los fundamentos internos atesorados por algunas personas de generaciones anteriores. Y estas son algunas pinceladas de este acompañamiento veraniego en la parte final de la travesía de la vida de mi padre.

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P.D.: Recién publicado este post, ha comenzado la ceremonia oficial de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín. Seguro que todo resulta espectacular y, una vez más, se mostrará la capacidad del ser humano de crear cosas bellas y se ocultará la cara oscura de China, la de millones de personas que viven en condiciones indignas y para quienes los juegos no habrán traído nada interesante. Estas macrofiestas mundiales esconden siempre mucha hipocresía, para ser suaves con el calificativo.

08/08/2008 13:50 gurrion #. sin tema Hay 8 comentarios.

LA PEÑA MONTAÑESA

Desde hace cuatro años, recibo a mediados de julio una invitación de Antonio Angulo (director del Diario del Altoaragón) para escribir un texto, de entre 2 y 5 folios de extensión, destinado a uno de los cuadernillos especiales de esa edición especial del periódico que hacen para el día de San Lorenzo. El texto que sigue es el que se publicó ayer, día 10 de agosto de 2008, en el Diario del Altoaragón, aunque allí, acompañado de una docena de fotografías. El lector y la lectora de estas líneas sabrán hacerse cargo de la situación e imaginar las instantáneas comentadas más abajo sin tenerlas presentes en este documento.

 

 

EN SOBRARBE, TODAS LAS MIRADAS APUNTAN A LA PEÑA… MONTAÑESA

 

Si hubiera que buscar un símbolo de la comarca de Sobrarbe, una marca de identificación, como se dice ahora, es muy probable que la inmensa mayoría de sus moradores elegirían la Peña Montañesa que, como un barco varado o como una diosa mitológica reclinada, guarda los sueños y hace fuertes a los montañeses de Sobrarbe. Con sus algo más de 2.200 metros se eleva al final de la Sierra Ferrera, como un farallón colgado sobre el valle del Cinca, pero visible desde otras muchas  partes de la comarca.

 Cuando miramos de frente a una gran montaña, tenemos en ocasiones la sensación de que también somos observados por el objeto de nuestra mirada. Esa sensación, probablemente, es la que justifica la complicidad creada entre las personas que habitan un territorio y algunos símbolos pétreos que se alzan altivos dominando el paisaje o sirviendo de intemporal referencia. En el catálogo fotográfico siguiente sobre la Peña Montañesa, se ofrecen algunos apuntes de la magia que destila, de su imperturbable rostro, de su imponente figura... mojada por la reciente lluvia, iluminada por el sol, casi tapada por las nubes o por la niebla, cubierta de nieve... y vista desde distintos puntos de nuestra comarca.

 

1. Empezamos nuestro recorrido por Labuerda. La torre de la iglesia, desde hace mucho tiempo, ha sido objeto de admiración por parte de quienes atraviesan nuestro pueblo. Recuerdo, de niño y de joven, con qué frecuencia paraban coches en la carretera, de los que salía una persona armada con una cámara para fotografiarla. En todas las fotos, la imponente torre salía beneficiada del telón de fondo, de la imagen de la Peña en la que se recortaba. La gente de Labuerda miramos a diario a la Peña, como una referencia constante, con una actitud de admiración y saludo.

 

2. Desde el ojo principal, el que permite la entrada, a la exconjuradera de San Vicente de Labuerda, una tarde de verano, contemplamos perfectamente la Peña Montañesa, coronada por nubes que no parecen amenazadoras. Algunas de las tormentas que, según la leyenda, se exconjuraron desde este lugar, es probable que bajaran de la Peña, amenazando los cultivos aterrazados de San Vicente. Quien diseñó este original templete supo orientarlo a la perfección para poder captar con nuestra mirada esta instantánea tan bien enmarcada.

 

3. Desde El Pueyo de Araguás, la Peña Montañesa se ve en primerísimo plano. Da la sensación de que sus estructuras calcáreas se van dulcificando y metamorfoseando en fértiles tierras de monte o de cultivo, a medida que se acercan a los pies del pueblo. Desde El Pueyo, la Peña se ve en todo su esplendor. En realidad, si la Peña Montañesa convenimos que es un colosal escenario, la gente de El Pueyo de Araguás ocupa una de las primeras filas del patio de butacas.

 

4. Subidos a la torre de “la catedral del Sobrarbe” (la espectacular iglesia de Santa Eulalia de Olsón) nos asomamos por el campanario y allá a lo lejos, en el horizonte, vemos recortarse de nuevo la Peña Montañesa. El día es soleado y la visión sin obstáculos llega con total nitidez. Cuando recorres Sobrarbe hacia el sur y te internas en el territorio del Viello Sobrarbe, no piensas que, después de subir y bajar cuestas, atravesar barrancos, tomar curvas a derecha y a izquierda, llegará un momento en el que se hará visible nuestra emblemática montaña y resultará hermoso disfrutar desde el campanario de una imagen tan lejana y próxima a la vez.

 

5. Un año, tuvieron que llegar los primeros días del mes de abril para que la Peña Montañesa cubriese la franja más alta de un manto blanco, nevado. Enmarcada entre dos jóvenes cajigos de la Plana de Labuerda, nuestro monumento pétreo adquiere una presencia majestuosa, con su cresta momentáneamente encanecida, con un penacho colocado allí por unas nieves tardías.

 

6. De una atalaya a otra. Abizanda es, sin duda, una atalaya privilegiada, desde la que mirar; especialmente cuando dirigimos nuestra mirada hacia el norte. Desde las cercanías de su torre legendaria, enfocamos la cámara hacia otra torre pétrea que vigila a los moradores de la comarca. La Peña coquetea con las nubes, que se esparcen por el cielo, una tarde de agosto en la que no acaba de formarse la tormenta, pero que nos regala una singular belleza.

 

7. Bestué guarda todavía uno de los aterrazamientos de laderas más espectaculares de la comarca, a pesar de que la mayor parte de los estrechos bancales dejaron ya de cultivarse por falta de gente, por falta de manos. Desde el camino a la montaña de Sesa, la peña cambia totalmente de fisonomía; es un pedrusco caído verticalmente en un mar de montes y una duda en el caminante venido del sur, que suele preguntarse: ¿dónde está la Peña Montañesa?...

 

8. Camino de Mirabal, un milagro cultivado donde parece imposible que nadie pudiera imaginar la domesticación de la naturaleza, la Peña Montañesa, enmarcada con este retorcido y viejo tronco de encina (de carrasca sobrarbesa), vuelve a tener la apariencia de pared imponente, de fortín inexpugnable, de castillo medieval en cuya cima se guarda un preciado tesoro o resulta ser la morada de un invisible dragón o el amargo hogar de una princesa cautiva...

 

9. El pantano de Mediano es el espejo en el que se mira la Peña Montañesa. Es el único lugar en el que ella, coqueta, algunos días de cielo transparente y aguas quietas, ve su rostro reflejado. El azul del agua remansada es continuación de las paredes azuladas del gigante de piedra que observa silenciosamente todo lo que ocurre en su entorno, que vigila el devenir de los sobrarbenses y su lucha diaria por la supervivencia, desde tiempo inmemorial...

 

10. Cuando subas a Puértolas, no olvides detenerte un rato y volver la vista atrás para contemplar la sinuosa serpiente de agua en que se convierte el Cinca. Desde lo alto, la Peña Montañesa es testigo mudo del sonoro descenso de las aguas que saludan a los distintos pueblos por los que el Cinca transcurre.

 

11. El núcleo de Escanilla, en primer término, abre esta panorámica del Pirineo Central. La Peña Montañesa está ahí delante, pero detrás de ella se extienden, en otro nivel superior, las imponentes Treserols y las Tres Marías; una barrera de crestas nevadas que nos separan o nos unen a Francia. La nieve es la esperanza del agua y, por tanto, la esperanza de la vida.

 

12. Y con esta imagen, pongo hoy punto final a este “homenaje” a la Peña Montañesa. El recorrido ha sido “circular”. Empezamos en Labuerda y terminamos en el citado pueblo (no en vano, es el mío). La instantánea final es una vista “semiclandestina”, de esta compañera omnipresente y cambiante. La he tomado desde mi lugar de trabajo, desde el sitio en el que estoy tecleando estas líneas y otras destinadas a distintas publicaciones. Es realmente un privilegio, estar sentado trabajando y encontrarse, al levantar la mirada con esta panorámica de la montaña más emblemática de Sobrarbe.

Cuando a un sobrarbés o a una sobrarbesa, vengan por donde vengan de viaje, se les hace visible la silueta de la Peña Montañesa, saben que han llegado a su casa, que aquello es territorio conocido y que estarán a salvo, protegidos por la altivez y la magia de la montaña, porque:

 

La Peña Montañesa

es un pétreo gigante

que protege y que vigila

a las gentes de Sobrarbe.

 

 

11/08/2008 12:28 gurrion #. sin tema Hay 2 comentarios.


SOBRE DOS LIBROS QUE ANIMAN A LEER

1. En 1927, Pedro Arnal Cavero, maestro nacido en Belver de Cinca, en 1884, publicó un libro titulado LECTURAS (ISBN: 978-84-8380-086-6), en el que se ofrecían 28 textos “que pretendían contribuir a que los niños de alrededor de 10 años comprendieran la necesidad de respetar a los animales, del cuidado de la naturaleza, desarrollaran actitudes de ayuda y de servicio a los demás, de respeto a los mayores, valoraran la laboriosidad, la sinceridad, la honradez…” (en palabras de Víctor Juan Borroy, Director del Museo Pedagógico de Aragón y autor del prólogo de la edición facsimil del libro). El libro está ilustrado por media docena de alumnos del maestro Pedro y lo traigo al blog, porque quiero copiar el primero de los textos, que lleva por título: “Niños y niñas, leed mucho siempre” (un mensaje que tiene ya 81 años y que sigue siendo una invitación muy actual a acercarse a los libros como fuentes del saber y como activadores de la imaginación y la fantasía).

 

El texto tiene tres partes, claramente diferenciadas: En la primera, se habla de las virtudes del acto de leer y de los beneficios que reporta esa práctica:

 

Casi todos vosotros sabéis leer con soltura cuando este libro cae en vuestras manos.

Pero no es bastante saber leer; es preciso, además, entender bien todo lo que se lee, hay que leer mucho y leer siempre cosas buenas. Vuestros maestros, vuestros padres y abuelos, vuestros hermanos mayores os dirán qué libros, qué revistas, qué periódicos son los que podéis y debéis leer.

Cuando encontréis alguna palabra cuyo significado no sepáis o cuando leáis un trozo cuyo sentido no entendáis, preguntad a vuestro profesor si estáis en la Escuela, o a vuestros padres si estáis en casa, aquello que ignoréis.

Si por algún motivo muy poderoso no fuerais a la Escuela todo el tiempo preciso, leed en vuestra casa una hora cada día, por lo menos. Tened muchos libros siempre y conservadlos bien, que ellos son los mejores amigos de los niños. Procurad, también, no olvidar cuanto vayáis aprendiendo en ellos.”

 

En la segunda parte del texto, el maestro Pedro inventa un ejemplo con el que pretende justificar el hecho de saber leer, de dominar la lectura:

 

Un muchacho abandonó muy pronto la Escuela de su pueblo porque fue a vivir con sus padres a una casa de camineros. Ya sabía leer algo cuando salió de la Escuela, pero olvidó pronto todo lo que había aprendido porque no se acordó más de coger un libro.

El padre del niño tampoco sabía leer, trabajaba en una carretera y enfermó en un día muy gris del mes de enero. El muchacho fue al pueblo a llamar al médico.

Después de visitarlo recetó el doctor dos medicinas: un jarabe para tomarlo a cucharadas y un líquido para frotar o untar el pecho del enfermo.

En la farmacia despacharon las dos recetas y en el frasco de la medicina que no se debía tomar a cucharadas puso el farmacéutico con letras grandes y claras: “USO EXTERNO. VENENO”. El chico confundió los frascos y como había olvidado la lectura no supo qué medicina había dado a su padre.

Al momento de tomar equivocadamente una cucharada de la medicina venenosa, el enfermo empezó a sentir un malestar muy grande y unos dolores muy agudos. Entonces se dieron cuenta padre e hijo de que tal vez habrían cambiado las medicinas y el muchacho y el muchacho corrió al pueblo a decir al médico lo que había pasado.

Afortunadamente llegó el remedio a tiempo para salvar al enfermo de una muerte próxima y terrible. El médico le dio un contraveneno y el paciente se repuso, pero tardó mucho tiempo en estar bien.

Ya veis, pues, qué consecuencias puede traer el no saber leer por no haber aprendido o por haberlo olvidado.”

 

La tercera parte, y la más breve, encierra algunos consejos finales:

 

No leáis nunca muy deprisa porque  la lectura no es una carrera de caballos en la que le dan el premio al que más corre. Poned vuestra atención en cuanto leáis, pensad en lo que habéis leído, hablad de aquello y no olvidéis las muchas cosas buenas que hayáis aprendido con la lectura”.

 

Es posible que alguien encuentre algunas ideas especialmente simples o ingenuas (tienen 81 años, he dicho más arriba), pero todas parecen salidas del sentido común; y yo he visto y he leído recomendaciones actuales que distan mucho de ser tan claras y tan oportunas. Seguro que en 1927 no había esta fiebre de la animación, fomento y planes de lectura que hay hoy día y, en cambio había maestros y maestras que tenían las ideas claras y trabajaban con sentido en tiempos en los que ni todos los niños y niñas del país iban a la escuela ni había los medios materiales que hoy tenemos a nuestra disposición.

 

2. El segundo comentario tiene que ver con la publicación del libro “LA BIBLIOTECA ESCOLAR COMO ESPACIO DE APRENDIZAJE”, por parte del Instituto Superior de Formación de Profesorado, dependiente del Ministerio de Educación, Política Social y Deporte (ISBN: 978-84-369-4542-3). Este libro tiene que ver poco con el primero y no está dirigido a niños y niñas, sino al profesorado que puede apreciar y aprovechar al máximo todas las posibilidades que ofrece la B.E., como ya se insinúa en el título. En él se recogen las ponencias que se presentaron y se desarrollaron en un curso celebrado en el Palacio de la Magdalena de Santander, en el seno de Universidad Menéndez Pelayo, la última semana de junio de 2007. Allí estuvimos, bajo la dirección de Loles González: Mónica Baró, Luismi Cencerrado, Pedro Cerrillo, Teresa Corchete, Regina Pacho, Elisa Yuste, Antonio Tejero y Mariano Coronas. Fue un placer, realmente. Ahora, a mediados de julio recibí varios ejemplares del libro que recoge las ponencias, junto a una veintena de separatas de mi colaboración. Ésta ocupa las páginas que van de la 179 a la 206, ambas inclusive y se titula: “Biblioteca escolar: Diecinueve años, libro a libro…” Los epígrafes de mi ponencia llevaban estos títulos: Datos sobre el colegio; Breve historia de la biblioteca escolar del CEIP Miguel Servet de Fraga; Objetivos de trabajo; Acciones y estrategias utilizadas a lo largo de los años para organizar y dinamizar la B.E.; Cuadro de interacciones establecidas desde la B.E.; Cuadro que orienta sobre las acciones que podemos impulsar desde la B.E.; Acciones para la dinamización cultural del centro y el fomento de la lectura y la escritura; Temas abordados en el transcurso de los años; descripción de materiales diseñados; Valoración del trabajo.

Me sentí muy reconocido con la invitación a participar en ese curso, el pasado año; es realmente un lujo poder dar una clase en una de las aulas del Palacio de la Magdalena (donde ya había estado en otra ocasión, también como ponente) y me he sentido feliz al recibir este libro y las separatas con mi participación. Me gusta participar en libros de autoría colectiva y disfruto de esas oportunidades que me han ido dando, desde diversas instancias (en algunos casos, he dejado constancia de ello en otros post anteriores de este blog). Generalmente compartes territorio y tienes, por tanto, como vecinos de parcela, a otras personas que también trabajan e investigan sobre asuntos similares y eso ayuda a contrastar pareceres y a que el trabajo se divulgue en muchas direcciones.

 

19/08/2008 00:17 gurrion #. sin tema Hay 5 comentarios.

LA TRAVESÍA DE LA VIDA (y II)

20 de agosto de 2008. Mi padre ha dejado escapar el último aliento. Amanecía cuando su respiración se iba apagando. Llegaba un nuevo día, pero para él, irremediablemente se ha hecho de noche. El azar, que organiza las cosas de una manera curiosa y sorprendente, ha cogido algunos números y los ha dejado entrelazados para siempre: mi padre nació en el año 18 y cumplió en abril 90 años. Mi hijo Daniel, nació en el año 90 y hoy ha cumplido 18 años (se ha hecho mayor de edad el día que su abuelo paterno fallecía). Curiosas coincidencias, sin duda.

 

 Despedir para siempre a tu padre no es un asunto fácil: uno piensa en las palabras que quedaron por decir o en algunas que se dijeron de más, pero sobre todo piensa que nunca más podrá escuchar su voz, ni contemplar su caminar ligero ni verle sudar con una azada en las manos o charlar en un corro un día de fiesta, tampoco mirarle a los ojos, verlo “mudado” con esmero y pulcritud, oírle responder con su clásico “¿bien y tú?” a cualquier saludo, escuchar su silbido característico para convocarnos a casa cuando éramos críos… Piensas en las enseñanzas directas e indirectas recibidas (imposible de enumerar), en los madrugones para ir al monte a buscar leña o a hacer “forquetas”; en las frías mañanas de final de otoño cuando había que recoger las olivas; en las días amarillos de septiembre vendimiando o vareando almendreras; en las huertas-jardín que cultivó con una entrega y un tesón difíciles de explicar, en su decidido deseo de que sus hijos estudiáramos para mejorar nuestro futuro en un tiempo en que tal actitud era infrecuente (y en el enorme precio en esfuerzo y trabajo que tuvo que pagar en compañía de mi madre para mantener esa apuesta)…

 

Una de las ideas que expresó con frecuencia y que más le rondaban la cabeza, era la de que la familia debía estar unida y que había que intentar superar los pequeños problemas cotidianos. Nunca vivimos discusiones importantes en casa, entre nuestros padres (y no sería porque no hubiera que pasar estrecheces y solventar problemas): esa fue una profunda lección de convivencia. Ese objetivo de unidad familiar lo hemos mantenido sus hijos e hijas y va por muy buen camino, viendo las relaciones de sus nueve nietos y nietas, de los que se sentía tremendamente orgulloso (y aún podría haberlos disfrutado más, si se hubiera despreocupado algo más del trabajo que le ocupó mucho tiempo, incluso a edades en las que buena parte de hombres y mujeres se entregan al placer de ver pasar la vida o recibirla sentados al borde de un camino, en un carasol, en un banco de parque o en un “pedriño” callejero).

 

Mi padre (y también mi madre) leía todos los días el periódico. Llevan muchos años suscritos al Heraldo de Aragón y estaban al corriente de lo que pasaba en el mundo. En los últimos tiempos estaba algo más pesimista con el futuro del mundo, leyendo las noticias que leía en la prensa o que escuchaba en la televisión. Para alguien que había vivido la Guerra Civil con toda su infinita crudeza, veía las deportaciones, los éxodos, los efectos directos y devastadores de las guerras con enorme preocupación y con gesto serio, al recordar episodios similares vividos en carne propia…

 

 

21 de agosto de 2008. Hemos enterrado a mi padre. Ha salido de su casa por última vez, acompañado de toda la familia, de los vecinos del pueblo y de muchas personas venidas de otros lugares de la comarca. Ha sido un día emotivo, como no podía ser de otra manera y muy de agradecer la compañía de la gente que se ha desplazado hasta Labuerda para estar con nosotros, sus familiares más directos. Mi padre no quería coronas de flores en su entierro; nos lo recordó con frecuencia (yo, bromeando, le decía que me parecía un deseo razonable en una persona que se apellidaba “Coronas”). Tenemos un sentimiento de tranquilidad por haberle podido cuidar en casa y acompañarle en sus últimos días y eso mitiga en gran medida el dolor que se siente al perderlo definitivamente. Sus mensajes flotan en el aire, sus consejos, sus palabras están esculpidas en el interior de cada uno de nosotros y todos podemos recordar algo que nos dijo o que le escuchamos decir, una sonrisa o un enfado, una orden o una explicación de por qué había que hacer esto o aquello…

 

Hoy, al finalizar el oficio religioso, sus nietas Patricia y Ana han leído en la iglesia unas líneas que escribí anoche, pensando en él:

 

“Nuestro abuelo Mariano tenía una apariencia menuda, un andar ligero y un porte poco exuberante, pero disponía de una savia inmejorable. Esa savia interior tenía unas características muy especiales: fortaleza, determinación, lealtad, honestidad y dignidad. Con estos sólidos conceptos es fácil construir una persona admirable, de la que nos sentimos orgullosas herederas.

 

Un día ya lejano, cuando éramos pequeñas, nos enteramos de que el abuelo Mariano sembraba árboles: nogales, carrascas, robles… crecían a partir de las semillas que él iba enterrando en el monte. Pasó algunos otoños acudiendo casi diariamente a realizar ese trabajo que a él le parecía noble y necesario.

 

Cuando alguien planta un árbol es porque cree en el futuro, es porque piensa que serán sus hijos o sus nietos quienes recogerán los frutos o podrán sentarse a descansar bajo su sombra.

 

Su ejemplo de persona leal, cultivadora de la amistad, respetuosa, responsable con el trabajo bien hecho, poco dado a presumir y muy dado a trabajar en silencio son valores que nos ha transmitido a través de esa ramificación familiar que, como un árbol casi centenario, nos cobija, nos orienta y nos ofrece los frutos nacidos y recogidos a lo largo de toda una vida. Nuestra abuela María Teresa, con quien compartió 55 años de vida, seguirá velando para mantener vigente esa herencia.

 

A nuestro abuelo Mariano no sólo lo vamos a echar de menos, lo vamos a echar siempre de más, porque va a seguir viviendo en nuestro emocionado recuerdo.

 

Nunca olvidaremos que:

 

Cada arruga de sus manos

era fértil surco, cosecha;

las de la frente eran fuentes,

manantiales de experiencia.”

 

 

Y para finalizar este post, recuerdo su agradecimiento por unas coplas que le dediqué en 1995, publicadas en el número 62 de la revista EL GURRIÓN y que pondrían punto final, al menos de momento, a LA TRAVESÍA DE LA VIDA de mi padre. Están escritas en aragonés.

 

Tiens as mans encallecidas / de treballar sin aliento, /de sofrir calor y fríos / en verano y en invierno.

 

De chicote me dezibas / que a tierra eba que amar, / cudiala con muito mimo / y sabe-la treballar.

 

Un diya bide o sudor / que te manaba d´a frente; /siñal de que os labradors / treballan bien de valiente.

 

Creziba y me feba gran / beyendo os tuyos esfuerzos / con as vacas, con as yerbas / con as tierras y os torruecos.

 

En os ibiernos charrabas / -rodiando o fogaril- /historias d´aquella guerra / y o que t´os tocó sofrir.

 

Tiens a mans bien arrugadas / y a mirada pensativa / de dignidá y rispeto / ye ejemplo a tuya vida.

 

 

 

 

22/08/2008 00:32 gurrion #. sin tema Hay 20 comentarios.

EL SONIDO DEL AGUA EN LA MONTAÑA

Cualquiera de los valles pirenaicos, dibujados desde hace millones de años por el incesante discurrir de un río, es un lugar recomendado para caminar, “llenarse los ojos de Pirineo”, respirar profundamente, descansar del jadeo de una caminata en una sombra, mojarse los pies en el río y escuchar el sonido del agua… Después de un verano durillo (por circunstancias ya explicadas en anteriores entradas de este blog), hemos utilizado dos días de esta última semana de agosto para pasarlos en el monte.

 

El martes, 26, el destino fue el Valle de Bujaruelo. Mercè y yo encontramos en ese lugar un rincón paradisíaco y procuramos darnos un paseo por él con cierta frecuencia. Recorrerlo, preferentemente en épocas de menos o de poca gente, es un festival para los sentidos. La combinación de pradera y río en un espacio amplio, casi llano, por donde se puede pasear, es ideal. La pradera que cubre el lecho de inundación del río Ara, está salpicada de grandes formaciones de boj y árboles aislados que le dan un aire de parque natural. El río en el tramo referido salva suavemente el desnivel y el agua, cantarina, hace un ruido de conversación. Nada es comparable a sentarse en una de las muchas piedras gordas de su cauce y poner los pies dentro del agua, mientras escuchas lo que el río quiere decirte. Trae historias de los tiempos de su formación, de las reatas de caballerías y personas que subían o bajaban de los puertos y cuenta episodios curiosos que le van sucediendo a medida que van pasando las estaciones… Un río, el Ara en Bujaruelo, que cobra vida con los reflejos: en cuanto llegas a un pequeño remanso, enseguida ves reflejadas en sus aguas las altas cimas de las montañas que jalonan el valle o los cercanos árboles que se inclinan en señal de agradecimiento por la “música” interminable y por la humedad que les proporciona.

Ni los “desorientados bañistas”, armados de bikini y toalla, tumbados al sol, como si de una playa mediterránea se tratara, consiguen romper la magia (aunque sí que uno suelte alguna imprecación, viéndolos en actitud tan indolente). La montaña se camina con botas o calzado adecuado no con chancletas, con mochila, máquina de hacer fotos y prismáticos; es conveniente mirar en todas direcciones, además de hacerlo hacia arriba y hacia abajo:¿has visto qué formas dibujan al azar los líquenes que colonizan las rocas?, ¿te has fijado en la cantidad de piedras graníticas erosionadas que dejan ver curiosísimas nerviaciones?, ¿y la culebrilla de agua que zigzaguea buscando un refugio cuando advierte tu presencia?, ¿has observado en la pradera multicolor el continuo ir y venir de abejorros y mariposas libando las ostentosas flores que aún resisten al final del verano?, ¿has mirado detenidamente las laderas de las montañas que te rodean, cubiertas de una ingente masa forestal, con una variada gama de colores?, ¿escuchas el sonido interminable del agua que pone música a todo el espectáculo?...

 

Bueno, son muchos los sentimientos que afloran cuando uno camina y el mundo natural se va ofreciendo a nuestra vista, a nuestro oído, a nuestro olfato, a nuestro tacto y a nuestro gusto (aún podemos probar algunos frutos que generosamente ofrecen arbustos y árboles). Ya he escrito varias veces sobre Bujaruelo y siempre que volvemos a ese precioso valle tenemos percepciones nuevas, aunque revivamos otras estancias con nuestros hijos, con todos los amigos y amigas a quienes se lo hemos “presentado”.

 

El día 28, dos días después, escogimos otra ruta diferente. Subimos a visitar los valles del Alto Cinqueta: Tabernés y Biadós. No habíamos recorrido nunca el primero y nos sorprendió muy gratamente. Al poco de iniciar el recorrido de su pista, nos topamos con una preciosa cascada, generosa en caudal y estruendosa en su caída interminable. El camino se adentra luego en un bosque tupido y sombrío hasta desembocar en una amplísima e inesperada pradera, con una caseta de pastores y un refugio para caminantes. Ese día no había vacas pastando, aunque sí restos de su reciente presencia (numerosa presencia, a juzgar por el número de boñigas que anduvimos sorteando). Elegimos uno de los caminos que nos acercaba al río Cinqueta de la Pez y continuamos por él, hasta que río y camino se encuentran: precioso espectáculo de árboles descuajados, de rocas enormes en el cauce, de pozas y remansos, de rápidos para salvar desniveles, de barranquitos aledaños que parecen fuentes caudalosas… Allí en la orilla, al abrigo de abetos de porte solemne y otros árboles frondosos, almorzamos escuchando el sonido desgarrado del agua que va lamiendo las piedras y empujando los troncos para abrirse paso en aquel lecho caótico que, con la próxima tormenta, se vera nuevamente modificado.

 

En la gran roca en la que nos encontramos, vemos varios ejemplos de la fuerza imparable de la naturaleza, cuando se le deja en libertad. Ha bastado que un poco de barro o una pequeña cantidad de tierra se acumulen en algunas grietas o hendiduras para que sobre ese suelo fértil crezcan con ímpetu algunos, diminutos aún, arbolitos, pequeños abetos que, posiblemente, dentro de unos años, asombren por su porte. El contrapunto a ese “milagro” de supervivencia, lo encontramos justo enfrente: un esqueleto de árbol se mantiene enhiesto después de morir: impresiona su imagen altiva; es una escultura moldeada por las nieves, las lluvias y los vientos… a la espera de algún violento vendaval que lo derribe. Cerca del refugio hay dos coches aparcados, pero no encontramos a nadie mientras dura nuestra estancia. El día es soleado, corre una brisa fresca y disfrutamos a base de bien.

 

A continuación, montamos en el coche y subimos a Biadós. Nada más llegar al collado, revivimos la imagen de la vez anterior: aquellas laderas salpicadas de bordas, con los campitos de hierba que, justo ese día, varios propietarios están segando con pequeños tractores. Las nubes y nubarrones que van creciendo por detrás del Posets dejan el paisaje en un continuo sol y sombra. Tomamos la senda que atraviesa el valle y vamos recorriendo pausadamente, con las piernas y los ojos, todo lo que se nos va poniendo por delante. Mientras asciendes por primera vez por la pista que hemos tomado un poco antes de llegar a Gistaín, es imposible imaginar que exista Biadós: tantas estrecheces, bosques, desniveles… para encontrar aquel regalo de la naturaleza domesticado por el ser humano. Algunos trozos de tierra ya no se siegan porque su inclinación es superior a la capacidad de un tractor para mantenerse sin volcar, pero en general, la vista sigue siendo hermosa y seguirá siéndolo mientras el paisaje se encuentre humanizado. Cuando regresamos de la caminata, esperamos que se hagan las dos para poder entrar a comer en el refugio (1.760 metros de altitud), donde nos guardan la mesa encargada: paté exquisito, ensalada variada, sopa o crema de calabacín y cordero asado o pollo guisado; postre y café… ¡Con ese menú ya pueden venir caminatas!

A media tarde comenzamos el regreso, con parada en las orillas del Cinqueta de Añes Cruces para mojarnos los pies y para contemplar, una vez más, esos esqueletos de árboles abatidos y esculpidos por los temporales; árboles sin corteza, de madera endurecida, con “tanos” como ojos de cíclopes que tan a gusto fotografío una y otra vez.

 

Hace tiempo, hace años que cuando salgo al monte me fijo en lo pequeño (también en lo grande): una hendidura, una piedra curiosa en el agua, las formas de los líquenes, las líneas de la madera, flores, animalillos que estén algo quietos, hojas, un reflejo en un charco, … Encuentro formas muy sugerentes y voy formando un museo virtual de la naturaleza (¡ya me gustaría a mí!). ¡Qué invento la cámara digital! En unas horas, puedo hacer entre cien y doscientas fotos y, aunque cuando las hago pienso que algunas las borraré, luego me cuesta hacerlo, aún con las que no tienen tanta calidad como sería deseable. La última parada, ya en territorio “civilizado” es en Plan, nos tomamos un helado de esos de chocolate por fuera y chocolate por dentro y luego nos acercamos a darles un abrazo a José Mari y Pilar que andan cuidando a su movida pareja de churumbeles. Más abajo entramos en Saravillo para hacer acopio de queso y yogur y, ya sin más pausas, llegamos a Labuerda.

 

29/08/2008 19:51 gurrion #. sin tema Hay 6 comentarios.


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