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PRIMEROS DE SEPTIEMBRE

El pasado día 1 dio comienzo para el profesorado un nuevo curso escolar. Curiosamente se estaban produciendo simultáneamente la Vuelta a España y la Vuelta al Cole. En mi caso, después de un año de Licencia por estudios, con libertad horaria, dedicado a otras faenas, sin la obligación de acudir diariamente al colegio,... era un momento especial. Y así lo viví, como un reingreso, con una mezcla de nervios estomacales, preocupación ancestral, sorpresa ante lo nuevo, reencuentros amables y esperados, ausencias celebradas…

A la media hora de estar allí y tras los oportunos saludos, ya tenía otra vez esa sensación increíble de que no había pasado el tiempo, de que nunca me había ido de allí y de que mi cabeza se estaba reconfigurando en clave educativa y pedagógica. Recorrer los pasillos y las estancias, abrir los armarios que dejé cerrados en junio de 2009, entrar en la biblioteca, abrir la correspondencia acumulada durante el verano también ayudó lo suyo, je, je.

Al margen de las reuniones preceptivas, el viernes, día 3, tuve tiempo de revisar algunos rincones de la clase y tomar la decisión de tirar un buen volumen de cosas. Con la excusa de este parón de un año y esta vuelta a la actividad, aproveché para hacer “limpieza” seriamente y desprenderme de muchos objetos, materiales, publicaciones… que hace un tiempo que no han sido usadas y que mirando al futuro es probable que no vuelva a retomar.

 En casa también han sido días de remover y revisar cajas, archivos, carpetas, carpesanos… con el fin de su reubicación en otros lugares, aligerar espacios y generar huecos en algunas estanterías o armarios para colocar lo que tendrá que venir. El caso es que el día 2 cargamos el coche hasta los topes con una veintena de cajas-archivo de materiales impresos y nos subimos a Figols de Tremp a dejarlo todo en la falsa de la casa, bien colocado y tapado con un plástico para preservarlo del polvo. Éste ha sido sólo el primer viaje, pero tenemos previsto hacer otros.

Ahí iba toda la correspondencia recibida en Aula Libre, durante más de veinte años: carpesanos llenos de cartas y comunicaciones ordenadas que aguardan una necesaria revisión o que soportarían perfectamente una curiosa investigación; varias cajas con “babelias”, ese suplemento sabatino de El País, en el que se habla de libros fundamentalmente y que uno lee por encima y guarda con la buena intención y el propósito de retomar su lectura a lo largo de la semana, pero que acaba formando parte de esa pila de papel que no cesa de crecer… Varias cajas con materiales medioambientales: por ejemplo publicaciones, bibliografía diversa y referencias del huerto escolar; o bien pequeños reportajes sacados de la revista El País semanal; recortes de prensa de temas variados; guías de lectura de distintos organismos y otros documentos relacionados con los libros y la lectura… Un amplio muestrario de periódicos escolares, desde los tiempos de la “gelatina” hasta la habitual multicopista; materiales propios, por un lado y obtenidos como intercambio con los amigos y otros colegios, por otro…

  Bueno, tampoco se trata de inventariar exhaustivamente todo lo que hemos dejado en ese archivo de Figols (en el que el espacio, de momento, nos permite guardarlo todo, pero la distancia nos imposibilita poderlo consultar con frecuencia), sino dar una idea de esta tarea de remodelación de espacios y de contenidos, en la que estamos inmersos. Lo cierto es que si hubiese aplicado alguna máxima racional, de las que te van sugiriendo los amigos, como que si algunos materiales llevan diez años sin utilizarse es posible que no los necesites nunca y lo mejor es deshacerse de ellos, es probable que hubiese podido prescindir de casi todo, pero el gen del “por si acaso” se impone y uno anda siempre buscando localizaciones adecuadas donde poder colocar lo que ha ido “amasando” ( y no una fortuna precisamente) con el paso del tiempo… No en vano, a medida que se abren cajas y se ojean materiales contenidos en ellas, es fácil recordar sus orígenes, su génesis, en ocasiones, y esas sensaciones proporcionan una suerte de energía especial: hay un reconocimiento de lo hecho, una reafirmación en lo que se hizo (en general), incluso una sorpresa positiva ante lo que parece un “faenón” que en su momento se sacó adelante… Y todo eso produce una sensación de bienestar, por un lado, y de orgullo ante el trabajo por otro… Sin duda, se traduce en energía positiva. Lo dejo aquí, de momento, porque seguro que hablaré de nuevo del tema más adelante.

 Y ayer, día 4 de septiembre, viajamos con Daniel hasta Monzón para participar en la VII edición de REPLEGA: Feria Nacional del Coleccionismo General y Popular. Sin duda, todo un espectáculo visual y de participación. Y lo primero que se aprecia es que es realmente popular, por la gran participación de personas en la, cada año más amplia, zona de “cambio continuo”. Asistir como observador a la llegada de gente a esta zona (cosa que ocurre a lo largo de todo el día) es un espectáculo divertido y sorprendente; lo hacen con bolsas, maletas de gran tamaño, carritos repletos de paquetes, mochilas, grandes cajoneras plásticas con bandejas, grandes botes de plástico o cristal,… en busca del lugar donde se encuentran los más madrugadores que coleccionan los mismos objetos que ellos han traído. Una vez instalados empieza la mecánica del cambio que cada pareja gestionará como bien le parezca.

En muchos casos, Replega es un lugar de reencuentro para gente que no se ve desde el año anterior para esas fechas y en otros casos para establecer nuevas relaciones; hay muchos asistentes que curiosean por entre las mesas y otros que vienen con intención de adquirir algunos objetos para sus colecciones; hay espacios expositivos de coleccionistas que acumularon un gran volumen de objetos y muchos expositores que, generalmente, venden su mercancía… Es difícil de explicar por escrito algo tan vivo y, en cambio, es facilísimo de entender si acudes un día a Monzón y te sumerges en esta original feria.

 En la zona de "cambio continuo" no paran de pasar de mano en mano calendarios de bolsillo, marcapáginas, postales, placas de cava, botellas de cerveza, pins, cajas de cerillas, chapas de todo tipo de bebidas (cervezas, refrescos, aguas…), sobres de azúcar, posavasos, bolígrafos y lápices de propaganda, pegatinas, tebeos, cajetillas de tabaco, sellos, vitolas, barajas, kinder, tarjetas telefónicas, etiquetas, corchos… Y una lista interminable de los objetos más variados que uno pueda imaginar. Eso, sin contar con todo lo que puede verse en los espacios interiores de exposición que ponen  a la venta sus contenidos… Todo lo que el ser humano ha ido fabricando a lo largo de la historia, es susceptible de ser coleccionado, como también lo son algunos elementos legados directamente por la naturaleza sin intervención humana: conchas de univalvos y bivalvos, rocas, minerales, fósiles, arenas, cortezas de árboles, piedras con líquenes, piedras especiales, esqueletos de animales,…

 Las exposiciones invitadas por la organización eran siete en esta edición: "Soldados de papel. Recortables de la Guerra Civil (1936-1939)", de Manuel Ortega (Barcelona), "El envase de hojalata en la alimentación", de Antonio Ibáñez (Albalate), "Cajetillas de tabaco del siglo XX", de Ángel Laporta, "Décimos de lotería: bellezas de España, arquitectura popular, castillos de España y arte románico", de Leonardo del Río, "Pegatinas: 1º de Mayo. Día Internacional del Trabajo", de Chorche Paniello, "Marcofilia Aragonesa", de Salvador Alriols; y "Figuras de búhos", de Cristian Santisteve.

 Aproveché para acercarme a un par de “stands” que tenían material fotográfico e impreso antiguo. Localicé algunas cosas de Sobrarbe, pero no las compré todas, claro, porque los precios eran arbitrarios y prohibitivos, en algunos casos. Compré una “Descripción del Parque Nacional del Valle de Ordesa”, escrita por Francisco Lordán Penella (finalizada de escribir en Sabiñánigo, junio de 1942, según se lee en la penúltima página del librito). El documento fue impreso en los talleres de El Noticiero de Zaragoza y tiene 62 páginas. La Diputación Provincial de Huesca costeó la edición. En la primera página, bajo el título, puede leerse la siguiente advertencia: “Aprobado por el Consejo Nacional de Educación”. Lo demás, fueron 18 postales de Labuerda, Javierre de Bielsa, Torla, Broto, Sarvisé, Jánovas, Boltaña, Aínsa, Bielsa y Bujaruelo. En cuanto al precio, es cierto que se trata de un material prescindible, pero aún así, en algunos casos piden cantidades excesivas. Lo cierto es que el las postales realizadas a partir de fotos de Zerkowitz ofrecen testimonios valiosos de los pueblos y de los paisajes de Sobrarbe. Imagino que deben estar todas en la fototeca de la DPH y, por tanto, al servicio de cualquier iniciativa cultural que se realicé en la comarca y pase por tenerlas como referencia.

 Daniel se bajó con 550 chapas cambiadas y me comentaba que el primer año que fuimos a la feria, él llevaba un carpesano debajo del brazo, con las repetidas para cambiar. Este año, una maleta grande y una cajonera de plástico con bandejas, repletas de chapas. Claro que entonces debía tener una colección de unas quinientas chapas y ahora se aproxima a las nueve mil. Yo también aproveché para saludar a algunos coleccionistas de marcapáginas que pertenecimos a la Asociación y hurgar en nuestras respectivas cajas para cambiarlos. Al final, con las prisas, camino ya de Fraga, recordé que la caja de los repetidos que dejé en la mesa de cambios, no la recuperé y allí quedaron para quien los quisiera recoger y aprovechar.

Bueno, ya veis en qué movidas ando metido. Ahora mismo, en cuanto publique este texto, atenderé a una “voz exterior” que hace ya un rato me ha recordado que, aunque sea domingo, debemos retomar nuestra actividad limpiadora, expurgatoria, y reordenatoria y volveré a las cajas, las carpetas, los papeles, los estantes, los armarios… Espero sobrevivir a tanto ajetreo.

 P.D. Hoy es cinco de septiembre y mi madre cumple 90 años. ¿Cuántas vivencias y recuerdos ha ido “replegando” a lo largo de su extensa vida? Dice últimamente que se le olvidan las cosas. Todo vamos perdiendo memoria a medida que crecemos o borrando algunas cosas para que quepan otras. Mi sobrina Sonia también cumple años hoy, pero no digo cuántos.

ÚLTIMA SEMANA DE AGOSTO

Hay cosas y situaciones que por más que estén ya muy repetidas, vuelven a vivirse siempre como si fuera la primera vez (o, al menos, eso es lo que a mí me parece). Descartado el sueldo (que, sin duda, no es para tirar cohetes, pero que es razonable y muy alejado de los tiempos del “pasas más hambre…”), son las vacaciones el activo más valioso de maestros y maestras. Un tiempo, sin duda, que cada cual puede ocupar en lo que estime oportuno, claro, pero que –creo- tiene una utilidad evidente: recomponer cada año los desgarros, la tensión y las heridas que las relaciones personales (a varias bandas) derivadas del trabajo cotidiano marcan el exterior y sobre todo el interior de cada maestro o maestra (al menos de quienes nos tomamos el trabajo con espíritu anarquista: diario, innovador, comprometido, continuado y a fondo).

Por eso, la última semana de agosto, tiene siempre un regusto especial. Marca cada año, el fin de una época y el comienzo de otra. Yo la estoy viviendo con emoción e inquietud (no en vano, el pasado curso estuve exento de asistir diariamente a clase); con ganas de iniciar un nuevo tiempo de contacto diario con un nuevo grupo de chicos y chicas, con la posibilidad de emprender pequeñas aventuras innovadoras o pequeños desafíos, pero también con cierto grado de pereza de retomar una singladura que uno ya ha vivido más de treinta veces (en otros más de treinta años) y de la que ya conoce ciertos lugares comunes, ciertos peajes en los que habrá que detenerse y “pagar”. Estas cosas, estos detalles, teñidos de inmovilismo, de tradición mal entendida (“Muchas tradiciones, como muchas estadísticas, están para romperlas”, ¡coño!; no para reproducirlas sin cesar, hasta incluso cuando ya dejaron de tener sentido).

Contaré algunas cosillas de esta semana que anda justo por la mitad; de ese tiempo apresado (es lo que trato de hacer, pero no se deja) y vivido con sosiego, mientras caen las hojas del calendario anunciando el viaje de regreso al tajo y anunciando también encuentros y reencuentros: unos celebrados y deseados y otros algo menos (incluso alguno indeseable, que de todo hay).

El lunes anduvimos por el Valle de Bujaruelo: ese espacio natural, cercano al Valle de Ordesa, hermoso y verde; fresco y soleado a la vez, dibujado por el río Ara a lo largo del tiempo, al que tanto nos gusta viajar de vez en cuando, en busca de un subidón energético, de rellenar nuestros depósitos interiores con imágenes conocidas, pero siempre renovadas y con sensaciones ya vividas, pero siempre sorprendentes.

Viajamos con Ana y Mercé, con el fin de hacer el suave recorrido circular, con salida y llegada al puente medieval, parando a la orilla del río cuantas veces nos apeteciese. Y eso hicimos, sin aglomeraciones, charlando y paseando y haciendo fotos y mojándonos los pies y –sobre todo- escuchando al Ara. Nos encanta el sonido del agua, el ronroneo continuo que produce el río; los diferentes tonos percibidos cuando caminas algo alejado del curso del mismo o cuando te acercas a su orilla y dejas que el agua vaya lamiendo tus pies. El Ara, por estos parajes “bujaruelianos” es un río muy hablador: sentarse en cualquier piedra de sus orillas, en silencio, y escuchar y mirar es una de las acciones más relajantes y plenas. De regreso en el puente, tomamos la decisión de seguir el camino que acompaña al río por su derecha hasta el camping de Fenés: Ana se bajaría el coche y nos esperaría para comer y Mercé y yo haríamos esos tres kilómetros, andando, metidos por tupidos y, por tanto, sombríos bosques de hayas y abetos, aproximándonos o alejándonos del cauce, pasando por tramos de camino que había que transitar con cuidado de no despeñarse, escuchando siempre la voz del Ara, quejumbrosa y brava mientras chocaba contra peñascos inmensos o salvaba desniveles en tendidas, blancas y sonoras cascadas… Tras una hora de caminata, con muy poco desnivel, llegamos al camping: pasó con rapidez la cervecita con limón, preámbulo de la comida. Nos gusta comer en el restaurante de Fenés; conocemos a la dueña y la comida casera está muy rica; también el espacio es acogedor y, para nosotros, después de tantas visitas realizadas, muy entrañable. Hemos estado solos, con los dos hijos, con uno solo, con la familia y con muchos amigos a los que hemos acompañados por estos parajes.

De bajada, paramos en Sarvisé a ver a la familia, charlar un rato con ellos y tomar un café.

Ayer, en cambio, la actividad principal del día la desarrollamos en casa, en el “cuarto del patio”. Cuando uno estrena un cuarto, una habitación, en la que se van a ir colocando diversos objetos, lo hace con ilusión y pensando que esa era la solución para tener más ordenada la casa, más localizados según qué elementos o desembarazadas otras habitaciones. Pero lo cierto es que, pasa el tiempo, se siguen colocando cosas en su interior con mucha frecuencia y llega un momento en el que se van desbordando las previsiones iniciales: ya no son suficientes las estanterías, se colocan objetos en el suelo; la altura de cada montón crece de manera vertiginosa, ya no se respetan las ideas iniciales de ordenación y aquello termina siendo un caos, donde ya es casi imposible encontrar nada concreto, porque (por otra parte) ya hemos perdido la noción de las cosas que allí se guardan…Estaba yo en ese punto en el que detectas la necesidad de quitar, seleccionar, tirar, recolocar y ordenar y, por otra parte, cada vez que piensas en todo ello, sientes una enorme pereza para empezar a realizar ese listado de acciones. En esas estaba, digo, cuando llegó mi hija Ana –una chica muy resuelta y con una capacidad de organización muy notable- y, poco menos, que me obligó a empezar los trabajos anunciados. Ayer a última hora de la tarde, el cuarto del patio presentaba un estado ya casi desconocido; en realidad, no lo conocería, como suele decirse, “ni la madre que lo parió”.

Y lo bueno es que en estos procesos de limpieza y reordenación uno encuentra siempre cosas que ni sabía que guardaba. Fueron muchas y eso que no abrí todas las cajas o carpetas para mirar exhaustivamente su interior. De todos modos, hubo algunos descubrimientos que me hicieron gracia o que me llenaron de alegría. Uno de ellos, una agenda pequeña del antiguo Banco Central del año 1968. ¿Por qué la guardaba? Abriéndola lo descubrí: allí están las firmas (algunas con dedicatoria) de los compañeros y compañeras del tercer curso de Bachiller Elemental (1967-68); de modo que pude leer todos sus nombres y recordar algunos rostros.

Otro de los descubrimientos (y éste no tenía ni idea de que lo guardara, pues no lo había visto nunca antes) fue el de una carpetilla con algunos papeles de mi estancia en el campamento de magisterio que estábamos obligados a realizar en mis tiempos. De los papeles que guardo, hay dos documentos que me hicieron gracia; son de revistas que se editaban en el citado campamento. Guardo el número 1 del 6 de julio de 1972 y el número 5 del día 10 de julio del citado año. En la primera está la lista de todos los que hacíamos el campamento, ordenados por tiendas. Sonreí al leer los nombres y recordar algunos cuartetos célebres (estábamos cuatro en cada tienda); en mi caso, compartía habitáculo con José Mª Fantova, Santiago Sánchez y Emiliano Córdova. La revista se llamaba “Mástil”, ¿quién elegiría el título? En el número 5 me encuentro con un poema, en la sección “El poema de hoy”, titulado “Pensamiento del alma” y escrito por el amigo Jesús Castiella, hoy colaborador de la revista “El Gurrión”, con sus precisos y preciosos dibujos. Le mandaré a Jesús una fotocopia por si no hubiera guardado un ejemplar.

Y el último descubrimiento al que voy a referirme me causó una gran alegría porque el libro que escribí hace más de una docena de años “Así nos divertíamos, así jugábamos…” y que aún me lo siguen pidiendo, ya hace unos cinco años que lo daba por agotado (me he guardado los diez ejemplares de rigor, como “archivo histórico”). Pues bien, en la parte baja de una estantería apareció una caja precintada, tal como la recogí en su día en la imprenta, y mi sorpresa fue mayúscula al abrirla y descubrir que allí había 36 ejemplares impolutos del citado libro. De modo que, si alguno de los que leen estas páginas, estaba interesado en él, que sepa que vuelvo a tener ejemplares antes de plantearme una reedición del mismo.

Por otra parte, llevo dos tarde dedicando un par de horas a cascar almendras y nueces. Es una faena curiosa. Sentado en un lugar en sombra, armado de un martillo y con la cesta o el saco con las provisiones de frutos secos al lado, uno va metiendo la mano en la cesto o el saco –como digo- y golpeando con el martillo, una por una, cada nuez o cada almendra para luego extraer de la cáscara coriácea y dura, el fruto correspondiente… Y lo bueno es que, como es una faena bastante mecánica, puedes tener la cabeza ocupada en otros asuntos: planificar acciones inmediatas, rememorar otros momentos, recordar un viaje o una persona… En ocasiones, del ensimismamiento en el que puedes caer, te despierta el martillo que, erró el golpe y fue a dar con uno de tus dedos y que te hace exclamar alguna imprecación de manera automática.

Las nueces las recogimos hace más de tres años, por indicación de mi padre, de un curioso nogal. Hace treinta años, probablemente más, el río Cinca, en una de sus crecidas, se llevó varios huertos de la partida conocida como “Huerta Vieja”. Donde estaba el huerto de casa, quedó una glera llena de cantos rodados mondos y lirondos, salvo una esquina de tierra en la que creció un nogal. Aunque cuando se producen estos fenómenos en los que el río hurta al agricultor, de manera sorprendente y descarada, sus posesiones, el agricultor pierde sus derechos sobre aquel suelo (creo que está así la cosa); mi padre siempre reivindicó la propiedad de aquel nogal y dada su querencia natural por estos árboles, recogió algunos años sus nueces.

Y así, como una metáfora envolvente, pensé que el Cinca se llevó la tierra y dejó un nogal; la vida (o la muerte) se llevó  a mi padre hace dos años y ayer tarde, aquellas nueces de aquel nogal, recogidas hace tres años por expreso deseo de mi padre, me trajeron a la mente algunas imágenes entrañables y en ese silencio sólo roto por el monótono “chas, chas” de cada golpe, lo fui recordando una vez más. Por cierto, las nueces estaban muy ricas y también las almendras del día anterior. Además dicen que los frutos secos son muy saludables. Buen final de agosto, amigos.

 

OTRO VEINTE DE AGOSTO

La verdad es que este verano he descuidado mucho más de lo habitual el hecho de escribir en el blog. Es normal que uno, cuando está de vacaciones, abra un paréntesis en las actividades cotidianas que suele ir haciendo y las deje en suspensión, pero yo me venía resistiendo como un cosaco a abandonar esta práctica de escribir cuatro o cinco textos mensuales para dejarlos expuestos a las miradas curiosas.

“¡Este verano, este hombre ha sucumbido a la pereza!”, diréis… Y no es del todo cierto. Uno de los elementos desanimadores más potentes lo constituye el deterioro de la señal con la que se recibe Internet por estas tierras. Hasta hace unos meses, conectándome a la línea telefónica desde casa, podía leer y usar el correo electrónico, pero desde las pasadas navidades no se cargan las páginas y me resulta imposible. La alternativa es acudir a la biblioteca a usar el “Internet rural” que ha ido perdiendo potencia y ya no permite publicar un texto en el blog, ni subir unas fotos al facebook, ni mantener actualizada la página web… Tantas dificultades obran como un lastre y uno se deja llevar y piensa que después de casi seis años de blog muy activo, bien estará descansar un poco este verano…Y ahí están las razones de este parón momentáneo. Aunque ahora tengo dos bocas electrónicas que alimentar: el blog (http://gurrion.blogia.com) y la web: (http://macoca.org), espero que cuando llegue septiembre vaya cogiendo la forma (tras una rápida pretemporada) y “les vaya dando de comer” sin más problemas, je, je.

 Como ya el azar dejó instituido en 2008, hoy es un día especial para nosotros: de alegría porque nuestro hijo Daniel cumple años y de añoranza y tristeza porque también se cumplen dos años del fallecimiento de mi padre. El 20 de agosto, por obra del azar, se ha convertido para mí en una de las fechas más significativas del año. Ahora mismo, a las nueve de la mañana, tras las tormentillas de la tarde-noche de ayer, el día ha comenzado soleado y fresco de temperatura. Imagino que por la tarde, acompañaremos a mi madre al cementerio, a depositar un ramo de flores, mientras se aviva el pensamiento y el recuerdo hacia él. Ayer tarde, mientras dábamos un paseo por los caminos de la huerta con Mercé, lo recordaba una vez más, viendo los huertos que trabajaba en vida (muchos de ellos yermos ahora), evocando los trabajos que hacíamos en ellos o su ligero caminar con la azada al hombro yendo a comprobar el caudal de agua en la derivación de la acequia, recorriendo la distancia entre un huerto y otro cuando habíamos acabado la faena en el primero o regresando a casa por la tarde para empezar las faenas con las vacas… Daniel, por su parte, anda inmerso en los entrenamientos de pretemporada, de modo que tendremos que felicitarlo a distancia y posponer la celebración para más adelante.

 Ya hace días que se editó y distribuyó el número 120 de la revista El Gurrión. El mes de agosto es siempre “mes de nacimiento” de un “gurrión”, junto con febrero, mayo y noviembre. Precisamente, cuando lleguemos a noviembre y salga a la luz un nuevo capicúa, el 121, se cumplirán 30 AÑOS desde que el número 0 comenzó, en noviembre de 1980, esta singular aventura. Si alguien necesita ejemplos de constancia, aquí tiene uno bien evidente, sobre todo si lo que necesita es un ejemplo de “trabajo constante no remunerado”. Como otras aventuras en las que uno participa, “El Gurrión” es una fuente incesante de buenas noticias y aunque hay cenutrios identificados, que sin comprarlo ni leerlo, lo critican o quieren descalificarlo (la envidia, la impotencia y la mediocridad suelen ser letales para mantener el equilibrio psíquico de algunas personas), aquí “en la fábrica”, tenemos la moral muy alta, la autoestima perfectamente alimentada y no pensamos reblar ni de broma. Creemos en lo que hacemos y además, creemos que lo hacemos bastante bien, je,je. Aquí os dejo con el texto de presentación del último número:

 

PRESENTACIÓN – EL GURRIÓN 120

 ¡Que lleguen las fiestas!

 La vida de los seres humanos resulta complicada, puesto que las interacciones que uno se ve obligado a establecer no siempre son favorables. Entonces no queda más remedio que apechugar con lo que nos toca y tratar de minimizar los efectos negativos que tales cuestiones pudieran tener. Es muy probable que, a la hora de la verdad, tengamos menos poder de elección del que nos parece y sea el azar quien coloque a nuestro lado o frente a nosotros, personas, circunstancias, encuentros, olvidos, lugares, alegrías, sinsabores, etc. elementos, en definitiva, que ayudarán a levantar nuestro ánimo o que contribuirán a mantenerlo en niveles deplorables… Como estamos de vacaciones y tendrán tiempo, no dejen pasar la ocasión de reflexionar sobre todo esto, para encarar con alguna estrategia nueva el otoño y el invierno que acechan en el horizonte.

 El caso es que últimamente (aunque ya hace tiempo que viene siendo habitual) si miramos los informativos o la prensa diaria, encontramos pocos motivos para alegrarnos: pinchazo de la burbuja inmobiliaria, aumento del paro laboral, abaratamiento de los despidos, crisis económica, dinero para los bancos que presumen de magros beneficios, pérdida de conquistas laborales del pasado, justicia envuelta en constantes injusticias, sinvergüenzas enriquecidos sin dar palo al agua, especuladores ladrones, magos de las finanzas que se han quedado sin magia (pero con la pasta),visionarios que han resultado cortos de vista, enfrentamientos bélicos reiterados, guerras inútilmente alargadas, deplorables y continuos conflictos religiosos, hambrunas, desastres naturales en todas las latitudes y una lista aún más larga que a nadie se le escapa. Y también es cierto que, por estos pagos nacionales tan maltratados, es el deporte el que, de unos años a esta parte, proporciona de cuando en vez alegrías para compartir, noticias para celebrar: Nadal, Alonso, Gasol, Lorenzo, Pedrosa, Elías, Casado, Domínguez, Jiménez, Contador, la selección nacional de Baloncesto, la selección nacional de Fútbol…, por poner solo unos ejemplos, agitan el orgullo y permiten sacar pecho a quien quiera hacerlo…

 De modo que, uniendo lo anterior con lo que sigue, recibamos las fiestas veraniegas (y mantengamos la misma disposición para las que celebremos el resto del año) como expresión máxima de la alegría necesaria, del optimismo recomendable, de la vida misma. Este tiempo de vacaciones que nos permite romper rutinas, olvidarnos de relojes y horarios, que nos proporciona otras compañías y nos ofrece nuevos paisajes, que nos dibuja itinerarios diferentes y nos propone actividades nuevas, vivámoslo con la suficiente intensidad interior para que nos fortalezca y cargue nuestras baterías de energía y con la suficiente complicidad exterior para que nos sintamos relacionados y reconocidos y eso también se transforme en energía vital. En este tiempo veraniego, las fiestas están por todas partes y pueden ser el mejor antídoto contra la oscuridad del actual horizonte laboral, del otoño político que viene, del próximo curso escolar… Ahí tenemos una oportunidad de cultivar algo el optimismo, celebrar la cultura, intensificar las relaciones y mejorar nuestros estados de ánimo de cara a vivir con renovadas ilusiones, con serenidad y sentido común y para mantener la esperanza de que saldremos de esta situación, simplemente, porque ya hemos salido de situaciones peores. Que las Fiestas Mayores de Labuerda y todas las que vivas este verano, te ayuden a ser más optimista y un poco más feliz.

 Y aunque el anterior texto se titula “¡Que lleguen las fiestas!”, debo decir que cuando escribo esto ya hace unos días que han acabado. Creo que han sido unas fiestas inolvidables (y también parecían interminables). Cinco días de actos, músicas y bailes (del 12 al 16, ambos inclusive). Muchas felicitaciones para Ana, Sonia y Sandra, las tres mujeres que hace cinco años cogieron las riendas de la organización y que han dejado un perfil nuevo: dando entrada a la participación directa de personas casadas (madres y padres que organizan los juegos infantiles; casados que se ocupan directamente de organizar la Ronda de la Bandeja o la cena popular)… incorporando cada año novedades (la “batucada” de este año fue un puntazo y todo un acontecimiento y la celebración de la II Muestra de Coleccionismo confirmó que es posible mantener esta línea complementaria de actos). Por supuesto, la cena popular del último día (este año se ha celebrado su cuarta edición) ha sido un gran invento y no sólo está consolidada, sino que es esperada especialmente. De hecho, hay personas que acuden exclusivamente a ese acto de las fiestas, desplazándose desde su lugar de residencia.

Aunque este no sea el lugar para desgranar con detalle lo que dieron de sí las pasadas fiestas, sí es obligado mencionarlas en este texto “agosteño”; sobre todo, porque quienes las organizan dan muestras de una profunda responsabilidad en todo momento lo que, desde luego, contradice muy claramente la imagen que se da de la juventud. En Labuerda, las fiestas mayores nunca las organizó el ayuntamiento; siempre se ocuparon de ello los jóvenes y, aunque en cada época han primado unos actos u otros, han tenido un perfil u otro, en líneas generales ha habido una importante dosis de responsabilidad organizativa. En estos últimos años, Ana, Sonia y Sandra han subido el listón probablemente y han dejado un gran ejemplo para quienes tomen el relevo.

 Y por lo que a mí me toca (la II Muestra de Coleccionismo, que realizamos la mañana y la tarde del día 16) estoy satisfecho, aunque reconozco que podría haber hecho bastante mejor la labor de coordinador voluntario del evento. Espero mejorar notablemente el próximo año. Nos juntamos nueve expositores y pudimos ofrecer lo siguiente: Luis Vidaller, sus relojes; Encarna García su colección de minerales y fósiles; José Luis Mur, la de programas de mano de películas españolas y algunas cámaras relacionadas con la fotografía o con el cine; Daniel Coronas, la de banderines de equipos de fútbol y la de chapas de bebidas de algunos países del mundo; Antonio Blan, la de sellos y monedas; Ricardo Coronas, la de latas viejas de productos farmacéuticos y alimentarios; Esther y Prudencio subieron desde Fraga y nos dejaron cuatro álbumes de calendarios; Anny y Luc llegaron desde Gante con tres pósteres gigantes con más de cien señales de tráfico “de escolares cruzando la calle” de distintos países ordenados alfabéticamente y yo dejé por allí una colección de posavasos, una muestra de periódicos de distintas comunidades y diferentes países y una treintena de viñetas relacionadas con el libro y al lectura (ampliadas a DINA-3 y plastificadas). Acudió gente a verla, aunque nos hubiera gustado que hubieran venido más, claro y salió una reseña de la misma en el Diario del Altoaragón el día 17. Ya hemos anotado algunos nombres nuevos para la próxima edición y comentado con los de todos los años algunas ideas; de modo que, si nadie lo remedia, en las fiestas de 2011 estaremos montando la III Muestra.

 Y ya voy acabando porque este texto se ha alargado más de la cuenta. Que terminen bien este mes vacacional por excelencia. Septiembre se asoma en el horizonte y abre los brazos para acogernos en la vuelta al trabajo, ¡qué cabrón!

 

 

 

 

CANALES Y BICICLETAS

No podía imaginar que tardaría tantos días en escribir sobre el viaje por los Países Bajos… ¿La razón, o la culpa?, un inesperado catarro de verano que me ha dejado con poca energía y sin ganas de hacer nada que no sea estar tumbado o “dondiar” de un lado para otro, incapaz de concentrarme. Por tanto, ya desde el inicio, dirijo mi maldición a todos los aires acondicionados, que bien podrían llamarse “aires malintencionados”, porque someten a nuestros cuerpos a variaciones térmicas poco recomendables…

El pasado 19 de julio volamos desde Barcelona hasta Ámsterdam, con algo de retraso por esa huelga de celo de los controladores (¡qué denominación más acertada!, pues controlan los vuelos y las vacaciones, los tiempos, de las personas que caemos en su entorno de influencia) y nos instalamos en la Plaza Dam; sin duda, uno de los centros neurálgicos de la ciudad holandesa; concretamente en el hotel Krasnapolsky (con un nombre, creemos, más ruso que holandés, pero de administración española). Con el plano de la ciudad en la mano, a lo largo de los días que hemos estado en Ámsterdam, nos hemos dedicado a patearla a base de bien para tener una idea completa de su estructura y de su vida.

Nos ha parecido una ciudad singular, atractiva por el respeto a la apariencia antigua de las fachadas de sus casas, por esa estructura de canales que la convierte en una ciudad silenciosa, debido a la limitación de la circulación de coches y al uso habitual de la bicicleta. Quedamos asombrados de la cantidad de bicicletas que vimos aparcadas en los lugares más insospechados (algunas, es verdad, que tenían toda la pinta de ser inservibles por estar con ruedas deshinchadas o pinchadas o con telarañas entre los radios de sus ruedas o entre el manillar y la baranda del puente donde se apoyaban) y sobre todo, quedamos asombrados de la cantidad de gente que la utiliza habitualmente: hombres, mujeres, niños; hombres o mujeres con mochila a la espalda; hombres o mujeres bien vestidos; mujeres con zapatos de tacón, faldas cortas y bolso de ir de fiesta; mujeres u hombres conduciendo con una mano y sujetando el móvil con la otra, mientras llevan una divertida conversación (a juzgar por la amplia sonrisa mostrada); parejas cada cual en su bici y cogidos de la mano; bicicletas con dos personas: una de ellas sentada de costado en el “portabultos”; bicicletas con un carrito delante donde llevan a los chicos o a media docena de gatos… Miles y miles de bicicletas silenciosas, en definitiva, que circulan por todos lados y que te dan unos cuantos sustos cada día, porque cada poco rato estás al borde del atropello. Pero, bicicletas que ofrecen un paisaje urbano diferente, con muy poco ruido y con calles despejadas y sin humos; bicicletas que abogan por un ciclismo popular en pleno Tour de Francia…

Paseamos por muchas calles, nos sentamos en algunos bancos y nos sorprendimos de la quietud y del silencio en pleno corazón de la ciudad. A ello, sin duda, también contribuye la visión casi constante del agua mansa de los canales, surcados por silenciosos barcos de turistas, por piraguas o por pequeñas embarcaciones que permiten paseos románticos o pequeñas excursiones de reducidos grupos de amigos. Continuamente, la calle se torna puente cuando llegas a un canal y el andar llano en subir y bajar el mismo, mientras una procesión intermitente de bicicletas recorre todas las direcciones posibles. Muchas flores por todos los lados, muchas terrazas de bar ocupando todo el espacio disponible con las sillas y las mesas muy juntas y mirando hacia la calle para ver pasar al personal (un desfile inacabable de personas multicolores, tanto en sus facciones como en la vestimenta); fachadas estiradas de distintos colores con originales y muy atractivos motivos arquitectónicos; escaparates muy vistoso en sus tiendas y bastante basurilla por el suelo, todo hay que decirlo. No nos pareció una ciudad limpia, Ámsterdam; quizás la culpa la tengamos los turistas (me refiero a los que son incapaces de usar las papeleras para deshacerse de los envases después de haber comido y bebido), pero en algunos puntos de la ciudad y también en algunos recovecos de los canales, se encontraba uno con demasiada suciedad… Estuvimos en el museo de Van Gogh, con mucha gente visitándolo. La instalación ofrece una parte significativa de la obra de este genio de la pintura que no pudo disfrutar de los favores del público en vida y que ahora es mundialmente admirado. Nos encontramos por casualidad con una bonita estatua dedicada al escritor y maestro Theo Thijssen quien (según nuestra eficiente informadora, Anny) fue un maestro innovador y hoy día se concede un Premio de Literatura Infantil, en Holanda que lleva su nombre. La sensación que uno tiene en Ámsterdam es la de vivir en una ciudad en la que cada cual hace lo que quiere sin importarle nada lo que hagan o piensen los demás…

Con un Thalys (que no mejora en nada a nuestros AVEs) nos trasladamos hasta Bruselas, para alojarnos cerca de la catedral, de la estación central y de la Grand Place. Como en el hotel están todavía acondicionando la habitación, nos acercamos a ver la catedral y podemos sentarnos, bien fresquitos, a escuchar un concierto que está ofreciendo una orquesta joven venida de Inglaterra. Pasamos casi una hora encantados de la vida. Todas las iglesias, catedrales, y demás centros de culto se visitan gratis y sin restricción alguna… ¡A ver cuándo aprendemos por aquí, coño!

Con la compañía de nuestra amiga Anny visitamos la Bruselas monumental, con grandes edificios: Palacio Real, Biblioteca, sedes de grandes compañías, antiguos palacios, iglesias… ¡Nada que ver con lo que habíamos podido ver en la capital de Holanda! Terminamos el recorrido en la Grand Place, admirando los anárquicos edificios que la rodean, delimitando entre todos un espacio mágico que concentra cada tarde-noche a bandadas de turistas que miran esta fachada, luego la otra y así sucesivamente, mientras sus cámaras digitales no dejan de disparar instantáneas a diestro y siniestro. Una de las noches que acudimos hasta allí, asistiremos a un espectáculo de luz y sonido bastante sorprendente. Era sábado y era el día que más gente había en la plaza.

Llaman nuestra atención la cantidad de tiendas de recuerdos, tiendas de cervezas y de chocolates que vamos encontrando por la ciudad, sobre todo, en el entorno de esa zona histórica tan atractiva.

Desde la Estación Central salen trenes continuamente que comunican la capital con el resto de las ciudades del país. Tomamos un tren y viajamos hasta Brujas. En el andén, nos espera Anny, que nos acompañará el resto del día. Pasamos toda la jornada recorriendo calles, plazas, visitando monumentos, haciendo fotos, descubriendo rincones insólitos… Brujas es una ciudad con un casco histórico extensísimo y extraordinariamente bien conservado: los canales, las fachadas, las puertas y ventanas, los adornos añadidos, los escaparates de las tiendas, los arriates con flores… Interminable la lista de rincones bellos que llaman nuestra atención.

A medida que pasan las horas, son más y más las personas que deambulan por sus calles. En la Plaza, que recuerda vagamente a la Gran Place de Bruselas, hay ya un número importante de gente comiendo en los restaurantes y paseando por entre los caballos y las carretas que cargan turistas todo el día para darles un paseo por la zonas más celebradas de la ciudad. Terminamos el día encantados de los paseos y de todo lo que hemos visto. Una ciudad que, a ratos, parece de cuento, muy bien conservada…

Al día siguiente nos ocupamos de Bruselas nuevamente: visitamos el Museo del cómic, hacemos una visita fugaz al Manneken Pis y una foto a la chapa que indica “Rue des Moineaux o Mussen Straat” (calle de los gorriones). Callejear los contornos o los entornos de la Gran Place siempre ofrece novedades y curiosidades. Nos acercamos, usando el metro, al Atomiun: el símbolo de la ciudad, resto que dejó la Exposición Universal de 1958 que se celebró en la capital belga y, tras recorrer jardines y visitar alguna iglesia regresamos por delante del estadio Heysel (hoy llamado Rey Balduino) donde se produjo la matanza de aficionados de la Juventus, en la final de la copa de Europa, contra el Liverpool, en 1985, para coger de nuevo el metro y volver al centro.

Gante es el objetivo del penúltimo día del viaje. Es domingo, pero no hay problema de transporte. Tomamos un tren en la Estación Central y en el andén de salida, en Gante, ya tenemos a Luc y Anny esperando nuestro desembarco. A lo largo del día iremos recorriendo la ciudad en la que nació Carlos V, mientras escuchamos, incesantes, los sonidos de la fiesta. Son fiestas mayores en Gante y algunos garitos, toldos y escenarios dificultan la vista de algunos edificios emblemáticos o algunos paisajes callejeros, pero esas son cosas inevitables y circunstancias con las que debemos vivir… El recorrido urbano nos lleva a descubrir edificios emblemáticos, fachadas muy bien restauradas, rincones deslumbrantes: una ciudad con un pasado histórico importante y con una fuerza económica que la hizo también muy importante; aún lo es, desde luego. Luc y Anny nos van proponiendo y nos acompañan en un recorrido ciudadano que nos lleva a descubrir callejas, edificios, monumentos… la torre inmensa de la Biblioteca Universitaria o la fachada de una escuelita Freinet (Freinetschool de Harp); un castillo de cuento en medio de la ciudad o la monumental atalaya que la “protege”; una vieja casa de fachada restaurada convertida en restaurante o una casita esquinera que alberga una extraordinaria tienda de chocolates… En definitiva, una ciudad llena de encantos que pateamos a lo largo de todo el día. Luc y Anny, tras invitarnos a cenar tempranamente en su casa, nos acercaron a la estación de tren y allí tomamos uno para regresar a Bruselas, dispuestos a pasar la última noche y la última mañana en la ciudad…

Nos preparamos para el regreso, después de ocho días de viaje, y recorremos algunas zonas comerciales de Bruselas para realizar las últimas compras (sobre todo las relacionadas con los chocolates y bombones que tantas veces hemos visto en los escaparates). Y hay un pensamiento recurrente para cuando lleguemos a Barcelona: cenar tortilla de patata, comer pan con tomate, tomar un café con leche normal… Bueno, ya se sabe, esas cosas a las que uno está acostumbrado y que echa de menos… Pensando en las bicicletas, en los canales, en los puentes que comunican unas calles con otras, en los escaparates, en los tranvías, en las delicias de chocolate que “te miran” desde los ventanales de las tiendas, en las fachadas que a medida que ascienden se adelgazan, en las huellas que ha ido dejando la historia, en las vetustas piedras y en los modernos edificios…

 

RETROSPECTIVAS

En julio me cuesta más medir los tiempos. Estar de vacaciones; estar un día aquí y otro allá, rompe las rutinas que uno tenía establecidas y resulta más complicado atender las pequeñas obligaciones autoimpuestas: por ejemplo, escribir semanalmente en este blog.

Regresé de Cuenca, como cuento en el post anterior, y escribí con rapidez porque así se lo prometí a los chicos y chicas del máster, pero dejé cosas pendientes, anteriormente vividas, que quiero retomar.

 

1. Entre los días 5 y 12 de julio se celebró en la ciudad de Lleida el 38 Congreso del MCEP (Movimiento Cooperativo de Escuela Popular). Mi amigo Gertrúdix pertenece, desde hace ya unos cuantos años, a esa entidad educativa o movimiento de renovación pedagógica y en esta ocasión era el encargado de organizar el congreso anual en su tierra. Tarea nada fácil que, supongo, habrá resuelto con pericia y profesionalidad. Durante el curso que ha terminado me había contado en alguna ocasión los pasos que iba dando, los problemas que iba encontrando y cómo iba saliendo de algunas situaciones que no pintaban bien. Al final, aunque no hemos podido vernos tras la finalización del citado congreso, seguro que salió todo bien. Me había invitado, en los turnos de presentación de experiencias, a que les contara a los congresistas, algunas cosas relacionadas con la biblioteca escolar. De modo que el día 5 de julio, me acerqué a comer al albergue donde estaban los participantes y, entre 4 y 5 de la tarde, expliqué muy por encima la trayectoria de la biblioteca del colegio, les mostré algunas líneas de trabajo y algunos materiales en papel para que pudieran ver y valorar cómo se materializaban algunas ideas. Lástima que no dispusiéramos de más tiempo para extendernos en algunos aspectos, pero aún así (y a pesar del calor en la sala) fue un tiempo agradable el que pasé con gentes venidas de diversas autonomías que miran la escuela desde ángulos nada convencionales para insuflarle nuevas energías y abordar la faena de cada día con otras metodologías y convencimientos.

 Entre las personas asistentes estaba mi amiga Sacra, venida de la localidad extremeña de Los Santos de Maimona, con quien hemos realizado muchos intercambios de materiales escolares y bibliotecarios, a quien he enviado y de quien he recibido un buen número de cartas manuscritas y a la que por fin conocí en carne mortal… El congreso, en nuestro caso, materializó y propició el encuentro, después de una relación epistolar larga. El último sobre acolchado que me envió Sacra, a primeros de junio, contenía  algunos libros libres troquelados, una “revista de clase” (de nombre Juanito) en la que va recogiendo la vida del aula para ofrecerla al alumnado y a las familias del mismo y diversos materiales de ferias del libro de Sevilla y Badajoz, libros regalados, revistas… Esos sobres que tanta alegría dan cuando se reciben porque uno sabe que dentro no habrá ni facturas, ni avisos de pago, ni anónimas informaciones bursátiles o bancarias… El contenido es siempre una agradable sorpresa, una pequeña fiesta: la carta afectuosa y algunos ejemplos de un trabajo serio, imaginativo e innovador desarrollado en el aula con esfuerzo e ilusión.

 

2. Una mañana de julio, subimos con Daniel hasta los aledaños del Parador Nacional de Monte Perdido. Teníamos la intención de caminar hasta los llanos de La Larri. Estábamos en la ermita de Pineta a las siete y media de la mañana para comenzar la subida. ¡Cómo se nota la edad, amigos! Mi hijo ascendiendo sin sudar una gota y yo parando cada pocos metros y echando agua como una cascada. La verdad es que la ascensión es directa, sin atisbo de zigzagueo y eso la hace más exigente y dificultosa. El camino, por otra parte, es agradable porque transcurre (en sombra) por el corazón de un hayedo con ejemplares realmente espectaculares; también son abundantes los acebos. Llegamos, por fin, a una pista que deben utilizar los ganaderos de la zona para llevar o ir a ver los rebaños de vacas que aprovechan los pastos naturales. Con rapidez, a partir de ese punto, llegamos al inicio del valle de La Larri: un extensión considerable de terreno llano, jalonado por altas montañas y cubierto de hierba fresca y turgente. El valle de origen glaciar finaliza –desde donde nos encontramos- en una monumental y ruidosa cascada de agua espumosa. Oímos y vemos marmotas; disfrutamos de cariñosas estampas de terneras o terneros chupando las ubres de sus madres y recibimos el fresco matinal como un regalo, en un julio tan tremendamente caluroso. Recorremos el valle hasta el fondo y regresamos de nuevo al inicio del mismo. Allí, a la sombra de unas altas matas de boj, damos cuenta de un almuerzo en condiciones para reparar energías, mientras contemplamos el paisaje y nos percatamos de la incesante peregrinación de gente que llega hasta donde nos encontramos y se interna en el valle. Ciento cincuenta fotografías recordarán esta mañana de julio, pasada a los pies de las montañas altas del Pirineo central. Regresamos a Labuerda a comer y por la tarde nos enteramos a través de la televisión de un desgraciado accidente, a muy poca distancia de donde hemos estado, de un grupo de jóvenes que no se habían tomado en serio la montaña, habían contravenido las leyes de la prudencia y el respeto y habían acabado mal: dos muertos y tres heridos... y aún podría haber sido peor.

 

3. Luego llegó la final del Campeonato del Mundo de Fútbol. Y ahí, salimos vencedores, a pesar de las batallas planteadas por algunos combinados nacionales que se asemejaron más a pequeños ejércitos resentidos que a equipos de fútbol, entendiéndose éste como un deporte para jugar y divertirse. Desde hace mucho tiempo, en el fútbol profesional ya no se divierte ni dios y no sé yo si en los equipos de alevines, infantiles, juveniles, etc. no hay ya una tensión excesiva y empiezan a olvidarse esas dos palabras: juego y diversión. He asistido estupefacto a partidos de esas categorías inferiores, acompañando a nuestro hijo y más de una vez he sentido vergüenza ajena, viendo y escuchando algunas cosas dichas por madres y padres de los jugadores.

 El país se ha volcado con ese triunfo, largamente deseado, y tan escurridizo para otras generaciones de jugadores (que sin duda merecieron), que también eran buenos y a los que la fortuna privó de mayores logros. En la mayoría de los deportes, la línea que separa el éxito del fracaso es sumamente delgada y eso lo saben bien los tenistas, los jugadores de balonmano o de baloncesto, los ciclistas, los atletas... Por tanto no deberíamos volvernos locos en situaciones de derrota ni tampoco en las de victoria. A fin de cuentas, uno cuando llega a campeón, lo es hasta el año siguiente en que vuelve a celebrarse otro campeonato. Si ahí no gana, pasa a ser excampeón y ya el reconocimiento se va diluyendo (aunque nadie le podrá quitar los títulos conquistado, evidentemente). La fama, la gloria siempre es efímera y hay que enterrar al campeón de un año para entronizar al del siguiente...

 Del partido de la final, quiero decir que ganó el mejor; que, por una vez, el fútbol hizo justicia con quienes salieron al terreno de juego con intención de jugar y, con gran sufrimiento e intensidad, lograron in extremis llevarse el partido. De paso, es verdad, se llevaron también una colección de patadas de todos los formatos e intensidades. Destacó el golpe en el pecho de un tal De Jonk a Xabi Alonso: una de las entradas más brutales que recuerdo y que fue castigada con una tarjeta amarilla, el mismo castigo que recibió Iniesta por quitarse la camiseta. ¡Alucinante! Yo creo que un tío que propina un golpe como el del centrocampista holandés (un auténtico “jonkazo”) debería ser detenido en el acto y conducido a un tribunal. Nadie se puede creer que con aquella entrada quería llevarse el balón o que fue sin querer... Al margen de esa patada antológica, les dieron a base de bien, durante todo el partido.

Hubiera sido lamentable que la peor Holanda de su historia se proclamara Campeona Mundial; que un honor que no tuvieron las “holandas” del 74 (maravillosa) y del 78 o las más recientes de los Rijkaard, Van Basten, Gulit, Seedorf... lo alcanzara este grupo de futbolistas que (especialmente en la final) convirtieron los partidos en campos de batalla.

 Me alegré especialmente por Vicente Del Bosque. El reto que tenía era extremadamente difícil; sometido a comparaciones injustas, vilipendiado por sus alineaciones; criticado (algo poco habitual) por su predecesor... sólo le quedaba una salida: ganar el mundial. Y lo consiguió... y fue el triunfo de la sencillez, del sosiego, de las buenas maneras, del respeto a los rivales y de la inteligencia (sabiendo leer los partidos y aplicando soluciones adecuadas, eficaces y distintas en cada uno). Por eso finalizo este post con esta cita copiada del periódico, dedicada al amigo Vicente:

 .. Vicente Del Bosque se levanta todos los días a las siete en Potchefstroom, se pone el chándal y baja a desayunar el primero. Luego abre su ordenador portátil, se ciñe las gafas y lee unos diez periódicos, visita los blogs deportivos españoles más populares y repasa los comentarios de los foros con detenimiento.

“¡No leas tanto!”, le dice el director general de la federación, Fernando Hierro, preocupado por las consecuencias emocionales de la vocación de su técnico. Del Bosque lee porque se siente en la obligación de conocer el país que representa y a su gente. Lee porque, además de dirigir a un equipo de fútbol, cree que su deber es representar a España y defender sus intereses.

“En España pasan cosas muy buenas”, dijo después de derrotar a Alemania y colocar a su selección en la final de un Mundial por primera vez en la historia; “el país ha cambiado muchísimo en los últimos 30 años y, como ciudadanos, debemos sentirnos orgullosos de tener tan buenos deportistas entre nosotros”.

 (En El País, 9 de julio de 2010. En el artículo titulado “Presidente Del Bosque”, escrito por Diego Torres desde Johannesburgo)

Y, ahora sí, para finalizar, la recomendación de un libro. Eduardo Galeano es un escritor uruguayo muy particular, muy comprometido y en el libro que nombro a continuación, ofrece apuntes y narraciones cortas relacionadas con el fútbol y algunos de las campeonatos mundiales jugados hasta la fecha: “El fútbol a sol y sombra” de Eduardo Galeano (Siglo XXI editores. Madrid, 2006)

 

EN CUENCA...

- Y eso, ¿dónde dices que está?

- Pues, ¡en Cuenca!

No es un diálogo inventado, seguro que lo has escuchado alguna vez, como sinónimo de algo que está lejos o que no sabemos muy bien dónde está…

El caso es que he regresado de Cuenca –una ciudad que tiene montones de rincones originales, sorprendentes y cautivadores-. Me gusta fotografiar sus fachadas de colores, las enormes rejas de hierro, las puertas, los llamadores, los balcones, los edificios antiguos, la catedral, los paisajes que la rodean... De los últimos cuatro meses de julio (de los últimos cuatro años), he estado en tres de ellos, en esta capital castellano-manchega y siempre regreso muy contento y con ganas de volver. Han sido viajes relacionados con asuntos de formación, para impartir un taller relacionado con las “Acciones para intervenir en bibliotecas escolares e infantiles”: cuatro horas charlando con los participantes y mostrándoles materiales y algunas ideas. En las tres ocasiones, he recibido palabras admirativas y elogiosas y presumo que las valoraciones que hacen de esas horas de trabajo y de las aportaciones ofrecidas deben ser buenas; en caso contrario, los organizadores, no me invitarían, como sería razonable y lógico. En este caso, se estaba celebrando el V Máster de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil, iniciado el día 12 (al día siguiente de proclamarnos Campeones del Mundo de fútbol, je, je qué momentazo) y cuyo último acto tendrá lugar el día 23 de julio de 2010.

 Desde aquí quiero ya felicitar al casi medio centenar de alumnas y alumnos (docentes de Infantil, Primaria y Secundaria; bibliotecarias/os, editoras/es…) por su respetuosa acogida y por su actitud participativa. Me hizo mucha ilusión encontrarme con un importante colectivo venido de diversos países latinoamericanos que participaron con entusiasmo… Espero y deseo que algunas de estas personas, cuyos nombres desconozco en su mayoría (como suele pasar en estos eventos) se pongan en contacto conmigo y podamos intercambiar materiales y afectos. Como siempre hago, ofrecí mis direcciones de contacto para hacer posible esa comunicación, una vez pasen los días, venga la reflexión y lo que ayer pareció muy interesante, siga siéndolo. Siempre me entristece la sensación de no poder intimar y charlar más tiempo con las personas asistentes y conocer sus expectativas, sus opiniones, sus problemáticas…

También tengo que agradecer la acogida y el acompañamiento de esta gente del CEPLI (Centro de Estudios de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil) de la Universidad de Castilla-La Mancha, que ya cumplieron 10 años y que están haciendo un trabajo para quitarse el sombrero, amén de contar con un fondo de publicaciones propio: reflexión, investigación, creación, trabajo de campo… realmente admirable, cuidado y de gran calidad: Pedro, César, Santiago, Cristina, Sandra, Mª Carmen, Tatiana… ¡Con gente así, se puede ir a cualquier sitio! También fue entrañable el reencuentro con Fernando Alonso (el escritor, claro) y las conversaciones que aún pudimos tener antes de que él marchara.

 Hice el viaje el martes, 13 (que ya hay que tener valor para ponerse en carretera en un día así). Como estaba en Labuerda, bajé con Mercè hasta Barbastro; allí cogí un autobús hasta Lérida; esperé en la estación algo más de tres horas hasta la salida del tren que me llevaba a Madrid. Tomé un taxi para acercarme a la estación de autobuses y tomar un “exprés” que me llevara sin parar a Cuenca. Total que salí de Labuerda a las nueve de la mañana y llegaba al hotel de Cuenca a las 9 de la noche. El regreso de hoy lo he iniciado a las 7 de la mañana, en el tren “pendular” (le llamo así por el traqueteo que lleva, que casi te impide leer. Puedes desayunar el café por un lado y la leche por otro. Luego te montas en el tren y tranquilo que, con el movimiento, la mezcla en el estómago está asegurada y será muy, muy homogénea, je, je) y ha durado hasta las dos, que es cuando he llegado a Fraga… Todo esto, cuando se está de vacaciones y te tratan tan bien, no es más que una anécdota festiva.

 El caso es que ayer por la tarde, materializamos alguna propuesta de escritura con el personal del curso y les prometí que podrían verla publicada en este blog. Es un pequeño acto de agradecimiento y la generación de un texto especial y colectivo, realizado con las aportaciones de quienes me dejaron su hojita de escritura. En este caso, tomamos la fórmula de los “meacuerdos” (ideada por Joe Brainard en su libro “I remember”). Les pedí que escribieran cinco recuerdos cada uno; leímos en directo algunos de ellos y ésta sería una selección de los que me entregaron: un recital de olores que han quedado para siempre impregnados, sentimientos emocionados, amores primeros, lecturas que dejaron huella, personas que fueron importantes, lugares inolvidables… En definitiva, algunos breves fragmentos significativos de muchas vidas…

“Me acuerdo de una tarde de invierno con mi primera novia en el instituto. Me acuerdo cuando vinieron los príncipes del Japón a mi pueblo y fuimos todo el colegio con banderitas a saludarlos. Me acuerdo de cantar “caracol-col-col” para que los caracoles sacaran sus cuernos al sol. Me acuerdo del olor del tomillo y el romero en el camino hacia mi casa. Me acuerdo de la risa de mi padre. Me acuerdo de la primera vez que me zambullí en una novela de tal manera, que creí que debía de estar escrita para mí. Me acuerdo, cuando yo era niño, de las historietas que nos contaba en clase un cura. Me acuerdo de cuando un vecino, a las doce de la noche, venía borracho y no podía abrir la puerta de la calle. Me acuerdo del sabor y aroma del bocadillo de tortilla francesa que mi abuela me preparaba y yo comía en la calle cuando era la hora de cenar. Me acuerdo del nogal al que subía con mis amigas y nos tumbábamos en sus grandes ramas. Me acuerdo de la cara de mis primeros alumnos cuando les conté un cuento en el que se asustaron. Me acuerdo de mi maravilloso viaje a Argentina, sus paisajes, sus gentes y el sabor tan exquisito de sus alfajores y sus carnes a la brasa.

 Me acuerdo de cuando Marco buscaba a su madre. Me acuerdo cuando llenaba las mangas de mi jersey de cerezas recién robadas. Me acuerdo de mi abuelo Santiago; siempre me acuerdo… ¡Me acuerdo tanto de “los 7”, de “los 5”; gracias a ellos me picó el bichito de la lectura. Me acuerdo cuando cinco golpes de mano traspasaban –TE-QUIE-RO-MU-CHO- e iban de mi padre hacia mí; eran las veredas recorridas de mi infancia y la fortaleza para caminar. Me acuerdo de los títeres de Pedreka y de las películas vistas en patios con olor a naranjas. Me acuerdo cuando grité a mi madre: “¡Salí de allí!” Se había sentado en la silla donde estaba mi amiga invisible. Me acuerdo de un verano caluroso cuando me picó una abeja en las nalgas. Me acuerdo de los patios arenosos de mi escuela, donde las rodillas sangraban al caer jugando. Me acuerdo de la primera vez que levanté una mano en el jardín de infancia para dar una respuesta correcta. Me acuerdo de miss Marjorie, la bibliotecaria inglesa de mi escuela: coja, vieja y fea. Me acuerdo de mi primera muñeca que se transformó en mi hija por muchos años. Me acuerdo del terremoto del 85 en Chile, cuando el suelo se movió para todos lados. Me acuerdo de los abrazos de mi abuela.

 Me acuerdo de mi perro Martín, mi primera mascota. Me acuerdo de la risa de mi hermana pequeña. Me acuerdo de la emoción de mi padre el día que aprobé la oposición. Me acuerdo del olor de la casa de mis abuelos. Me acuerdo del día que decidí ser profesor. Me acuerdo del olor a mantecados que surgía al abrir la caja poco antes de iniciar la navidad. Me acuerdo de cómo nos hacía callar en clase la señorita de 3º (nunca más volví a ponerme cola). Me acuerdo de la primera vez que fui al cine sola y acabé llorando, sin pañuelo y sin nadie con quien compartir la pena que te transmitía aquella película. Me acuerdo de la primera vez que vi a David. Me acuerdo del olor de mi abuela Teresa. Me acuerdo de ir todas las tardes con mi padre a regar al campo. Me acuerdo de salir con patines y mi perro en el carricoche de juguete y decir: ¡mira, la vida me va sobre ruedas! Me acuerdo de la paciencia de mi madre para jugar conmigo siempre que se lo pedía. Me acuerdo del delicioso olor a bizcocho recién hecho. Me acuerdo de la pelota roja con la que jugaba de pequeño. Me acuerdo de cuando aprendí a montar en bicicleta. Me acuerdo de mi primer beso. Me acuerdo del huerto de mi abuelo. Me acuerdo de la primera vez que vi la televisión en color. Me acuerdo de la fiesta del día de mi boda. Me acuerdo cuando leí Cien años de soledad. Me acuerdo cuando mi padre me leía cuentos a la luz de una vela, porque en mi pueblo muchas veces había apagón. Me acuerdo del perfume de la flor de madreselva. Me acuerdo de lo que lloré el primer día que fui al colegio. Me acuerdo del olor a asfalto mojado en verano. Me acuerdo de Pili y el olor de su biblioteca. Me acuerdo de la angustia al bajar al pozo de la mina.  Me acuerdo cuando me levantaba por la mañana y desayunaba leche recién catada.

 Me acuerdo de la primera vez que fui a la biblioteca. Me acuerdo de cuando mi hermano empezó a andar. Me acuerdo de las manos grandes, ásperas y trabajadas de mi abuelo. Me acuerdo de la hospitalidad y amabilidad de mi abuela. Me acuerdo del agotamiento que sentía después de las clases de natación en agosto. Me acuerdo de la primera vez que vi el mar…; fue decepcionante. Me acuerdo de la primera vez que olí el mar…; fue maravilloso. Me acuerdo que cuando llegaba a casa de pequeña, mi abuela estaba siempre leyendo. Me acuerdo de cómo me enteré de que los Reyes Magos eran los padres. Me acuerdo de cómo se lo conté (lo de los Reyes) a niñas y niños del barrio, mayores, que no lo sabían aún. Me acuerdo que siempre me han gustado los árboles de hojas pequeñas. Me acuerdo de las escuelas por las que he pasado. Me acuerdo del olor del café cuando lo están tostando. Me acuerdo del Pirineo en veranos jacetanos. Me acuerdo de los refranes de mi abuela.

Me acuerdo del paisanaje y paisaje rumanos. Me acuerdo de las celebraciones de cierre de año del colegio, cuando estaba en primaria, porque eran una bonita oportunidad de compartir en familia mis logros académicos. Me acuerdo de mi experiencia como fundadora de un periódico escolar con varios colegios…; solamente tenía 15 años y me sentía ya muy “grande”. Me acuerdo de un piano que me regaló mi papá porque no sabía que lo había comprado y al llegar a casa él estaba esperándome con el piano. Me acuerdo del incesante repicar de un corazón cuando él pasaba. Me acuerdo del helado de chocolate y limón, de la dulce espera en un banco del parque. Me acuerdo del perfume de mi madre; el tesoro inalcanzable que guarda en su mesita de noche. Me acuerdo de la primera y última bofetada de mi padre. Me acuerdo de la primera vez que leí a Benedetti. Me acuerdo del día que nació Aitana. Me acuerdo de cantar “que canten los niños…” con mi clase de 3º. Me acuerdo de las Fiestas de la Luna, en mis años locos en Tarragona. Me acuerdo de Rafa. Me acuerdo de cuando nació Bruno, era diciembre y la luz que iluminaba el pasillo anunciaba algo hermoso. Me acuerdo de Rosalía, mi bisabuela; nunca me he sentido tan consentida y preferida por alguien. Me acuerdo de Germán y yo en la secundaria, nos sentíamos tan plenos… aún somos tan felices…”

 Después de tantos “meacuerdos”, siempre es conveniente pensar que cada uno de ellos no es más que el título de una, seguramente, hermosa y larga historia. Sea pues esto una invitación a tomar un cuaderno, tenerlo a mano  e ir escribiendo lo que vamos recordando, “condensando la vida”.

INTERCAMBIO DE PALABRAS

Ha comenzado un nuevo periodo estival con fuerza. Estos primeros días de julio estamos padeciendo unas temperaturas que nos llevan  a recordar sin querer los fríos días de invierno… Más que nada para tratar de compensar y sentir algo de fresco ahí, precisamente, en el pensamiento, porque, por lo demás, tal ejercicio intelectual no resulta de mucho alivio.

Durante el pasado mes de junio, he aprovechado un año más para mandar casi un centenar de sobres con materiales de regalo a las amistades. Y en el interior de muchos de ellos, una nota de saludo y recuerdo o una cartita para poner palabras al reencuentro. Sé, porque así me lo dicen algunos y algunas de las amigos y amigas receptores de estos sobres, que su llegada les produce una pequeña alegría porque lo que normalmente reciben son precisamente “recibos”, de la compañía eléctrica, de la telefónica y de los bancos. Y todos sabemos cómo son de frías estas comunicaciones: aquí las palabras sobran y se imponen los números.

 Debo decir una vez más, que soy firme defensor de la correspondencia y el intercambio. Practico la primera con profusión y utilizo para ello, indistintamente, las vías tradicionales o las electrónicas. Entre unas y otras, uno va tejiendo una red de afectos. Esas comunicaciones actúan como un complemento vitamínico; te dan un plus de energía, protegen y mejoran la autoestima, pueden desatascar un “cruce de caminos” o señalar claramente una dirección; ofrecer una solución fácil a un pequeño problema; reconfortarnos un poco; alegrarnos casi siempre… Las palabras amables y cariñosas son buenas compañeras para todas las personas y a cualquiera le gusta recibirlas.

Como decía, en esos sobres que he ido enviando a las amistades este pasado junio había un gurrión, un Bibliotelandia, un ABCdario y un desplegable… Materiales todos, derivados de “mis otras actividades” y que a mí me gusta divulgar y poner algunos ejemplares en manos de las amistades como vengo diciendo. Como consecuencia de esos envíos, un porcentaje determinado de sus receptores, da noticia y agradecimiento del envío. Y hoy quiero agradecerles esas palabras y, por eso, las recupero para componer este primer post vacacional. De paso, voy entrenándome, después de este año especial que he vivido, a componer textos colectivos, con la suma de las aportaciones de otras personas:

.. “Cuando recibo tu sobre me siento como niño con el regalo de Reyes.
Muchísima gracias... me encanta.
” Así se expresa mi amiga Agustina, desde Madrid.

 .. Mamen, desde Zaragoza, dice en una parte de su correo: “Hola Mariano. Gracias por enviarme el Bibliotelandia 62, el ABCdario de título largo, ja,ja y los dos “Y tú ¿cómo pintas?” El próximo septiembre quiero meterme más con el tema de la Biblioteca escolar, los padres… y todo nos vendrá bien. Gracias”.

 .. Blanca, desde Euskadi: “Querido Mariano: ayer llegaron tus regalos envueltos de ternura para el alma. Te agradezco mucho todo, especialmente tu carta. En cuanto al abecedario, estupendo. En mi cole ha causado sensación. Incluso me preguntan si pueden comprar una tirada para labor de tutoría”…

 .. Pepe, desde Zaragoza: “Hola, Marianico: ¿Qué tal este  final de curso? Espero que sigas a tope con la vitalidad y el buen humor, que te caracterizan. Quería saludarte y darte las gracias por el envío que me hiciste. Te lo agradezco, pues me ayudan mucho las cosas que vas haciendo”…

 .. Pili, desde Mequinenza, me escribe en estos términos: “Hola, Mariano: gracias por tu último envío. ¡Cuántas cosas quedan reflejadas en Bibliotelandia! Realmente, hasta que no lo ves por escrito no abarcas la magnitud del trabajo hecho. Se lo  enseñé a las mamás y quedaron contentas y con ganas de continuar nuestro ir y venir con vosotros. A ver qué se nos ocurre para el próximo curso. También muy interesante el ABECEDARIO del sentido común. Deberían traerlo los niños bajo el brazo nada más nacer, seguro que en las escuelas lo notaríamos…”

.. Desde Salamanca, Tita inicia su carta así: “Querido Mariano: mil gracias por el envío de los materiales, como siempre estupendos y actuales. Siempre es un placer leerte…”

 .. Pedro, desde Huesca, me recuerda que, en ocasiones hasta mando las cosas por duplicado: “Mariano, he recibido todos tus regalos. Y en medio de la que está cayendo, es un soplo de brisa marina (como se me intuyen las vacaciones). Espero que estéis bien, ya dispuestos a vuestra emigración estival. Y como estamos en época de recortes, no me envíes más gurriones, que me llegan ya como suscriptor (uno más de los afortunados)”

 .. Mª Carmen, desde Lleida: “Hola, cómo va? Recibí ayer tu sobre y quería darte las gracias antes de que se me olvide. Tiene muy buena pinta ese nuevo abecedario que has editado: aguarda junto a las revistas para ser leído a partir del miércoles. El martes tengo un examen de Estadística -sí, tal como lo oyes, una de letras puras metida en semejante berenjenal! pero es que se trata de una asignatura troncal, mira tú!”

 .. José Luis, desde un lugar escondido de la Ribagorza: “Hola Mariano. Muy chuli lo que me has pasado: Bibliotelandia, ¿y tú cómo pintas?, ABCdario para ayudar, aunque me insultes como "webero" :-). Mil gracias. Da gusto en estos tiempos tan digitales encontrar papel y tinta para respirarlo y olerlo con los ojos. Un abrazo”.

 .. La exagerada de Ángeles, desde Teruel: “Si recibir la revista "El Gurrión" y la revista "Bibliotelandia" ya es de por sí un lujo, si encima lleva tu saludo de puño y letra con un buen deseo... ya es para morirse!!! Gracias Mariano, esto me sirve de "nutriente" del verbo NUTRIR, de tu abecedario de la pedagogía del sentido común”.

.. Desde Zaragoza, Puri que no sabía que había colaborado en el último Bibliotelandia, je, je.: “Buenas tardes Mariano! Muchas gracias por la revista, la recibimos el martes en el cole y nos hizo mucha ilusión tanto a Monse como a mí ver a nuestros chicos en la misma. De haberlo sabido habríamos escrito algo un poco mejor.  Como ahora nos pilla un poco tarde, hemos pensado en enviarte un ejemplar de nuestra revista del cole, que recoge un poco de todo lo que hacemos a lo largo del año…

 .. Desde Antequera, Charo da señales de vida de esta manera: “Hola Mariano, Si lees este correo será que te ha llegado, que no has  cambiado de cuenta. Me llegó el sobre con tus recuerdos y las  revistas, gracias. Deseo que estés muy bien, y que las cosas vayan con su ritmo, el natural, el bueno.
Me sigue alegrando mucho ver un sobre que apenas cabe en mi buzón,  porque en ese momento me llega aire fresco, es el efecto que me  produce, no sé... será porque viene del norte…”

.. José Luis, desde cualquier parte de Aragón: “Hola, Mariano: Te escribo para darte las gracias por el paquete que me enviaste hace unas semanas. Ahora que tenemos por delante las vacaciones aprovecharé para leer muchos libros y trabajos que tengo apilados en la enorme montaña de las cosas pendientes. También aprovecho para felicitarte por tu Cadiera de Macoca. Me parece un preciosidad de página donde aparece un trabajo y una labor propia de gigantes…”

 .. Mariant, desde Pamplona, con ese toque suyo, tan personal, ja, ja, me manda mensaje al facebook: “Hoola mariano, guaaapo. Te escribo desde este cacharro, y no me lees. ¿Lo haré mal? Qué majo, me has mandado el Gurrión. ¿Qué tal estás? Yo, agotada. Necesito vacaciones Mariano. Que me hace muchísima ilusión recibir tu cartica, a mano como toda la vida”.

 .. Eva, desde algún punto inconcreto entre L´Aínsa y Barbastro, también al facebook: “Hola Mariano: Muchas gracias!! El abecedario me ha gustado mucho, muy buena elección de palabras. La revista me encanta mirarla, leerla y ver las fotos que traen muchos recuerdos...y juntar arte y libros es una combinación preciosa. Cada vez os superáis!!!”

 .. Ana Jesús, desde la mineral, vegetal y –espero que soleada- Asturias, me manda este mensaje al facebook: “.Hola Mariano. Hoy he recibido un sobre con unos cuantos regalitos tuyos. ¡Como siempre tan generoso! Muchas gracias. El abecedario me ha encantado; bueno también los libritos claro ¿Qué tal este fin de curso para ti especial? Yo estoy deseando acabar y que salga el sol! Un gran abrazo”.

 .. Susana, desde un pueblecito de la Hoya de Huesca, me deja escrito en la “red social” nombrada: “Espero que hayas escuchado el mensaje que te dejé esta semana en el contestador del teléfono de tu casa de Labuerda. Te iba a escribir, pero hemos tenido el ordenador a reparar unos días. Me quedé perpleja, con tu último envío, por la agradable sorpresa. ¡Qué buenos momentos me proporcionas!

 .. Edurne, sorprendida, desde Pamplona: “Hola Mariano: He visitado tu blog, página web y demás. Me quedo anonadada. O tu día tiene 48 horas o el mío 12, pero algo raro tiene que haber... ¿Cómo es posible que te dé tanto tiempo para escribir, leer, comentar libros...? Lo digo sinceramente, no es adular ni nada por el estilo…”

 Algunas veces, soy yo quien recibo sobres sorprendentes o comunicaciones inesperadas, como el conjunto de materiales que suele enviarme cada mes de mayo, mi amiga Sacra, desde Extremadura, como resultado de su admirable trabajo con el alumnado de infantil de su centro: libros libres, revistas, cuentos y otras sorpresas. Sería ocioso decir que Sacra es una de las que también recibe mis sobres con regularidad desde hace muchos años. Y es probable que, por fin, mañana la conozca en carne mortal.

Y, para terminar, y hablando de sorpresas, le escribí a María (maestra y escritora de la provincia de Huelva) por un artículo que había publicado ella en la revista “Padres y Maestros” y para hacerle una precisión y me contestó con una extensa carta (esta vez fui yo el sorprendido) que empieza así:

“¡Hola, Mariano! En primer lugar decirte que es todo un honor para mí recibir un correo tuyo. Te sigo desde hace mucho tiempo y soy una admiradora tuya. Te nombro en todas las exposiciones y cursos que doy para maestros, y como no me sabía cómo ponerme en contacto contigo, no había podido pedirte permiso para decirte que difundo esa "carta" tuya dirigida a los maestros y maestras en la que vas haciendo un recorrido por el abecedario con consejos y recomendaciones en nuestra función de promotores de la lectura. Eres un ejemplo para mí, así que MUCHAS GRACIAS POR TU CORREO…”

 No sé bien si era esto lo que quería escribir, porque uno nunca sabe qué efecto produce el resultado final de esta acumulación de aportaciones diferentes, pero sí tenía la intención de reunir estas buenas palabras y agradecérselas a quienes las escribieron, a la vez que les deseo un feliz verano, con mucho descanso, relajación, lectura y escritura… si les apetece, claro.

EL CONDADO DE CERRO ALTO

Acabo de recibir un cuento medieval, escrito por Agapito Gómez Tellerías. Es el regalo de este amigo que sabe escribir con ponderación todo lo que, según dice, ocurrió. No obstante, aclara, cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. A mí me ha ido de perillas, porque me tocaba escribir un nuevo texto estos días y no tenía las ideas muy claras, de modo que con esta colaboración doy por cerrado el mes de junio. Va muy bien esto de abrir el blog e invitar a escribir a los amigos. Buenas vacaciones para todos los que tengáis la posibilidad de vivirlas.

 “Había una vez un condado, de nombre Cerro Alto, en el lejano país de Letrilandia que sufrió una fuerte conmoción. Varios de los notables del mismo decidieron cambiar de aires y pidieron asilo en otro territorio que prometía nuevas y mejores prebendas.

 Huérfano como iba a quedar el condado de autoridad, el caballero protagonista decidió que había llegado su momento y tras pactar su subida al trono con otro caballero aspirante, presentó su candidatura para dirigir Cerro Alto. Se rodeó, para empezar, de dos doncellas de reconocida solvencia, capacidad de trabajo y autoridad moral. Juntos hicieron llegar sus pretensiones y planes a las instancias reales y éstas las aceptaron; de modo que los componentes del triunvirato fueron elevados a la categoría de dirigentes del condado. El caballero pasó a ser Corregidor(1) y las doncellas a ocuparse de la administración y el buen gobierno. En el condado comenzó una nueva vida.

 Los villanos y villanas se alinearon con los nuevos gobernantes con diferentes grados de compromiso. Algunos pusieron sin reservas, al servicio del triunvirato y de la nueva empresa, su caballo y sus pertrechos personales, mientras otros y otras, mantenían una prudente y expectante distancia a la espera de ver cómo evolucionaba la nueva era. Por último, un pequeño grupo, otrora acompañantes fieles en justas y banquetes, tomaba distancias incomprensibles y no podía disimular sus iracundos recelos.

 Durante más de tres años, el Condado recibió un profundo lavado de cara. Se aprobaron nuevas normas, reglamentos internos y externos, se instauraron celebraciones que mejoraron las relaciones con la villanía y, poco a poco, fueron desapareciendo los recelos y frenos a participar en asuntos de gobierno y a sentir como suyos los avances colectivos. Cada día salía y se escondía el sol en sus dominios, sin que hubiera sobresaltos. En las asambleas mensuales se escuchaban varias voces y eso ayudaba a crear un clima de confianza y participación: se renovaban las armaduras, se repartía el mobiliario de las estancias, se estimulaba la participación de una manera desconocida hasta entonces y la villanía sentía que era tenida en cuenta y que podía trabajar en la dirección que marcaba el triunvirato. Incluso, para que se cumpliera un viejo dicho del condado, que decía: “Quien labra bien, siembra adecuadamente y cultiva con esmero, recogerá cosecha con gracia y salero”, se iniciaba a las mesnadas más menudas en la participación y la representación; de modo que a medida que fueran creciendo incorporasen esos valores a sus nuevas vidas.

 El corregidor vivía bastante plácidamente, hasta que fue observando que una de las doncellas empezó a gozar de mayor reconocimiento (sobre todo, por lo de la autoridad moral, que se tiene o no se tiene) y de amplia confianza dentro y fuera del condado. Su proceder eficiente y su talante personal la hicieron merecedora de la confianza de los súbditos que recurrían a ella para contarle sus cuitas y exponerle sus problemas.

Debido a esa situación, el corregidor se consumía con frecuentes ataques de celos, hasta que su comportamiento empezó a preocupar por taciturno, solitario y amargado, haciendo la vida imposible, tanto a una doncella como a la otra y despreocupándose del gobierno del condado (un poco más, porque a él, más que el trabajo le gustaba la representación).

 Los enviados reales detectaron ese bajón y comprobaron que se había llegado al final del cuatrienio pactado raspando las coordenadas medievales. A pesar de ello y, desde luego sin merecerlo, renovaron su confianza en el corregidor quien se vio beneficiado de esa decisión a pesar de su cobarde actitud. El corregidor cambió entonces a las doncellas por dos lugartenientes, que se prestaron muy amablemente a sustituir a quienes habían aportado a la gobernabilidad del condado, sensatez, trabajo y participación. Los elegidos fueron una hembra y un varón. Para ese cambio, ya no hizo falta ni planes, ni proyectos, al corregidor le bastaba con rodearse de dos personas obedientes que no le iban a  hacer sombra

 Con rapidez se dieron cuenta los súbditos que las cosas iban a dar un giro considerable. Pero, como suele ocurrir en todos los condados, hubo algunos villanos y algunas villanas que celebraron la defenestración de las dos doncellas y la llegada de los nuevos lugartenientes. En las reuniones de gobierno, a partir de ese hecho, dejó de haber voces diferentes. Ya sólo iba a escucharse la voz engolada del corregidor, rodeado de dos títeres que le iban a reír las gracias. El corregidor que ya se creía conde, se autonombró “condísimo” y ya sólo se escuchó su voz hablando de todas sus hazañas: que si había celebrado justas y encuentros con otros notables como él; que si había estado reunido con representantes de territorios superiores para adecuar algunas normas a las leyes generales del reino; que si había sido llamado por otro conde superior a la capital del reino para hablar de esto y de aquello… Los súbditos asistían a las asambleas perplejos, porque nunca se hablaba de la vida cotidiana, de lo que afectaba a cada uno y a cada una, en el desempeño de los arduos trabajos necesarios para mantener en pie aquel viejo condado que, claramente, comenzaba a desmoronarse; tareas cada vez más complicadas en la educación de las jóvenes mesnadas.

 Era bien visible una tiranización gradual del corregidor-conde; de modo que comenzó a rodearse de secuaces que le daban apoyo, a cambio de algunas prebendas. Ya no importaba el condado, ni la mayoría de los súbditos, sus problemas, sus anhelos… Donde dije, digo y digo Diego; ahora lo importante era la manipulación de la información para conseguir soterradamente lo que el corregidor-conde y sus secuaces anhelaban: ejercer el poco poder y repartirse algunos pírricos beneficios.

 La vida en Cerro Alto se estancó y se fueron ralentizando, desmontando o perdiendo efectividad algunas medidas y actuaciones que habían dado prestigio y esplendor en otro tiempo a aquel viejo condado. Los más ancianos decían y repetían con frecuencia: “jamás los tontos aportaron soluciones, si acaso, problemas a montones” y comenzó un distanciamiento de las personas que no se dejaban doblegar por la voluntad del tiranuelo. Hubo un grupo reducido que se refugió en un ala del castillo y se hizo fuerte porque contaba con crédito y autoridad moral entre un grupo amplio de villanas y villanos. La fama de su valiosa experiencia, su buen hacer y sus cualidades habían llegado a otros condados próximos y alejados de Cerro Alto y gozaban de predicamento y reconocimiento… Situación que los mantenía a salvo de las ocurrencias del –ya en ese tiempo- tirano conde.

 El miedo se instaló en las asambleas y algunos súbditos contaban por corredores y descampados  que no se atrevían a levantar la voz y a criticar al conde porque tenían miedo de las represalias. Todos y todas habían visto y escuchado, con sus propios ojos y con sus propios oídos, algunas respuestas airadas a algunos súbditos que reclamaban atención para poder realizar mejor sus funciones en el condado. Y muchos habitantes del mismo se habían percatado hacía tiempo de las influencias negativas que ejercían un par de chamanes de la tribu que realizaban ensalmos y cataplasmas, servían como oráculos y conseguían enfrentar a la villanía…

 Ante el progresivo abandono que ésta iba haciendo del conde, éste, descaradamente, se iba uniendo, contra natura, con todo aquel que le prestase apoyo para poder disfrazar su poder autoritario y déspota (en claro aumento) en un supuesto gobierno participativo: ocultaba información, la tergiversaba, se hacía el tonto para no hacerse responsable, se le veía cuchicheando con sus afines por corredores y almenas y había criado una profunda ojeriza hacia quienes no secundaban ciegamente sus ocurrencias y podían discutirle algo que nunca tuvo: la autoridad moral.

 La noche se cernía sobre el otrora floreciente condado y una niebla se había instalado en el territorio, impidiendo la visión de sus confines. Los años pasaban y las telarañas y el polvo cubrían algunos principios fundacionales. Como pasa en estos casos, los villanos y villanas con más años habían cavado trincheras defensivas y efectivas para estar a salvo de las iras del conde que, como un loco peligroso, daba bandazos, hablaba solo y pasaba más tiempo fuera del condado que dentro (al menos con la cabeza).

 Entonces, una fuerza extraña vino a salvar a las gentes de Cerro Alto. Las autoridades reales habían determinado hacía unos años que los corregidores debían cesar en sus funciones al llegar a una edad determinada y el corregidor-conde del que estamos hablando ya la había cumplido. De modo que se pregonó por todo el condado que el corregidor abandonaba el cargo y pasaba a la reserva, y él mismo anunció que haría todo lo posible para que sus lugartenientes se retirasen con él (porque así se lo habían pedido) y no fueran nombrados por los representantes del Rey para el siguiente triunvirato. Más, como había hecho otras veces, no tuvo ningún problema en romper su palabra y apuntarse a lo contrario, a pedir con todas sus fuerzas que sus lugartenientes siguiesen en el poder para garantizar la continuidad de sus intrigas o para evitar que otros recién llegados mirasen la gestión del corregidor con ojos algo más críticos y pudiesen alterar, con sus descubrimientos, lo que él siempre creyó que hizo: una gran obra… Con su marcha terminó en el condado la Edad Media y empezó un tiempo nuevo. Muchos villanos y villanas esperan que sea un tiempo mejor.

Hay quienes dicen que, de vez en cuando, ven al ex corregidor andar por caminos y veredas, con las manos atrás, menos pelo y pensativo, con aquella cara de amargado que tantas veces mostró en el condado. Lugar en el que, por cierto, no ha vuelto a pronunciarse su nombre, señal evidente de que ha dejado una profunda huella… Y colorín, colorado, aquí termina la historia negra, de aquel condado”.

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(1) Un Corregidor era un funcionario real, instituido en Castilla por Enrique III en torno a 1393, cuya misión era representar a la Corona.  Desaparecieron en 1833.