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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2011.

¡Ay, tachún, tararachún, ay tachún tarará!

 La verdad es que no sé por dónde empezar. Llevo demasiados días sin escribir en este blog; sin ofrecer una reflexión, contar una excursión o realizar una observación sobre algo ocurrido en el devenir diario. Y no será porque falten temas, pero así es la vida. En ocasiones nos pasamos el tiempo recordando algunas cosas que deberíamos hacer, pero sin encontrar un momento adecuado para hacerlas. Hace días que me invade esa sensación, de que una voz interior me susurra: “tendrías que escribir algo, ¡hombre!”, pero lo voy dejando para mañana, sin darme casi cuenta que todos los días tienen “un” mañana…

 Reconozco que en estos tiempos convulsos en lo económico y en lo político, podría encontrar un buen filón para escribir; ¡bien que lo han encontrado diariamente y desde hace meses los medios de comunicación! Así que, aunque solo sea tangencialmente, voy a intentar ocuparme de ello, para decir un par de cosas.

Me parece que este ataque generalizado hacia la salud y la educación que están realizando los nuevos gobiernos regionales es claramente un ataque al futuro; o, al menos, a un tipo de futuro determinado (también, desde luego, un futuro claramente imperfecto), en el que la salud y la educación públicas hayan disminuido su presencia y, en buena parte, se hayan privatizado. No tiene nada que ver con la calidad ni se nos puede vender la mentira de que “no pasa nada”, de que todo sigue igual, a pesar de esos recortes que afectan a personas y servicios. En el tema de la enseñanza, no es igual dar clase a grupos de más de veinticinco o treinta chicos y chicas que a grupos de quince y eso tiene que ver con el número de maestros y maestras, de profesorado que puedan trabajar La enseñanza pública debería de cuidarse especialmente puesto que a los centros públicos acude la mayor parte del alumnado proveniente de la emigración y de todos los sectores sociales más desfavorecidos y ello requiere más personal para atender problemáticas que la escuela concertada se quita de encima haciendo una “selección natural” que daría risa sino porque es un asunto muy serio. Arrastramos, en este país, un problema gordo desde el principio. Aquí deberían de existir dos tipos de centros, los públicos, sostenidos con fondos públicos y los privados, pagados por las familias que quisieran optar por ellos. Todo lo demás resulta tan hipócrita y tan vergonzoso… Recortar en salud y en educación, ¡qué disparate! ¿Acaso alguien puede querer que la población de su país goce de mala salud y tenga unos niveles educativos deplorables? ¡Pues, menudo futuro!

 Podríamos recortar en armamento; podríamos eliminar cientos de cargos burocráticos, nombrados a dedo por los políticos de turno que nadie sabe para que sirven, más allá de colocar a los amigos y familiares o de tener alrededor gente sumisa en quien apoyarse; podríamos revisar las cadenas autonómicas de televisión, la mayoría escandalosamente deficitarias, ¿a qué intereses sirven?; podríamos ahorrar en infraestructuras inútiles (tenemos 50 aeropuertos, algunos no se estrenarán nunca y la mayoría con déficits millonarios. En Alemania funcionan 18); podríamos olvidarnos de las campañas electorales que empiezan tres meses antes de la fecha en la que deben comenzar y que suponen un gasto millonario en viajes, comidas, propaganda, alquileres de recintos, regalos, hoteles… Podríamos reducir el número de políticos: municipales, comarcales, provinciales, autonómicos, nacionales, europeos… Quizá así los “castings” fueran más efectivos y seleccionando más se quedaran fuera los incompetentes y los deshonestos… Ahora hay tantos que, por lo visto, hasta esos tienen sitio en las tareas de representación. Y podríamos seguir hablando del fraude fiscal, de la existencia de los paraísos fiscales…

 Sobre la capitalización de los bancos, realizada con dinero público, llevamos un cabreo descomunal. No sé si en alguna época los banqueros han sido de fiar, seguramente sí. Actualmente –en general, claro; alguna excepción habrá- han dado una lección terrible de desvergüenza y de amoral (si es que pueden darse lecciones de algo así). Anduvieron un tiempo reclutando amablemente, con todos los elementos de seducción posibles, a ingenuos clientes (algunos quizá no tan ingenuos) para que compraran todo aquello con lo que soñaban (y si no lo habían soñado, los banqueros se encargaban de que lo soñasen a partir de la entrevista), utilizando todas las hipotecas posibles, a devolver con todas las facilidades habidas y por haber. Cuando se desinfló la economía virtual, los hipotecados cayeron bruscamente de la nube, se despertaron violentamente del sueño y se encontraron en la indigencia. Los banqueros cerraron las puertas de sus “tiendas” y ya no conocían a nadie. Los hipotecados perdieron el coche y el piso (éste pasó a ser propiedad del banco) y se decretó que, aún en esas circunstancias, debían seguir amortizando la hipoteca. ¡Qué legislación! ¡Qué derroche de justicia! Mientras tanto, los bancos han seguido aireando beneficios de manera un tanto indecente y los directivos, cobrando sumas estratosféricas (incluso cuando han llevado al banco o a la caja a la bancarrota), como indemnización. ¡Qué legislación! ¡Qué derroche de justicia!

 Cada noticia relacionada con esos asuntos, hace que nos acordemos de Islandia y de la persecución de los responsables de lo que allí pasó… Porque, ¡qué pasa!, ¿Qué aquí no ha habido ningún responsable de nada? Desconozco los procesos judiciales que se abren en otros países, en los que se cuestiona la honradez y la responsabilidad de personas cercanas a los poderes financieros, económicos, políticos, empresariales, etc. pero en este país nuestro estamos hartos de que esos procesos se alarguen en el tiempo hasta límites insospechados. Al final, los ciudadanos inmersos en asuntos de vida cotidiana, ya no recordamos si fue condenado aquel sinvergüenza, si fue absuelto indebidamente aquel ladrón de guante blanco o si todavía dura el proceso contra el que se enriqueció escandalosamente en pocos años (por supuesto, sin trabajar, que es como últimamente se amasan las grandes fortunas). La verdad es que estamos bien servidos de mangantes, de gente sin escrúpulos, de tipos que medran amparados en amiguismos, en invisibilidades sospechosas y que les importa un pimiento que un elevado número de personas las pasen estrechas o vean el futuro realmente negro y comprometido para encontrar estímulos que animen a seguir viviendo. Personalmente, siento asco con frecuencia de esta situación; siento vergüenza de vivir en un país que no se acaba de quitar ese lastre de pillería, de doble moral, de hipocresía sin fin y de envidia generalizada…Tenemos para todo ello una asombrosa y nada envidiable fecundidad.

 Estos días del largo puente del Pilar, con fiestas mayores en Fraga, hemos estado por Sobrarbe. En otro post hablaré de ello. Y una de las cosas que he hecho ha sido escuchar profusamente dos CDs de un dúo aragonés que comenzó en la canción popular a principios de los setenta (del siglo pasado, claro). Me refiero a La Bullonera: Javier Maestre y Eduardo Paz. Han pasado 35 años y escucho y leo las letras de algunas de sus canciones y veo que son perfectamente actuales. Las podían haber escrito para describir lo que hemos vivido y estamos viviendo y lo que he contado anteriormente. Debo decir que la música popular sobre la que construyeron buena parte de sus canciones y las ingeniosas letras creadas por ellos, forman un tandem poetico-musical que resulta maravilloso escucharlo. He disfrutado escuchándolas una y otra vez y, de paso, me han ayudado a conjurar (o a exconjurar, ya que estamos en Sobrarbe) toda la mierda que uno percibe a su alrededor.

 Comenzaremos con una afirmación del valor del trabajo honrado y recordaremos para ello la canción que encabezaba el primero de sus discos: “Venimos simplemente a trabajar”. Para mí una de las más hermosas que compusieron y que dice: “No hemos venido aquí para deciros / que está dura la vida aquí debajo; / para eso está el jornal, la ley, el palo: / por eso la miseria, el herido, el condenado”. (…) “Venimos simplemente a trabajar; / como uno más, a arrimar el hombro al tajo. / Esta es nuestra herramienta: nuestras voces. / Esta nuestra canción: nuestro trabajo”. (…) “Queremos cantar al campesino, / al obrero industrial, al estudiante, / a los hombres y mujeres de esta tierra, / todos juntos dando un paso hacia adelante. / Venimos a hablar, pues, sobre la vida / desde un lugar familiar para nosotros, / que es el mismo lugar que en todas partes / le reserva al oprimido el poderoso. / Venimos simplemente a trabajar…”

 En la que se titula “La bolsa o la vida”, dicen cosas tan reales y “divertidas”, tan actuales como: “Al que roba en una casa / si lo pillan lo encarcelan; / al que especula con ellas / no hay guardia que lo detenga. Ya no van con palanqueta / ni pistola ni antifaz/ que tienen inmobiliarias / los ladrones de verdad”. Y más adelante, en la misma canción, escuchamos: “Dicen que la economía / se está poniendo fatal: / porque los obreros piden / que les suban el jornal.  Lo dice la patronal, / lo dice y sabe que miente; / miente para conservar / sus privilegios de siempre… Y todo ello adornado con un estribillo de chufla que coreábamos con mucho contento y que podríamos volver a cantar, cada vez que escuchamos una declaración altisonante o un disparate cotidiano, salido de la boca de nuestros próceres: ¡Ay, tachún, tararachun, ay tachún, tarará…!

 También resulta agradable escuchar la que se titula “Canción de la esperanza unida”, en cuya letra podemos encontrar nuevos motivos para leerla y cantarla: “Oigo que se levantan voluntades hermanas / y prenden en el aire sus hermosas palabras / llenando este silencio con vientos de esperanza / por encima del miedo, el terror, la amenaza. Pongo mi voz, / para quien quiera usarla / como su propia voz / como su propia arma”.

 Y cuando pensábamos que los “americanos” habían abandonado ya todas las bases en suelo español, resulta que un nuevo acuerdo bilateral ha llevado al actual Gobierno a permitir de nuevo que la base de Rota sea utilizada por ellos. Así que habrá que volver a escuchar la primera parte de sus celebradas “Jotas de ronda”: “Ya te pues traer aviones, / chiclé, leche en polvo o queso, / que mi pueblo ha dicho no / al forajido extranjero. Y más te vale irte ahora / que se nos hinchen los huevos / y caigas del Puente Piedra / de cabecica hasta el Ebro”. Rupu – rrupu – rún / rupu – rrupu – rún vienen los aviones / Rupu – rrupu – rún / rupu – rrupu – rún traen a Smith y a James. / Rata – tata – tá / rata – tata – tá no van a salir / ni los aeroplanos / ni los aeroplanos / ni el James ni Smith”.

 Y ya para terminar este singular y modesto homenaje a La Bullonera, dos jotas: la primera relacionada con la educación y lo que ya se intuía: “Para tener en la vida / educación esmerada: / viva Dios, viva la Virgen / y la enseñanza privada”. y la segunda, viendo la sequía atroz en la que estamos metidos, para que nos sirva de rogativa festiva y laica, a ver si empieza a llover de una vez: “Cuando empezaba el Diluvio, / todos estaban alegres, / diciéndose unos a otros: / ¡Qué buen año va a ser éste!” Y no me digan que estos chicos de La Bullonera no eran unos profetas…

 P.D.: El 12 de agosto de 1977, La Bullonera actuó en la Plaza Mayor de Labuerda.

16/10/2011 18:48 gurrion #. sin tema Hay 3 comentarios.

ESTAMOS SECOS. DE PANTANOS Y ESAS COSAS

Los ríos Cinca y Ara bajan, en este otoño atípico y menguado en lluvias, con un caudal paupérrimo. Se arrastran pesadamente dejándose llevar por los suaves desniveles que ofrecen sus cauces, como pidiendo nubes preñadas de agua y tiempos de fuertes lluvias, que no acaban de llegar…

 1. Hace unos días estuvimos en Mediano y caminamos durante casi dos horas por “el fondo de un pantano”. ¡Vaya viaje más desolador! Antes de iniciar ese recorrido, consulté mis álbumes de fotos y descubrí que en septiembre de 1998 los bajos niveles de agua eran similares a los de este año. Consulté también los “gurriones” de esas fechas y pude releer un artículo, titulado “Viaje al fondo de un pantano” que se publicó en la página 7 del número 73 de la revista, aparecida en noviembre de 1998, con una foto ilustrativa. También en la portada del número 75 (mayo de 1999) aparece una foto que reflejaba esa situación de bajos niveles de agua embalsada. La vida es cíclica, al decir de algunos, y algo de razón deben tener cuando se repiten visiones y sensaciones que uno cree haber vivido ya…

 Estamos, pues, ante un fenómeno que, no por menos repetido, causa honda preocupación. Porque los embalses, una vez construidos y aceptados o superados todos los aspectos negativos que producen, lucen espléndidos cuando la cota de agua acumulada es elevada y dan pavor cuando se ve la tierra reseca y cuarteada del fondo o cuando asoman ruinas que habitualmente están sumergidas. Y es que esa circunstancia, al margen de otras consideraciones, afecta a la memoria de cuando la vida transcurría, lenta pero diaria y emocionante, por los entresijos del tiempo habitado.

 Mediano, en esta primera parte del otoño, tiene el rostro lúgubre de un cadáver que ha sido desenterrado en unas excavaciones. Se hace visible la elevada y orgullosa torre, la desvencijada iglesia adosada, pero todavía en pie, y la sorprendente exconjuradera, con un agujero hacia las nubes en su curiosa bóveda interior. En las inmediaciones, nos topamos con las ruinas de las casas derruidas por las bienintencionadas autoridades “para que nadie tomara mal”; ruinas que son claros exponentes del cataclismo que se cernió sobre el pueblo. Aún son visibles maderos y vigas, entre las piedras y los cascotes de hormigón y los “marueños” de aquéllas en posición caótica. Podemos contemplar gruesos bloques pétreos en paredes que aterrazaban algunas zonas de cultivo y que según desde dónde las enfocas, ofrecen a su espalda la visión de montañas emblemáticas de la comarca, como la Peña Montañesa, los Treserols o las Tres Marías (esta vez, sin una gota de nieve en las altivas cimas), como poniendo unas gotas de poesía paisajística a su duro estado actual, o dulcificándolo, sin conseguirlo.

 Y más allá, un paisaje lunar, formado por pequeñas o suaves hondonadas de antiguos barrancos, de desniveles que llevan muchos días, muchos años siendo el fondo de un mar interior, por mor del interés común y del progreso.

Hay esqueletos de árboles submarinos que se mantienen enhiestos, como esperando primaveras imposibles; árboles que han quedado como fosilizados, desprovistos de ramas, de flores y de frutos; testigos de antiguos paisajes, hoy a la fuerza, imaginarios. Troncos desnudos sobre los que vuelven a posarse algunos pájaros que, tal vez, ablanden o revitalicen su duro corazón de madera.

Los puentes que unieron a gentes y lugares, hoy ya no van a ninguna parte; mantienen, eso sí, sus columnas o su arco; los malecones que delimitaban su extensión o la barandilla metálica que, incomprensiblemente, no se oxida bajo el agua.

Todo, con un color blanquecino, donde la tierra se convirtió en lodo y éste en polvo que el viento levanta y deposita sin ningún sentido ni finalidad. Bandadas de pájaros picotean por la reseca tierra que, en los antiguos campos ofrece pírricos frutos de cosechas malogradas.

 ¡Qué buen momento éste para las visitas guiadas! La Confederación Hidrográfica del Ebro, o quienquiera que sea dueño de esta geografía ahora visible, debería promover viajes de reconocimiento entre sus afiliados. Las comunidades de regantes deberían organizar, entre sus socios, excursiones para conocer de primera mano los efectos devastadores que sus legítimas aspiraciones de regar más tierras, causaron y causan en los territorios donde se construyen los pantanos. Sería una acción pedagógica de mucho interés. Cuando los embalses están llenos, quedamos admirados por esas enormes manchas azules que prometen generosas cosechas, agua de boca y energía para fabricar electricidad, pero cuando los niveles bajan hasta los extremos de este otoño, les aseguro que hasta los ojos acaban doloridos de contemplar la imagen de la desolación.

 Y si miras hacia el norte, lo que ven tus ojos tampoco anima. La barrera montañosa de los Pirineos centrales se muestra imponente, pero no se adivina ni una mancha blanquecina, ni una gota de nieve, cuyo deshielo aportaría aguas frías y saltarinas al débil caudal del Cinca. De modo que, tras el largo paseo y los disparos de la cámara de fotos, comenzamos el regreso. Desandamos el camino, alejándonos del núcleo desolado de un pueblo que desapareció bajo las aguas y que emerge de tanto en tanto para recordarnos el precio que pagaron los vecinos que allí vivían y que fueron obligados a abandonarlo. Regresamos con un rictus de tristeza en nuestros rostros y con la única esperanza posible: que empiecen pronto las lluvias para que el agua crezca y tape esa herida reseca y dolorosa que resulta menos punzante cuando no la vemos.

 

2. Y cambiando de sitio, al día siguiente de este singular viaje, ascendemos el valle del Ara hasta Albella. El Ara, como ya he comentado semeja, en muchos tramos, una mancha inmóvil de agua, tan escaso es su caudal. En los alrededores de Boltaña, contemplamos preciosas imágenes del otoño, personalizadas en formaciones de chopos amarillos que crecen en sus orillas y que ponen un tono poético a la escasez. Atravesamos el Ara por el puente de Ligüerre y continuamos por la carretera estrecha que nos lleva hasta Albella. Estamos frente al valle de La Solana, iluminada por el sol otoñal de la tarde, en la que se intuyen algunos núcleos abandonados, casi tragados por una vegetación selvática. Nada más llegar a Albella, nos encontramos con Concha, a quien conocemos. Nos deja las llaves de la ermita de San Úrbez y hacia allí nos dirigimos con Mercè para verla y para contemplar los paisajes que desde el pequeño altozano en el que está ubicada se ofrecen ante nuestros ojos. Abrimos con tres llaves otros tantos candados y accedemos a un recinto pequeño, con varios altares laterales profusamente decorados con pinturas murales y repletos de imágenes religiosas. Nos llama poderosamente la atención el suelo de piedras de río colocadas formando dibujos geométricos, muy vistosos y cuidados. Este Úrbez debió ser un santo de cuidado, pues le conocemos, por lo menos, tres ermitas: la de Añisclo, ésta de Albella y la de Nocito, sin descartar que haya otras. Esa extraña ubicuidad, seguro que generó un gran número de devotos y devotas. Por fuera, la construcción es curiosa, con varios tejadillos, rematados con una sencilla espadaña, que alberga una pequeña campana y todas las fachadas pintadas de blanco inmaculado. Frente a la verja de la puerta crece un airoso almez (laitonero, en esta tierra), repleto de frutos (laitóns) maduros. La tarde tiene una luz brillante, no sé si otoñal, y puedo hacer fotos a discreción. Me gusta una en la que puedo encuadrar perfectamente la ermita en primer plano y la Peña Montañesa en el fondo (también desde aquí se ve la Peña). Había fotografiado antes esta ermita pero desde lejos (fue portada del número 95 de El Gurrión, publicado en mayo de 2004). Por cierto, la vieja baldosa adosada a la pared de la entrada principal, tiene escrito “Hermita”, una falta de ortografía festivamente perpetuada que, creo, revaloriza la baldosa en cuestión.

 Regresamos al pueblo por otra calle para poder fotografiar la portada de la iglesia y la casa consistorial y casa escuela que se encuentra casi adosada. Ambas se encuentran en estado ruinoso. El tejadillo de la torre está semiderruido, así como el tejado de la casa consistorial. Está cerrado con vallas el acceso a la iglesia por razones obvias.

 En el resto del lugar se aprecian muchas obras de rehabilitación; entre ellas una vistosa casa de turismo rural, a la que le llegan cuatro clientes mientras estamos por allí. Concha nos acompaña hasta su casa, casa Cebollero, de fachada grandiosa, en la que podemos ver el suelo del patio trabajado con piedrecitas de río, haciendo diversas figuras y algo deteriorado, nos dice, por ser paso de caballerías durante mucho tiempo. A pesar de todo, de mucho interés. Luego subimos hasta la gran sala-comedor que tiene un suelo como los comentados de la ermita y el patio. Mucho más trabajado, con figuras muy variadas y realizadas con enorme precisión. Por las dimensiones y los dibujos, una auténtica obra de arte que han sabido preservar, a pesar de los inconvenientes para barrerlo y mantenerlo limpio, nos comenta Concha. Alargamos un poco la conversación y nos despedimos porque queremos visitar todavía los pueblos de Planillo y San Felices y hasta allí llegamos para recorrer sus pequeños recintos, comprobar que en ambos se rehabilitan y reconstruyen casas y hacer fotos de escudos nobiliarios, chamineras, portaladas, campanarios y algunas muestras del otoño, visibles en chopos, arces, caixigos, etc.

 Vemos al frente La Velilla, derruida, y hacia lo alto, el enclave vacío y sin esperanza de Cámpol que visitamos hace menos de un mes y recordamos las ruinas de Lacort, al otro lado del Ara y las de Jánovas que no vemos pero que intuimos debajo de un monte delante nuestro. Hemos pasado de un Mediano inundado a un Jánovas de papel y constatamos que tanto el pantano que se hizo como el que no se hizo han producido similares resultados, sobre todo ahora que Mediano está vacío. Y, por encima de todo, constatamos el esfuerzo de muchos sobrarbeses por levantar lo caído, por recuperar lo perdido, como un grito que reafirme su existencia. En medio de todo y, a pesar de las ruinas tapadas por los zarzales, una señal de esperanza.

18/10/2011 19:02 gurrion #. sin tema Hay 6 comentarios.


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