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CANALES Y BICICLETAS

No podía imaginar que tardaría tantos días en escribir sobre el viaje por los Países Bajos… ¿La razón, o la culpa?, un inesperado catarro de verano que me ha dejado con poca energía y sin ganas de hacer nada que no sea estar tumbado o “dondiar” de un lado para otro, incapaz de concentrarme. Por tanto, ya desde el inicio, dirijo mi maldición a todos los aires acondicionados, que bien podrían llamarse “aires malintencionados”, porque someten a nuestros cuerpos a variaciones térmicas poco recomendables…

El pasado 19 de julio volamos desde Barcelona hasta Ámsterdam, con algo de retraso por esa huelga de celo de los controladores (¡qué denominación más acertada!, pues controlan los vuelos y las vacaciones, los tiempos, de las personas que caemos en su entorno de influencia) y nos instalamos en la Plaza Dam; sin duda, uno de los centros neurálgicos de la ciudad holandesa; concretamente en el hotel Krasnapolsky (con un nombre, creemos, más ruso que holandés, pero de administración española). Con el plano de la ciudad en la mano, a lo largo de los días que hemos estado en Ámsterdam, nos hemos dedicado a patearla a base de bien para tener una idea completa de su estructura y de su vida.

Nos ha parecido una ciudad singular, atractiva por el respeto a la apariencia antigua de las fachadas de sus casas, por esa estructura de canales que la convierte en una ciudad silenciosa, debido a la limitación de la circulación de coches y al uso habitual de la bicicleta. Quedamos asombrados de la cantidad de bicicletas que vimos aparcadas en los lugares más insospechados (algunas, es verdad, que tenían toda la pinta de ser inservibles por estar con ruedas deshinchadas o pinchadas o con telarañas entre los radios de sus ruedas o entre el manillar y la baranda del puente donde se apoyaban) y sobre todo, quedamos asombrados de la cantidad de gente que la utiliza habitualmente: hombres, mujeres, niños; hombres o mujeres con mochila a la espalda; hombres o mujeres bien vestidos; mujeres con zapatos de tacón, faldas cortas y bolso de ir de fiesta; mujeres u hombres conduciendo con una mano y sujetando el móvil con la otra, mientras llevan una divertida conversación (a juzgar por la amplia sonrisa mostrada); parejas cada cual en su bici y cogidos de la mano; bicicletas con dos personas: una de ellas sentada de costado en el “portabultos”; bicicletas con un carrito delante donde llevan a los chicos o a media docena de gatos… Miles y miles de bicicletas silenciosas, en definitiva, que circulan por todos lados y que te dan unos cuantos sustos cada día, porque cada poco rato estás al borde del atropello. Pero, bicicletas que ofrecen un paisaje urbano diferente, con muy poco ruido y con calles despejadas y sin humos; bicicletas que abogan por un ciclismo popular en pleno Tour de Francia…

Paseamos por muchas calles, nos sentamos en algunos bancos y nos sorprendimos de la quietud y del silencio en pleno corazón de la ciudad. A ello, sin duda, también contribuye la visión casi constante del agua mansa de los canales, surcados por silenciosos barcos de turistas, por piraguas o por pequeñas embarcaciones que permiten paseos románticos o pequeñas excursiones de reducidos grupos de amigos. Continuamente, la calle se torna puente cuando llegas a un canal y el andar llano en subir y bajar el mismo, mientras una procesión intermitente de bicicletas recorre todas las direcciones posibles. Muchas flores por todos los lados, muchas terrazas de bar ocupando todo el espacio disponible con las sillas y las mesas muy juntas y mirando hacia la calle para ver pasar al personal (un desfile inacabable de personas multicolores, tanto en sus facciones como en la vestimenta); fachadas estiradas de distintos colores con originales y muy atractivos motivos arquitectónicos; escaparates muy vistoso en sus tiendas y bastante basurilla por el suelo, todo hay que decirlo. No nos pareció una ciudad limpia, Ámsterdam; quizás la culpa la tengamos los turistas (me refiero a los que son incapaces de usar las papeleras para deshacerse de los envases después de haber comido y bebido), pero en algunos puntos de la ciudad y también en algunos recovecos de los canales, se encontraba uno con demasiada suciedad… Estuvimos en el museo de Van Gogh, con mucha gente visitándolo. La instalación ofrece una parte significativa de la obra de este genio de la pintura que no pudo disfrutar de los favores del público en vida y que ahora es mundialmente admirado. Nos encontramos por casualidad con una bonita estatua dedicada al escritor y maestro Theo Thijssen quien (según nuestra eficiente informadora, Anny) fue un maestro innovador y hoy día se concede un Premio de Literatura Infantil, en Holanda que lleva su nombre. La sensación que uno tiene en Ámsterdam es la de vivir en una ciudad en la que cada cual hace lo que quiere sin importarle nada lo que hagan o piensen los demás…

Con un Thalys (que no mejora en nada a nuestros AVEs) nos trasladamos hasta Bruselas, para alojarnos cerca de la catedral, de la estación central y de la Grand Place. Como en el hotel están todavía acondicionando la habitación, nos acercamos a ver la catedral y podemos sentarnos, bien fresquitos, a escuchar un concierto que está ofreciendo una orquesta joven venida de Inglaterra. Pasamos casi una hora encantados de la vida. Todas las iglesias, catedrales, y demás centros de culto se visitan gratis y sin restricción alguna… ¡A ver cuándo aprendemos por aquí, coño!

Con la compañía de nuestra amiga Anny visitamos la Bruselas monumental, con grandes edificios: Palacio Real, Biblioteca, sedes de grandes compañías, antiguos palacios, iglesias… ¡Nada que ver con lo que habíamos podido ver en la capital de Holanda! Terminamos el recorrido en la Grand Place, admirando los anárquicos edificios que la rodean, delimitando entre todos un espacio mágico que concentra cada tarde-noche a bandadas de turistas que miran esta fachada, luego la otra y así sucesivamente, mientras sus cámaras digitales no dejan de disparar instantáneas a diestro y siniestro. Una de las noches que acudimos hasta allí, asistiremos a un espectáculo de luz y sonido bastante sorprendente. Era sábado y era el día que más gente había en la plaza.

Llaman nuestra atención la cantidad de tiendas de recuerdos, tiendas de cervezas y de chocolates que vamos encontrando por la ciudad, sobre todo, en el entorno de esa zona histórica tan atractiva.

Desde la Estación Central salen trenes continuamente que comunican la capital con el resto de las ciudades del país. Tomamos un tren y viajamos hasta Brujas. En el andén, nos espera Anny, que nos acompañará el resto del día. Pasamos toda la jornada recorriendo calles, plazas, visitando monumentos, haciendo fotos, descubriendo rincones insólitos… Brujas es una ciudad con un casco histórico extensísimo y extraordinariamente bien conservado: los canales, las fachadas, las puertas y ventanas, los adornos añadidos, los escaparates de las tiendas, los arriates con flores… Interminable la lista de rincones bellos que llaman nuestra atención.

A medida que pasan las horas, son más y más las personas que deambulan por sus calles. En la Plaza, que recuerda vagamente a la Gran Place de Bruselas, hay ya un número importante de gente comiendo en los restaurantes y paseando por entre los caballos y las carretas que cargan turistas todo el día para darles un paseo por la zonas más celebradas de la ciudad. Terminamos el día encantados de los paseos y de todo lo que hemos visto. Una ciudad que, a ratos, parece de cuento, muy bien conservada…

Al día siguiente nos ocupamos de Bruselas nuevamente: visitamos el Museo del cómic, hacemos una visita fugaz al Manneken Pis y una foto a la chapa que indica “Rue des Moineaux o Mussen Straat” (calle de los gorriones). Callejear los contornos o los entornos de la Gran Place siempre ofrece novedades y curiosidades. Nos acercamos, usando el metro, al Atomiun: el símbolo de la ciudad, resto que dejó la Exposición Universal de 1958 que se celebró en la capital belga y, tras recorrer jardines y visitar alguna iglesia regresamos por delante del estadio Heysel (hoy llamado Rey Balduino) donde se produjo la matanza de aficionados de la Juventus, en la final de la copa de Europa, contra el Liverpool, en 1985, para coger de nuevo el metro y volver al centro.

Gante es el objetivo del penúltimo día del viaje. Es domingo, pero no hay problema de transporte. Tomamos un tren en la Estación Central y en el andén de salida, en Gante, ya tenemos a Luc y Anny esperando nuestro desembarco. A lo largo del día iremos recorriendo la ciudad en la que nació Carlos V, mientras escuchamos, incesantes, los sonidos de la fiesta. Son fiestas mayores en Gante y algunos garitos, toldos y escenarios dificultan la vista de algunos edificios emblemáticos o algunos paisajes callejeros, pero esas son cosas inevitables y circunstancias con las que debemos vivir… El recorrido urbano nos lleva a descubrir edificios emblemáticos, fachadas muy bien restauradas, rincones deslumbrantes: una ciudad con un pasado histórico importante y con una fuerza económica que la hizo también muy importante; aún lo es, desde luego. Luc y Anny nos van proponiendo y nos acompañan en un recorrido ciudadano que nos lleva a descubrir callejas, edificios, monumentos… la torre inmensa de la Biblioteca Universitaria o la fachada de una escuelita Freinet (Freinetschool de Harp); un castillo de cuento en medio de la ciudad o la monumental atalaya que la “protege”; una vieja casa de fachada restaurada convertida en restaurante o una casita esquinera que alberga una extraordinaria tienda de chocolates… En definitiva, una ciudad llena de encantos que pateamos a lo largo de todo el día. Luc y Anny, tras invitarnos a cenar tempranamente en su casa, nos acercaron a la estación de tren y allí tomamos uno para regresar a Bruselas, dispuestos a pasar la última noche y la última mañana en la ciudad…

Nos preparamos para el regreso, después de ocho días de viaje, y recorremos algunas zonas comerciales de Bruselas para realizar las últimas compras (sobre todo las relacionadas con los chocolates y bombones que tantas veces hemos visto en los escaparates). Y hay un pensamiento recurrente para cuando lleguemos a Barcelona: cenar tortilla de patata, comer pan con tomate, tomar un café con leche normal… Bueno, ya se sabe, esas cosas a las que uno está acostumbrado y que echa de menos… Pensando en las bicicletas, en los canales, en los puentes que comunican unas calles con otras, en los escaparates, en los tranvías, en las delicias de chocolate que “te miran” desde los ventanales de las tiendas, en las fachadas que a medida que ascienden se adelgazan, en las huellas que ha ido dejando la historia, en las vetustas piedras y en los modernos edificios…

 

RETROSPECTIVAS

En julio me cuesta más medir los tiempos. Estar de vacaciones; estar un día aquí y otro allá, rompe las rutinas que uno tenía establecidas y resulta más complicado atender las pequeñas obligaciones autoimpuestas: por ejemplo, escribir semanalmente en este blog.

Regresé de Cuenca, como cuento en el post anterior, y escribí con rapidez porque así se lo prometí a los chicos y chicas del máster, pero dejé cosas pendientes, anteriormente vividas, que quiero retomar.

 

1. Entre los días 5 y 12 de julio se celebró en la ciudad de Lleida el 38 Congreso del MCEP (Movimiento Cooperativo de Escuela Popular). Mi amigo Gertrúdix pertenece, desde hace ya unos cuantos años, a esa entidad educativa o movimiento de renovación pedagógica y en esta ocasión era el encargado de organizar el congreso anual en su tierra. Tarea nada fácil que, supongo, habrá resuelto con pericia y profesionalidad. Durante el curso que ha terminado me había contado en alguna ocasión los pasos que iba dando, los problemas que iba encontrando y cómo iba saliendo de algunas situaciones que no pintaban bien. Al final, aunque no hemos podido vernos tras la finalización del citado congreso, seguro que salió todo bien. Me había invitado, en los turnos de presentación de experiencias, a que les contara a los congresistas, algunas cosas relacionadas con la biblioteca escolar. De modo que el día 5 de julio, me acerqué a comer al albergue donde estaban los participantes y, entre 4 y 5 de la tarde, expliqué muy por encima la trayectoria de la biblioteca del colegio, les mostré algunas líneas de trabajo y algunos materiales en papel para que pudieran ver y valorar cómo se materializaban algunas ideas. Lástima que no dispusiéramos de más tiempo para extendernos en algunos aspectos, pero aún así (y a pesar del calor en la sala) fue un tiempo agradable el que pasé con gentes venidas de diversas autonomías que miran la escuela desde ángulos nada convencionales para insuflarle nuevas energías y abordar la faena de cada día con otras metodologías y convencimientos.

 Entre las personas asistentes estaba mi amiga Sacra, venida de la localidad extremeña de Los Santos de Maimona, con quien hemos realizado muchos intercambios de materiales escolares y bibliotecarios, a quien he enviado y de quien he recibido un buen número de cartas manuscritas y a la que por fin conocí en carne mortal… El congreso, en nuestro caso, materializó y propició el encuentro, después de una relación epistolar larga. El último sobre acolchado que me envió Sacra, a primeros de junio, contenía  algunos libros libres troquelados, una “revista de clase” (de nombre Juanito) en la que va recogiendo la vida del aula para ofrecerla al alumnado y a las familias del mismo y diversos materiales de ferias del libro de Sevilla y Badajoz, libros regalados, revistas… Esos sobres que tanta alegría dan cuando se reciben porque uno sabe que dentro no habrá ni facturas, ni avisos de pago, ni anónimas informaciones bursátiles o bancarias… El contenido es siempre una agradable sorpresa, una pequeña fiesta: la carta afectuosa y algunos ejemplos de un trabajo serio, imaginativo e innovador desarrollado en el aula con esfuerzo e ilusión.

 

2. Una mañana de julio, subimos con Daniel hasta los aledaños del Parador Nacional de Monte Perdido. Teníamos la intención de caminar hasta los llanos de La Larri. Estábamos en la ermita de Pineta a las siete y media de la mañana para comenzar la subida. ¡Cómo se nota la edad, amigos! Mi hijo ascendiendo sin sudar una gota y yo parando cada pocos metros y echando agua como una cascada. La verdad es que la ascensión es directa, sin atisbo de zigzagueo y eso la hace más exigente y dificultosa. El camino, por otra parte, es agradable porque transcurre (en sombra) por el corazón de un hayedo con ejemplares realmente espectaculares; también son abundantes los acebos. Llegamos, por fin, a una pista que deben utilizar los ganaderos de la zona para llevar o ir a ver los rebaños de vacas que aprovechan los pastos naturales. Con rapidez, a partir de ese punto, llegamos al inicio del valle de La Larri: un extensión considerable de terreno llano, jalonado por altas montañas y cubierto de hierba fresca y turgente. El valle de origen glaciar finaliza –desde donde nos encontramos- en una monumental y ruidosa cascada de agua espumosa. Oímos y vemos marmotas; disfrutamos de cariñosas estampas de terneras o terneros chupando las ubres de sus madres y recibimos el fresco matinal como un regalo, en un julio tan tremendamente caluroso. Recorremos el valle hasta el fondo y regresamos de nuevo al inicio del mismo. Allí, a la sombra de unas altas matas de boj, damos cuenta de un almuerzo en condiciones para reparar energías, mientras contemplamos el paisaje y nos percatamos de la incesante peregrinación de gente que llega hasta donde nos encontramos y se interna en el valle. Ciento cincuenta fotografías recordarán esta mañana de julio, pasada a los pies de las montañas altas del Pirineo central. Regresamos a Labuerda a comer y por la tarde nos enteramos a través de la televisión de un desgraciado accidente, a muy poca distancia de donde hemos estado, de un grupo de jóvenes que no se habían tomado en serio la montaña, habían contravenido las leyes de la prudencia y el respeto y habían acabado mal: dos muertos y tres heridos... y aún podría haber sido peor.

 

3. Luego llegó la final del Campeonato del Mundo de Fútbol. Y ahí, salimos vencedores, a pesar de las batallas planteadas por algunos combinados nacionales que se asemejaron más a pequeños ejércitos resentidos que a equipos de fútbol, entendiéndose éste como un deporte para jugar y divertirse. Desde hace mucho tiempo, en el fútbol profesional ya no se divierte ni dios y no sé yo si en los equipos de alevines, infantiles, juveniles, etc. no hay ya una tensión excesiva y empiezan a olvidarse esas dos palabras: juego y diversión. He asistido estupefacto a partidos de esas categorías inferiores, acompañando a nuestro hijo y más de una vez he sentido vergüenza ajena, viendo y escuchando algunas cosas dichas por madres y padres de los jugadores.

 El país se ha volcado con ese triunfo, largamente deseado, y tan escurridizo para otras generaciones de jugadores (que sin duda merecieron), que también eran buenos y a los que la fortuna privó de mayores logros. En la mayoría de los deportes, la línea que separa el éxito del fracaso es sumamente delgada y eso lo saben bien los tenistas, los jugadores de balonmano o de baloncesto, los ciclistas, los atletas... Por tanto no deberíamos volvernos locos en situaciones de derrota ni tampoco en las de victoria. A fin de cuentas, uno cuando llega a campeón, lo es hasta el año siguiente en que vuelve a celebrarse otro campeonato. Si ahí no gana, pasa a ser excampeón y ya el reconocimiento se va diluyendo (aunque nadie le podrá quitar los títulos conquistado, evidentemente). La fama, la gloria siempre es efímera y hay que enterrar al campeón de un año para entronizar al del siguiente...

 Del partido de la final, quiero decir que ganó el mejor; que, por una vez, el fútbol hizo justicia con quienes salieron al terreno de juego con intención de jugar y, con gran sufrimiento e intensidad, lograron in extremis llevarse el partido. De paso, es verdad, se llevaron también una colección de patadas de todos los formatos e intensidades. Destacó el golpe en el pecho de un tal De Jonk a Xabi Alonso: una de las entradas más brutales que recuerdo y que fue castigada con una tarjeta amarilla, el mismo castigo que recibió Iniesta por quitarse la camiseta. ¡Alucinante! Yo creo que un tío que propina un golpe como el del centrocampista holandés (un auténtico “jonkazo”) debería ser detenido en el acto y conducido a un tribunal. Nadie se puede creer que con aquella entrada quería llevarse el balón o que fue sin querer... Al margen de esa patada antológica, les dieron a base de bien, durante todo el partido.

Hubiera sido lamentable que la peor Holanda de su historia se proclamara Campeona Mundial; que un honor que no tuvieron las “holandas” del 74 (maravillosa) y del 78 o las más recientes de los Rijkaard, Van Basten, Gulit, Seedorf... lo alcanzara este grupo de futbolistas que (especialmente en la final) convirtieron los partidos en campos de batalla.

 Me alegré especialmente por Vicente Del Bosque. El reto que tenía era extremadamente difícil; sometido a comparaciones injustas, vilipendiado por sus alineaciones; criticado (algo poco habitual) por su predecesor... sólo le quedaba una salida: ganar el mundial. Y lo consiguió... y fue el triunfo de la sencillez, del sosiego, de las buenas maneras, del respeto a los rivales y de la inteligencia (sabiendo leer los partidos y aplicando soluciones adecuadas, eficaces y distintas en cada uno). Por eso finalizo este post con esta cita copiada del periódico, dedicada al amigo Vicente:

 .. Vicente Del Bosque se levanta todos los días a las siete en Potchefstroom, se pone el chándal y baja a desayunar el primero. Luego abre su ordenador portátil, se ciñe las gafas y lee unos diez periódicos, visita los blogs deportivos españoles más populares y repasa los comentarios de los foros con detenimiento.

“¡No leas tanto!”, le dice el director general de la federación, Fernando Hierro, preocupado por las consecuencias emocionales de la vocación de su técnico. Del Bosque lee porque se siente en la obligación de conocer el país que representa y a su gente. Lee porque, además de dirigir a un equipo de fútbol, cree que su deber es representar a España y defender sus intereses.

“En España pasan cosas muy buenas”, dijo después de derrotar a Alemania y colocar a su selección en la final de un Mundial por primera vez en la historia; “el país ha cambiado muchísimo en los últimos 30 años y, como ciudadanos, debemos sentirnos orgullosos de tener tan buenos deportistas entre nosotros”.

 (En El País, 9 de julio de 2010. En el artículo titulado “Presidente Del Bosque”, escrito por Diego Torres desde Johannesburgo)

Y, ahora sí, para finalizar, la recomendación de un libro. Eduardo Galeano es un escritor uruguayo muy particular, muy comprometido y en el libro que nombro a continuación, ofrece apuntes y narraciones cortas relacionadas con el fútbol y algunos de las campeonatos mundiales jugados hasta la fecha: “El fútbol a sol y sombra” de Eduardo Galeano (Siglo XXI editores. Madrid, 2006)

 

EN CUENCA...

- Y eso, ¿dónde dices que está?

- Pues, ¡en Cuenca!

No es un diálogo inventado, seguro que lo has escuchado alguna vez, como sinónimo de algo que está lejos o que no sabemos muy bien dónde está…

El caso es que he regresado de Cuenca –una ciudad que tiene montones de rincones originales, sorprendentes y cautivadores-. Me gusta fotografiar sus fachadas de colores, las enormes rejas de hierro, las puertas, los llamadores, los balcones, los edificios antiguos, la catedral, los paisajes que la rodean... De los últimos cuatro meses de julio (de los últimos cuatro años), he estado en tres de ellos, en esta capital castellano-manchega y siempre regreso muy contento y con ganas de volver. Han sido viajes relacionados con asuntos de formación, para impartir un taller relacionado con las “Acciones para intervenir en bibliotecas escolares e infantiles”: cuatro horas charlando con los participantes y mostrándoles materiales y algunas ideas. En las tres ocasiones, he recibido palabras admirativas y elogiosas y presumo que las valoraciones que hacen de esas horas de trabajo y de las aportaciones ofrecidas deben ser buenas; en caso contrario, los organizadores, no me invitarían, como sería razonable y lógico. En este caso, se estaba celebrando el V Máster de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil, iniciado el día 12 (al día siguiente de proclamarnos Campeones del Mundo de fútbol, je, je qué momentazo) y cuyo último acto tendrá lugar el día 23 de julio de 2010.

 Desde aquí quiero ya felicitar al casi medio centenar de alumnas y alumnos (docentes de Infantil, Primaria y Secundaria; bibliotecarias/os, editoras/es…) por su respetuosa acogida y por su actitud participativa. Me hizo mucha ilusión encontrarme con un importante colectivo venido de diversos países latinoamericanos que participaron con entusiasmo… Espero y deseo que algunas de estas personas, cuyos nombres desconozco en su mayoría (como suele pasar en estos eventos) se pongan en contacto conmigo y podamos intercambiar materiales y afectos. Como siempre hago, ofrecí mis direcciones de contacto para hacer posible esa comunicación, una vez pasen los días, venga la reflexión y lo que ayer pareció muy interesante, siga siéndolo. Siempre me entristece la sensación de no poder intimar y charlar más tiempo con las personas asistentes y conocer sus expectativas, sus opiniones, sus problemáticas…

También tengo que agradecer la acogida y el acompañamiento de esta gente del CEPLI (Centro de Estudios de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil) de la Universidad de Castilla-La Mancha, que ya cumplieron 10 años y que están haciendo un trabajo para quitarse el sombrero, amén de contar con un fondo de publicaciones propio: reflexión, investigación, creación, trabajo de campo… realmente admirable, cuidado y de gran calidad: Pedro, César, Santiago, Cristina, Sandra, Mª Carmen, Tatiana… ¡Con gente así, se puede ir a cualquier sitio! También fue entrañable el reencuentro con Fernando Alonso (el escritor, claro) y las conversaciones que aún pudimos tener antes de que él marchara.

 Hice el viaje el martes, 13 (que ya hay que tener valor para ponerse en carretera en un día así). Como estaba en Labuerda, bajé con Mercè hasta Barbastro; allí cogí un autobús hasta Lérida; esperé en la estación algo más de tres horas hasta la salida del tren que me llevaba a Madrid. Tomé un taxi para acercarme a la estación de autobuses y tomar un “exprés” que me llevara sin parar a Cuenca. Total que salí de Labuerda a las nueve de la mañana y llegaba al hotel de Cuenca a las 9 de la noche. El regreso de hoy lo he iniciado a las 7 de la mañana, en el tren “pendular” (le llamo así por el traqueteo que lleva, que casi te impide leer. Puedes desayunar el café por un lado y la leche por otro. Luego te montas en el tren y tranquilo que, con el movimiento, la mezcla en el estómago está asegurada y será muy, muy homogénea, je, je) y ha durado hasta las dos, que es cuando he llegado a Fraga… Todo esto, cuando se está de vacaciones y te tratan tan bien, no es más que una anécdota festiva.

 El caso es que ayer por la tarde, materializamos alguna propuesta de escritura con el personal del curso y les prometí que podrían verla publicada en este blog. Es un pequeño acto de agradecimiento y la generación de un texto especial y colectivo, realizado con las aportaciones de quienes me dejaron su hojita de escritura. En este caso, tomamos la fórmula de los “meacuerdos” (ideada por Joe Brainard en su libro “I remember”). Les pedí que escribieran cinco recuerdos cada uno; leímos en directo algunos de ellos y ésta sería una selección de los que me entregaron: un recital de olores que han quedado para siempre impregnados, sentimientos emocionados, amores primeros, lecturas que dejaron huella, personas que fueron importantes, lugares inolvidables… En definitiva, algunos breves fragmentos significativos de muchas vidas…

“Me acuerdo de una tarde de invierno con mi primera novia en el instituto. Me acuerdo cuando vinieron los príncipes del Japón a mi pueblo y fuimos todo el colegio con banderitas a saludarlos. Me acuerdo de cantar “caracol-col-col” para que los caracoles sacaran sus cuernos al sol. Me acuerdo del olor del tomillo y el romero en el camino hacia mi casa. Me acuerdo de la risa de mi padre. Me acuerdo de la primera vez que me zambullí en una novela de tal manera, que creí que debía de estar escrita para mí. Me acuerdo, cuando yo era niño, de las historietas que nos contaba en clase un cura. Me acuerdo de cuando un vecino, a las doce de la noche, venía borracho y no podía abrir la puerta de la calle. Me acuerdo del sabor y aroma del bocadillo de tortilla francesa que mi abuela me preparaba y yo comía en la calle cuando era la hora de cenar. Me acuerdo del nogal al que subía con mis amigas y nos tumbábamos en sus grandes ramas. Me acuerdo de la cara de mis primeros alumnos cuando les conté un cuento en el que se asustaron. Me acuerdo de mi maravilloso viaje a Argentina, sus paisajes, sus gentes y el sabor tan exquisito de sus alfajores y sus carnes a la brasa.

 Me acuerdo de cuando Marco buscaba a su madre. Me acuerdo cuando llenaba las mangas de mi jersey de cerezas recién robadas. Me acuerdo de mi abuelo Santiago; siempre me acuerdo… ¡Me acuerdo tanto de “los 7”, de “los 5”; gracias a ellos me picó el bichito de la lectura. Me acuerdo cuando cinco golpes de mano traspasaban –TE-QUIE-RO-MU-CHO- e iban de mi padre hacia mí; eran las veredas recorridas de mi infancia y la fortaleza para caminar. Me acuerdo de los títeres de Pedreka y de las películas vistas en patios con olor a naranjas. Me acuerdo cuando grité a mi madre: “¡Salí de allí!” Se había sentado en la silla donde estaba mi amiga invisible. Me acuerdo de un verano caluroso cuando me picó una abeja en las nalgas. Me acuerdo de los patios arenosos de mi escuela, donde las rodillas sangraban al caer jugando. Me acuerdo de la primera vez que levanté una mano en el jardín de infancia para dar una respuesta correcta. Me acuerdo de miss Marjorie, la bibliotecaria inglesa de mi escuela: coja, vieja y fea. Me acuerdo de mi primera muñeca que se transformó en mi hija por muchos años. Me acuerdo del terremoto del 85 en Chile, cuando el suelo se movió para todos lados. Me acuerdo de los abrazos de mi abuela.

 Me acuerdo de mi perro Martín, mi primera mascota. Me acuerdo de la risa de mi hermana pequeña. Me acuerdo de la emoción de mi padre el día que aprobé la oposición. Me acuerdo del olor de la casa de mis abuelos. Me acuerdo del día que decidí ser profesor. Me acuerdo del olor a mantecados que surgía al abrir la caja poco antes de iniciar la navidad. Me acuerdo de cómo nos hacía callar en clase la señorita de 3º (nunca más volví a ponerme cola). Me acuerdo de la primera vez que fui al cine sola y acabé llorando, sin pañuelo y sin nadie con quien compartir la pena que te transmitía aquella película. Me acuerdo de la primera vez que vi a David. Me acuerdo del olor de mi abuela Teresa. Me acuerdo de ir todas las tardes con mi padre a regar al campo. Me acuerdo de salir con patines y mi perro en el carricoche de juguete y decir: ¡mira, la vida me va sobre ruedas! Me acuerdo de la paciencia de mi madre para jugar conmigo siempre que se lo pedía. Me acuerdo del delicioso olor a bizcocho recién hecho. Me acuerdo de la pelota roja con la que jugaba de pequeño. Me acuerdo de cuando aprendí a montar en bicicleta. Me acuerdo de mi primer beso. Me acuerdo del huerto de mi abuelo. Me acuerdo de la primera vez que vi la televisión en color. Me acuerdo de la fiesta del día de mi boda. Me acuerdo cuando leí Cien años de soledad. Me acuerdo cuando mi padre me leía cuentos a la luz de una vela, porque en mi pueblo muchas veces había apagón. Me acuerdo del perfume de la flor de madreselva. Me acuerdo de lo que lloré el primer día que fui al colegio. Me acuerdo del olor a asfalto mojado en verano. Me acuerdo de Pili y el olor de su biblioteca. Me acuerdo de la angustia al bajar al pozo de la mina.  Me acuerdo cuando me levantaba por la mañana y desayunaba leche recién catada.

 Me acuerdo de la primera vez que fui a la biblioteca. Me acuerdo de cuando mi hermano empezó a andar. Me acuerdo de las manos grandes, ásperas y trabajadas de mi abuelo. Me acuerdo de la hospitalidad y amabilidad de mi abuela. Me acuerdo del agotamiento que sentía después de las clases de natación en agosto. Me acuerdo de la primera vez que vi el mar…; fue decepcionante. Me acuerdo de la primera vez que olí el mar…; fue maravilloso. Me acuerdo que cuando llegaba a casa de pequeña, mi abuela estaba siempre leyendo. Me acuerdo de cómo me enteré de que los Reyes Magos eran los padres. Me acuerdo de cómo se lo conté (lo de los Reyes) a niñas y niños del barrio, mayores, que no lo sabían aún. Me acuerdo que siempre me han gustado los árboles de hojas pequeñas. Me acuerdo de las escuelas por las que he pasado. Me acuerdo del olor del café cuando lo están tostando. Me acuerdo del Pirineo en veranos jacetanos. Me acuerdo de los refranes de mi abuela.

Me acuerdo del paisanaje y paisaje rumanos. Me acuerdo de las celebraciones de cierre de año del colegio, cuando estaba en primaria, porque eran una bonita oportunidad de compartir en familia mis logros académicos. Me acuerdo de mi experiencia como fundadora de un periódico escolar con varios colegios…; solamente tenía 15 años y me sentía ya muy “grande”. Me acuerdo de un piano que me regaló mi papá porque no sabía que lo había comprado y al llegar a casa él estaba esperándome con el piano. Me acuerdo del incesante repicar de un corazón cuando él pasaba. Me acuerdo del helado de chocolate y limón, de la dulce espera en un banco del parque. Me acuerdo del perfume de mi madre; el tesoro inalcanzable que guarda en su mesita de noche. Me acuerdo de la primera y última bofetada de mi padre. Me acuerdo de la primera vez que leí a Benedetti. Me acuerdo del día que nació Aitana. Me acuerdo de cantar “que canten los niños…” con mi clase de 3º. Me acuerdo de las Fiestas de la Luna, en mis años locos en Tarragona. Me acuerdo de Rafa. Me acuerdo de cuando nació Bruno, era diciembre y la luz que iluminaba el pasillo anunciaba algo hermoso. Me acuerdo de Rosalía, mi bisabuela; nunca me he sentido tan consentida y preferida por alguien. Me acuerdo de Germán y yo en la secundaria, nos sentíamos tan plenos… aún somos tan felices…”

 Después de tantos “meacuerdos”, siempre es conveniente pensar que cada uno de ellos no es más que el título de una, seguramente, hermosa y larga historia. Sea pues esto una invitación a tomar un cuaderno, tenerlo a mano  e ir escribiendo lo que vamos recordando, “condensando la vida”.

INTERCAMBIO DE PALABRAS

Ha comenzado un nuevo periodo estival con fuerza. Estos primeros días de julio estamos padeciendo unas temperaturas que nos llevan  a recordar sin querer los fríos días de invierno… Más que nada para tratar de compensar y sentir algo de fresco ahí, precisamente, en el pensamiento, porque, por lo demás, tal ejercicio intelectual no resulta de mucho alivio.

Durante el pasado mes de junio, he aprovechado un año más para mandar casi un centenar de sobres con materiales de regalo a las amistades. Y en el interior de muchos de ellos, una nota de saludo y recuerdo o una cartita para poner palabras al reencuentro. Sé, porque así me lo dicen algunos y algunas de las amigos y amigas receptores de estos sobres, que su llegada les produce una pequeña alegría porque lo que normalmente reciben son precisamente “recibos”, de la compañía eléctrica, de la telefónica y de los bancos. Y todos sabemos cómo son de frías estas comunicaciones: aquí las palabras sobran y se imponen los números.

 Debo decir una vez más, que soy firme defensor de la correspondencia y el intercambio. Practico la primera con profusión y utilizo para ello, indistintamente, las vías tradicionales o las electrónicas. Entre unas y otras, uno va tejiendo una red de afectos. Esas comunicaciones actúan como un complemento vitamínico; te dan un plus de energía, protegen y mejoran la autoestima, pueden desatascar un “cruce de caminos” o señalar claramente una dirección; ofrecer una solución fácil a un pequeño problema; reconfortarnos un poco; alegrarnos casi siempre… Las palabras amables y cariñosas son buenas compañeras para todas las personas y a cualquiera le gusta recibirlas.

Como decía, en esos sobres que he ido enviando a las amistades este pasado junio había un gurrión, un Bibliotelandia, un ABCdario y un desplegable… Materiales todos, derivados de “mis otras actividades” y que a mí me gusta divulgar y poner algunos ejemplares en manos de las amistades como vengo diciendo. Como consecuencia de esos envíos, un porcentaje determinado de sus receptores, da noticia y agradecimiento del envío. Y hoy quiero agradecerles esas palabras y, por eso, las recupero para componer este primer post vacacional. De paso, voy entrenándome, después de este año especial que he vivido, a componer textos colectivos, con la suma de las aportaciones de otras personas:

.. “Cuando recibo tu sobre me siento como niño con el regalo de Reyes.
Muchísima gracias... me encanta.
” Así se expresa mi amiga Agustina, desde Madrid.

 .. Mamen, desde Zaragoza, dice en una parte de su correo: “Hola Mariano. Gracias por enviarme el Bibliotelandia 62, el ABCdario de título largo, ja,ja y los dos “Y tú ¿cómo pintas?” El próximo septiembre quiero meterme más con el tema de la Biblioteca escolar, los padres… y todo nos vendrá bien. Gracias”.

 .. Blanca, desde Euskadi: “Querido Mariano: ayer llegaron tus regalos envueltos de ternura para el alma. Te agradezco mucho todo, especialmente tu carta. En cuanto al abecedario, estupendo. En mi cole ha causado sensación. Incluso me preguntan si pueden comprar una tirada para labor de tutoría”…

 .. Pepe, desde Zaragoza: “Hola, Marianico: ¿Qué tal este  final de curso? Espero que sigas a tope con la vitalidad y el buen humor, que te caracterizan. Quería saludarte y darte las gracias por el envío que me hiciste. Te lo agradezco, pues me ayudan mucho las cosas que vas haciendo”…

 .. Pili, desde Mequinenza, me escribe en estos términos: “Hola, Mariano: gracias por tu último envío. ¡Cuántas cosas quedan reflejadas en Bibliotelandia! Realmente, hasta que no lo ves por escrito no abarcas la magnitud del trabajo hecho. Se lo  enseñé a las mamás y quedaron contentas y con ganas de continuar nuestro ir y venir con vosotros. A ver qué se nos ocurre para el próximo curso. También muy interesante el ABECEDARIO del sentido común. Deberían traerlo los niños bajo el brazo nada más nacer, seguro que en las escuelas lo notaríamos…”

.. Desde Salamanca, Tita inicia su carta así: “Querido Mariano: mil gracias por el envío de los materiales, como siempre estupendos y actuales. Siempre es un placer leerte…”

 .. Pedro, desde Huesca, me recuerda que, en ocasiones hasta mando las cosas por duplicado: “Mariano, he recibido todos tus regalos. Y en medio de la que está cayendo, es un soplo de brisa marina (como se me intuyen las vacaciones). Espero que estéis bien, ya dispuestos a vuestra emigración estival. Y como estamos en época de recortes, no me envíes más gurriones, que me llegan ya como suscriptor (uno más de los afortunados)”

 .. Mª Carmen, desde Lleida: “Hola, cómo va? Recibí ayer tu sobre y quería darte las gracias antes de que se me olvide. Tiene muy buena pinta ese nuevo abecedario que has editado: aguarda junto a las revistas para ser leído a partir del miércoles. El martes tengo un examen de Estadística -sí, tal como lo oyes, una de letras puras metida en semejante berenjenal! pero es que se trata de una asignatura troncal, mira tú!”

 .. José Luis, desde un lugar escondido de la Ribagorza: “Hola Mariano. Muy chuli lo que me has pasado: Bibliotelandia, ¿y tú cómo pintas?, ABCdario para ayudar, aunque me insultes como "webero" :-). Mil gracias. Da gusto en estos tiempos tan digitales encontrar papel y tinta para respirarlo y olerlo con los ojos. Un abrazo”.

 .. La exagerada de Ángeles, desde Teruel: “Si recibir la revista "El Gurrión" y la revista "Bibliotelandia" ya es de por sí un lujo, si encima lleva tu saludo de puño y letra con un buen deseo... ya es para morirse!!! Gracias Mariano, esto me sirve de "nutriente" del verbo NUTRIR, de tu abecedario de la pedagogía del sentido común”.

.. Desde Zaragoza, Puri que no sabía que había colaborado en el último Bibliotelandia, je, je.: “Buenas tardes Mariano! Muchas gracias por la revista, la recibimos el martes en el cole y nos hizo mucha ilusión tanto a Monse como a mí ver a nuestros chicos en la misma. De haberlo sabido habríamos escrito algo un poco mejor.  Como ahora nos pilla un poco tarde, hemos pensado en enviarte un ejemplar de nuestra revista del cole, que recoge un poco de todo lo que hacemos a lo largo del año…

 .. Desde Antequera, Charo da señales de vida de esta manera: “Hola Mariano, Si lees este correo será que te ha llegado, que no has  cambiado de cuenta. Me llegó el sobre con tus recuerdos y las  revistas, gracias. Deseo que estés muy bien, y que las cosas vayan con su ritmo, el natural, el bueno.
Me sigue alegrando mucho ver un sobre que apenas cabe en mi buzón,  porque en ese momento me llega aire fresco, es el efecto que me  produce, no sé... será porque viene del norte…”

.. José Luis, desde cualquier parte de Aragón: “Hola, Mariano: Te escribo para darte las gracias por el paquete que me enviaste hace unas semanas. Ahora que tenemos por delante las vacaciones aprovecharé para leer muchos libros y trabajos que tengo apilados en la enorme montaña de las cosas pendientes. También aprovecho para felicitarte por tu Cadiera de Macoca. Me parece un preciosidad de página donde aparece un trabajo y una labor propia de gigantes…”

 .. Mariant, desde Pamplona, con ese toque suyo, tan personal, ja, ja, me manda mensaje al facebook: “Hoola mariano, guaaapo. Te escribo desde este cacharro, y no me lees. ¿Lo haré mal? Qué majo, me has mandado el Gurrión. ¿Qué tal estás? Yo, agotada. Necesito vacaciones Mariano. Que me hace muchísima ilusión recibir tu cartica, a mano como toda la vida”.

 .. Eva, desde algún punto inconcreto entre L´Aínsa y Barbastro, también al facebook: “Hola Mariano: Muchas gracias!! El abecedario me ha gustado mucho, muy buena elección de palabras. La revista me encanta mirarla, leerla y ver las fotos que traen muchos recuerdos...y juntar arte y libros es una combinación preciosa. Cada vez os superáis!!!”

 .. Ana Jesús, desde la mineral, vegetal y –espero que soleada- Asturias, me manda este mensaje al facebook: “.Hola Mariano. Hoy he recibido un sobre con unos cuantos regalitos tuyos. ¡Como siempre tan generoso! Muchas gracias. El abecedario me ha encantado; bueno también los libritos claro ¿Qué tal este fin de curso para ti especial? Yo estoy deseando acabar y que salga el sol! Un gran abrazo”.

 .. Susana, desde un pueblecito de la Hoya de Huesca, me deja escrito en la “red social” nombrada: “Espero que hayas escuchado el mensaje que te dejé esta semana en el contestador del teléfono de tu casa de Labuerda. Te iba a escribir, pero hemos tenido el ordenador a reparar unos días. Me quedé perpleja, con tu último envío, por la agradable sorpresa. ¡Qué buenos momentos me proporcionas!

 .. Edurne, sorprendida, desde Pamplona: “Hola Mariano: He visitado tu blog, página web y demás. Me quedo anonadada. O tu día tiene 48 horas o el mío 12, pero algo raro tiene que haber... ¿Cómo es posible que te dé tanto tiempo para escribir, leer, comentar libros...? Lo digo sinceramente, no es adular ni nada por el estilo…”

 Algunas veces, soy yo quien recibo sobres sorprendentes o comunicaciones inesperadas, como el conjunto de materiales que suele enviarme cada mes de mayo, mi amiga Sacra, desde Extremadura, como resultado de su admirable trabajo con el alumnado de infantil de su centro: libros libres, revistas, cuentos y otras sorpresas. Sería ocioso decir que Sacra es una de las que también recibe mis sobres con regularidad desde hace muchos años. Y es probable que, por fin, mañana la conozca en carne mortal.

Y, para terminar, y hablando de sorpresas, le escribí a María (maestra y escritora de la provincia de Huelva) por un artículo que había publicado ella en la revista “Padres y Maestros” y para hacerle una precisión y me contestó con una extensa carta (esta vez fui yo el sorprendido) que empieza así:

“¡Hola, Mariano! En primer lugar decirte que es todo un honor para mí recibir un correo tuyo. Te sigo desde hace mucho tiempo y soy una admiradora tuya. Te nombro en todas las exposiciones y cursos que doy para maestros, y como no me sabía cómo ponerme en contacto contigo, no había podido pedirte permiso para decirte que difundo esa "carta" tuya dirigida a los maestros y maestras en la que vas haciendo un recorrido por el abecedario con consejos y recomendaciones en nuestra función de promotores de la lectura. Eres un ejemplo para mí, así que MUCHAS GRACIAS POR TU CORREO…”

 No sé bien si era esto lo que quería escribir, porque uno nunca sabe qué efecto produce el resultado final de esta acumulación de aportaciones diferentes, pero sí tenía la intención de reunir estas buenas palabras y agradecérselas a quienes las escribieron, a la vez que les deseo un feliz verano, con mucho descanso, relajación, lectura y escritura… si les apetece, claro.

EL CONDADO DE CERRO ALTO

Acabo de recibir un cuento medieval, escrito por Agapito Gómez Tellerías. Es el regalo de este amigo que sabe escribir con ponderación todo lo que, según dice, ocurrió. No obstante, aclara, cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. A mí me ha ido de perillas, porque me tocaba escribir un nuevo texto estos días y no tenía las ideas muy claras, de modo que con esta colaboración doy por cerrado el mes de junio. Va muy bien esto de abrir el blog e invitar a escribir a los amigos. Buenas vacaciones para todos los que tengáis la posibilidad de vivirlas.

 “Había una vez un condado, de nombre Cerro Alto, en el lejano país de Letrilandia que sufrió una fuerte conmoción. Varios de los notables del mismo decidieron cambiar de aires y pidieron asilo en otro territorio que prometía nuevas y mejores prebendas.

 Huérfano como iba a quedar el condado de autoridad, el caballero protagonista decidió que había llegado su momento y tras pactar su subida al trono con otro caballero aspirante, presentó su candidatura para dirigir Cerro Alto. Se rodeó, para empezar, de dos doncellas de reconocida solvencia, capacidad de trabajo y autoridad moral. Juntos hicieron llegar sus pretensiones y planes a las instancias reales y éstas las aceptaron; de modo que los componentes del triunvirato fueron elevados a la categoría de dirigentes del condado. El caballero pasó a ser Corregidor(1) y las doncellas a ocuparse de la administración y el buen gobierno. En el condado comenzó una nueva vida.

 Los villanos y villanas se alinearon con los nuevos gobernantes con diferentes grados de compromiso. Algunos pusieron sin reservas, al servicio del triunvirato y de la nueva empresa, su caballo y sus pertrechos personales, mientras otros y otras, mantenían una prudente y expectante distancia a la espera de ver cómo evolucionaba la nueva era. Por último, un pequeño grupo, otrora acompañantes fieles en justas y banquetes, tomaba distancias incomprensibles y no podía disimular sus iracundos recelos.

 Durante más de tres años, el Condado recibió un profundo lavado de cara. Se aprobaron nuevas normas, reglamentos internos y externos, se instauraron celebraciones que mejoraron las relaciones con la villanía y, poco a poco, fueron desapareciendo los recelos y frenos a participar en asuntos de gobierno y a sentir como suyos los avances colectivos. Cada día salía y se escondía el sol en sus dominios, sin que hubiera sobresaltos. En las asambleas mensuales se escuchaban varias voces y eso ayudaba a crear un clima de confianza y participación: se renovaban las armaduras, se repartía el mobiliario de las estancias, se estimulaba la participación de una manera desconocida hasta entonces y la villanía sentía que era tenida en cuenta y que podía trabajar en la dirección que marcaba el triunvirato. Incluso, para que se cumpliera un viejo dicho del condado, que decía: “Quien labra bien, siembra adecuadamente y cultiva con esmero, recogerá cosecha con gracia y salero”, se iniciaba a las mesnadas más menudas en la participación y la representación; de modo que a medida que fueran creciendo incorporasen esos valores a sus nuevas vidas.

 El corregidor vivía bastante plácidamente, hasta que fue observando que una de las doncellas empezó a gozar de mayor reconocimiento (sobre todo, por lo de la autoridad moral, que se tiene o no se tiene) y de amplia confianza dentro y fuera del condado. Su proceder eficiente y su talante personal la hicieron merecedora de la confianza de los súbditos que recurrían a ella para contarle sus cuitas y exponerle sus problemas.

Debido a esa situación, el corregidor se consumía con frecuentes ataques de celos, hasta que su comportamiento empezó a preocupar por taciturno, solitario y amargado, haciendo la vida imposible, tanto a una doncella como a la otra y despreocupándose del gobierno del condado (un poco más, porque a él, más que el trabajo le gustaba la representación).

 Los enviados reales detectaron ese bajón y comprobaron que se había llegado al final del cuatrienio pactado raspando las coordenadas medievales. A pesar de ello y, desde luego sin merecerlo, renovaron su confianza en el corregidor quien se vio beneficiado de esa decisión a pesar de su cobarde actitud. El corregidor cambió entonces a las doncellas por dos lugartenientes, que se prestaron muy amablemente a sustituir a quienes habían aportado a la gobernabilidad del condado, sensatez, trabajo y participación. Los elegidos fueron una hembra y un varón. Para ese cambio, ya no hizo falta ni planes, ni proyectos, al corregidor le bastaba con rodearse de dos personas obedientes que no le iban a  hacer sombra

 Con rapidez se dieron cuenta los súbditos que las cosas iban a dar un giro considerable. Pero, como suele ocurrir en todos los condados, hubo algunos villanos y algunas villanas que celebraron la defenestración de las dos doncellas y la llegada de los nuevos lugartenientes. En las reuniones de gobierno, a partir de ese hecho, dejó de haber voces diferentes. Ya sólo iba a escucharse la voz engolada del corregidor, rodeado de dos títeres que le iban a reír las gracias. El corregidor que ya se creía conde, se autonombró “condísimo” y ya sólo se escuchó su voz hablando de todas sus hazañas: que si había celebrado justas y encuentros con otros notables como él; que si había estado reunido con representantes de territorios superiores para adecuar algunas normas a las leyes generales del reino; que si había sido llamado por otro conde superior a la capital del reino para hablar de esto y de aquello… Los súbditos asistían a las asambleas perplejos, porque nunca se hablaba de la vida cotidiana, de lo que afectaba a cada uno y a cada una, en el desempeño de los arduos trabajos necesarios para mantener en pie aquel viejo condado que, claramente, comenzaba a desmoronarse; tareas cada vez más complicadas en la educación de las jóvenes mesnadas.

 Era bien visible una tiranización gradual del corregidor-conde; de modo que comenzó a rodearse de secuaces que le daban apoyo, a cambio de algunas prebendas. Ya no importaba el condado, ni la mayoría de los súbditos, sus problemas, sus anhelos… Donde dije, digo y digo Diego; ahora lo importante era la manipulación de la información para conseguir soterradamente lo que el corregidor-conde y sus secuaces anhelaban: ejercer el poco poder y repartirse algunos pírricos beneficios.

 La vida en Cerro Alto se estancó y se fueron ralentizando, desmontando o perdiendo efectividad algunas medidas y actuaciones que habían dado prestigio y esplendor en otro tiempo a aquel viejo condado. Los más ancianos decían y repetían con frecuencia: “jamás los tontos aportaron soluciones, si acaso, problemas a montones” y comenzó un distanciamiento de las personas que no se dejaban doblegar por la voluntad del tiranuelo. Hubo un grupo reducido que se refugió en un ala del castillo y se hizo fuerte porque contaba con crédito y autoridad moral entre un grupo amplio de villanas y villanos. La fama de su valiosa experiencia, su buen hacer y sus cualidades habían llegado a otros condados próximos y alejados de Cerro Alto y gozaban de predicamento y reconocimiento… Situación que los mantenía a salvo de las ocurrencias del –ya en ese tiempo- tirano conde.

 El miedo se instaló en las asambleas y algunos súbditos contaban por corredores y descampados  que no se atrevían a levantar la voz y a criticar al conde porque tenían miedo de las represalias. Todos y todas habían visto y escuchado, con sus propios ojos y con sus propios oídos, algunas respuestas airadas a algunos súbditos que reclamaban atención para poder realizar mejor sus funciones en el condado. Y muchos habitantes del mismo se habían percatado hacía tiempo de las influencias negativas que ejercían un par de chamanes de la tribu que realizaban ensalmos y cataplasmas, servían como oráculos y conseguían enfrentar a la villanía…

 Ante el progresivo abandono que ésta iba haciendo del conde, éste, descaradamente, se iba uniendo, contra natura, con todo aquel que le prestase apoyo para poder disfrazar su poder autoritario y déspota (en claro aumento) en un supuesto gobierno participativo: ocultaba información, la tergiversaba, se hacía el tonto para no hacerse responsable, se le veía cuchicheando con sus afines por corredores y almenas y había criado una profunda ojeriza hacia quienes no secundaban ciegamente sus ocurrencias y podían discutirle algo que nunca tuvo: la autoridad moral.

 La noche se cernía sobre el otrora floreciente condado y una niebla se había instalado en el territorio, impidiendo la visión de sus confines. Los años pasaban y las telarañas y el polvo cubrían algunos principios fundacionales. Como pasa en estos casos, los villanos y villanas con más años habían cavado trincheras defensivas y efectivas para estar a salvo de las iras del conde que, como un loco peligroso, daba bandazos, hablaba solo y pasaba más tiempo fuera del condado que dentro (al menos con la cabeza).

 Entonces, una fuerza extraña vino a salvar a las gentes de Cerro Alto. Las autoridades reales habían determinado hacía unos años que los corregidores debían cesar en sus funciones al llegar a una edad determinada y el corregidor-conde del que estamos hablando ya la había cumplido. De modo que se pregonó por todo el condado que el corregidor abandonaba el cargo y pasaba a la reserva, y él mismo anunció que haría todo lo posible para que sus lugartenientes se retirasen con él (porque así se lo habían pedido) y no fueran nombrados por los representantes del Rey para el siguiente triunvirato. Más, como había hecho otras veces, no tuvo ningún problema en romper su palabra y apuntarse a lo contrario, a pedir con todas sus fuerzas que sus lugartenientes siguiesen en el poder para garantizar la continuidad de sus intrigas o para evitar que otros recién llegados mirasen la gestión del corregidor con ojos algo más críticos y pudiesen alterar, con sus descubrimientos, lo que él siempre creyó que hizo: una gran obra… Con su marcha terminó en el condado la Edad Media y empezó un tiempo nuevo. Muchos villanos y villanas esperan que sea un tiempo mejor.

Hay quienes dicen que, de vez en cuando, ven al ex corregidor andar por caminos y veredas, con las manos atrás, menos pelo y pensativo, con aquella cara de amargado que tantas veces mostró en el condado. Lugar en el que, por cierto, no ha vuelto a pronunciarse su nombre, señal evidente de que ha dejado una profunda huella… Y colorín, colorado, aquí termina la historia negra, de aquel condado”.

……………………………….

(1) Un Corregidor era un funcionario real, instituido en Castilla por Enrique III en torno a 1393, cuya misión era representar a la Corona.  Desaparecieron en 1833.

JABULANI Y VUVUZELA

Es muy probable que, este Campeonato del Mundo de Sudáfrica, sea recordado por estas dos palabras de nuevo cuño. Jabulani suena a nombre de ministro iraní, pero si se pronuncia  junto a Vuvuzela, da la sensación de que nos referimos a una pareja de cómicos, a dos personajes de animación infantil o a los protagonistas de una de esas historias de amor imposible. Seguramente acabarán siendo eso: dos protagonistas inseparables del Campeonato Mundial de Sudárica 2010, aunque es posible que el amor no acabe de florecer entre ambos. “Jabulani” es el nombre del polémico “balón de playa” (al decir de algunos) con el que se juega este campeonato y “Vuvuzela” es esa trompeta que no cesa de sonar en los estadios y que recuerda a un enorme moscardón; aunque, en realidad, sea la mosca cojonera más molesta que se ha inventado nunca.

 Desde 1930, cada cuatro años, el Campeonato del Mundo de Fútbol, genera múltiples expectativas y dispara la curiosidad por ver el comportamiento de algunos combinados nacionales, el emerger de nuevas figuras o la consagración de jugadores que, con una trayectoria notable o sobresaliente en sus clubes de origen, esperan a este evento para realizar actuaciones memorables. Aprovechando que se está celebrando la decimonovena repetición de este mundial acontecimiento, quería dedicarme a hacer un pequeño recorrido por todos los campeonatos mundiales de los que he sido testigo y de los que guardo algún recuerdo en mi memoria. Como se verá, unos dejaron mayor huella que otros y hay un progresivo adelgazamiento de recuerdos, ¿por qué será?

 El primero del que tengo recuerdos directos y que vi en televisión fue el de 1966, celebrado en Inglaterra. Lo que sé de los anteriores es por haberlo leído en diferentes documentos. Aquel año, las gaseosas La Casera editaron un álbum con 240 cromos, de las 16 selecciones que llegaron a la fase final (15 cromos por país). Guardo todavía el álbum completo y recuerdo que recitaba los nombres de todos los seleccionados, país por país, y por el orden en el que los tenía pegados en el álbum. También ese año, los chicles Bazooka enviaban los retratos de 41 jugadores españoles más el seleccionador, de seis en seis, a cambio de mandarles 10 historietas de las que salían en cada chicle y un sello de 1 peseta para la respuesta. Guardo todos esos retratos junto con la tarjeta de socio  del “Club Bazooka Joe”, número 2987 y otras cartas y regalos. En el primer envío, recibías los retratos de Neme, Suárez, Amancio, Olivella, José María e Iríbar, ¿los recuerdan?

 Bueno, pues en 1966, me acuerdo de ver los partidos (algunos) televisados en el bar de casa Carrera de Labuerda. Me acuerdo que España perdió con Argentina y Alemania en la fase previa. Me acuerdo que sólo ganamos el partido contra Suiza, con un gol de Sanchís que deshacía un empate a uno. Me acuerdo que Corea del Norte le ganó a Italia y que le ganaba 3 a 0 a Portugal, aunque acabó perdiendo. Me acuerdo de Eusebio, la estrella portuguesa, una gacela, capaz de marca 4 goles seguidos a Corea del Norte. Me acuerdo de algunos errores arbitrales en las semifinales entre Portugal e Inglaterra que facilitaron a ésta llegar a la final. Me acuerdo que la señal de televisión iba y venía y nos perdimos algunos goles importantes. Me acuerdo del gol fantasma de Inglaterra, en la prórroga de la final. Me acuerdo que Inglaterra fue campeona del mundo y que en esa selección jugaba, con las medias bajadas, un “carnicero” de apellido Stiles, aunque también lo hacían B. Moore y B. Charlton.

 En 1970, el mundial se fue a México. Yo estudiaba bachillerato en Huesca y allí me pilló el comienzo. Me acuerdo que los partidos se retransmitían a horas intempestivas. Me acuerdo que una noche bajamos a ver un partido a la sala de televisión del internado, sigilosamente, para que no se enteraran los curas. Me acuerdo que nos pillaron. Me acuerdo de una semifinal, Alemania contra Italia. Me acuerdo que empató Alemania, por medio de Schnellinger en el último minuto. Me acuerdo que la prórroga fue apoteósica. Me acuerdo que se marcaron cinco goles en ese tiempo añadido. Me acuerdo que la ganó Italia por 4 a 3. Me acuerdo que ya destacó un futbolista alemán, de apellido Beckenbauer. Me acuerdo que no vi la final. Me acuerdo que estaba en Labuerda de vacaciones. Me acuerdo que esa tarde- noche, llegábamos de bailar de la “explanada” cuando Brasíl le metía el cuarto a Italia. Me acuerdo que todo fueron elogios para los brasileños. Me acuerdo que en aquel equipo jugaban Pelé, Tostao, Gerson, Carlos Alberto, Jairzinho…

 En 1974, el mundial se jugó en Alemania. Me acuerdo de Holanda. Me acuerdo que maravilló su fútbol y sus futbolistas. Me acuerdo que se enfrentaban la RDA y la RFA. Me acuerdo que ganó la primera. Me acuerdo que el favorito era Holanda. Me acuerdo que Alemania ganó el mundial. Me acuerdo que consideramos a Holanda como vencedor moral de aquel mundial. Aún hoy día se recuerda a Holanda como la selección que hizo el mejor fútbol con ventajas. Me acuerdo que a aquel equipo se le recuerda como “la naranja mecánica”. Me acuerdo de Polonia, que hizo un gran torneo. Me acuerdo de Cruiff, de Muller y de que España no estuvo presente porque un gol de Katalinski nos dejó sin esa posibilidad en la clasificación con Yugoslavia.

 En 1978, el mundial volvió a América y se jugó en Argentina. Me acuerdo que Argentina había sufrido un asalto a las instituciones y los milicos habías instaurado una dictadura militar. Me acuerdo que Kubala era el seleccionador español. Me acuerdo que nuestro verdugo fue Austria. Me acuerdo del pobre Cardeñosa. Me acuerdo de los seis goles que Argentina le metió a Perú. Me acuerdo que para pasar debía meter esos goles. Me acuerdo de Kempes. Me acuerdo de la fatalidad de Holanda, jugando una segunda final consecutiva contra el país anfitrión. Me acuerdo que la final se ganó en la prórroga. Me acuerdo que el campo estaba todo cubierto de papelitos blancos. Me acuerdo que el campeón fue Argentina. Me acuerdo que aquello generó más de una duda.

 En 1982, el mundial llegó a España. Me acuerdo de Naranjito. Me acuerdo de la patética primera fase de nuestra selección. Me acuerdo que la pasamos con ayudas arbitrales. Me acuerdo que en la segunda fase: liguilla entre tres, empatamos con Inglaterra y perdimos con Alemania. Me acuerdo que Alemania y Austria jugaron vergonzosamente a empatar para eliminar a Argelia. Me acuerdo que Italia no ganó ninguno de los tres partidos de la primera fase. Me acuerdo, en cambio, que ganó los de la segunda (nada menos que a Brasil y a Argentina). Me acuerdo que Brasil llegaba con un equipazo. Me acuerdo que algunos partidos los íbamos a ver al camping de Boltaña. Me acuerdo de Sócrates, Eder, Falcao, Zico... Me acuerdo que Francia hizo un gran campeonato: Tigana, Platini, Giresse, Rochetau... Me acuerdo que perdió la semifinal con Alemania incomprensiblemente. Me acuerdo que Italia se plantó en la final. Me acuerdo que Italia fue campeona del mundo. Me acuerdo de la alegría de Sandro Pertini, presidente de Italia, en el palco del Bernabeu. Me acuerdo que completé un cuaderno con resultados, estadísticas, curiosidades… que todavía conservo.

 En 1986, el mundial vuelve a México. Me acuerdo del gol legal de Michel contra Brasil que nunca subió al marcador. Me acuerdo de la paliza a Dinamarca, con cuatro goles de Butragueño. Me acuerdo de la triste eliminación a manos de Bélgica en los penaltis. Me acuerdo de la trayectoria de Maradona. Me acuerdo de los dos goles que les metió a los ingleses. Me acuerdo del invento de la ola en los estadios; aún dura. Me acuerdo de la final Argentina con Alemania. Me acuerdo que Francia volvió a quedarse sin jugar la final, teniendo un gran equipo. Me acuerdo que ganó Argentina y que Diego fue dios. Me acuerdo que Lineker, seguramente por aquel entonces, hizo una sorprendente y curiosa definición del fútbol: “es un juego de once contra once, que inventaron los ingleses y en el siempre gana Alemania”.

 En 1990 se juega en Italia. Me acuerdo que España perdió con Yugoslavia en octavos de final. Me acuerdo que Argentina se enfrentó con Brasil. Me acuerdo que a Maradona se le leían en los labios gruesos insultos contra la afición italiana que silbaba el himno de su país. Me acuerdo que la final la ganó Alemania de penalti. Me acuerdo que Alemania jugaba su tercera final consecutiva. Me acuerdo que aquí sí fue verdad lo de que “a la tercera será la vencida”.

 En 1994, el mundial cambió de continente de nuevo y se jugó en los EE.UU. Me acuerdo de las cosas de Clemente. Me acuerdo de la nariz rota y sangrante de Luis Enrique. Me acuerdo del fallo de Salinas ante Italia. Me acuerdo del acierto in extremis de Baggio para eliminarnos en cuartos de final. Me acuerdo de la fea nariz del maldito Tassotti. Me acuerdo que, de fútbol, nada de nada. Me acuerdo que, cuando vi la final, quise sugerir que no le entregaran la copa a nadie porque ninguno merecía ganarla. Me acuerdo que no recuerdo a ningún futbolista de interés. Me acuerdo que no tengo ningún recuerdo futbolístico interesante de ese mundial.

 En 1998, el campeonato lo teníamos cerca, pues se celebró en Francia. Me acuerdo del fallo de Zubizarreta. Me acuerdo de la impotencia ante Paraguay. Me acuerdo de la inútil goleada a Bulgaria. Me acuerdo que estaba harto de Clemente. Me acuerdo de la final entre Francia y Brasil. Me acuerdo que me alegré que ganara Francia. Me acuerdo de Zidane y Dessailly. Me acuerdo del triunfo de la Francia intercultural o multiétnica.

 En 2002, el Campeonato Mundial de Fútbol llega por vez primera al continente asiático, con una sede compartida: Corea y Japón. Me acuerdo de la excelente primera fase de España. Me acuerdo de las mancha de sudor en la camisa de Camacho. Me acuerdo del sufrimiento en octavos para ganar a Irlanda por penaltis. Me acuerdo del robo descarado del árbitro egipcio Gandhour. Me acuerdo de la derrota inmerecida ante Corea, en los penaltis. Me acuerdo que Brasilganó la final a Alemania.

 En 2006 vuelve el mundial a Europa y se instala en Alemania. Me acuerdo que España dominó la primera fase. Me acuerdo que en octavos nos cruzamos con Francia. Me acuerdo que nos eliminaron los franceses. Me acuerdo que nuestros vecinos llegaron a la final.  Me acuerdo que Zidane hizo un gran campeonato. Me acuerdo que Italia ganó la final por penaltis. Me acuerdo que Zidane le dio un cabezazo inexplicable a Materazzi.

 Se observa fácilmente cómo, a medida que nos acercamos al presente, los recuerdos adelgazan de manera evidente. Ahí lo dejo, pero es cierto que los últimos campeonatos, a mí particularmente, casi no me han dejado recuerdos de interés. Y, me temo que, como no mejore el nivel futbolístico que hasta ahora hemos podido ver en este mundial sudafricano, sólo recordaremos de él, el grito estridente de las Vuvuzelas y los vuelos “extraños” de los “Jabulanis”. De todos modos, vamos a confiar en que algunos “bajitos”,como Agüero, Messi, Iniesta o Xavi, entre otros, hagan oídos sordos a las citadas “vuvuzelas”, domen convenientemente a los citados “jabulanis” y nos regalen algo memorable que pase a engrosar nuestra particular lista de recuerdos inolvidables de los mundiales de fútbol.

LAS CARTAS DE JULIÁN

Julián Olivera es un hombre singular. El pasado 28 de mayo cumplió 87 años y es un consumado escritor de cartas. No abandona ese medio de comunicación tan personal y hermoso que permite dejar una parte de uno mismo impresa en un papel; impregnándolo a su vez de múltiples huellas invisibles: la mirada constante, el aliento necesario, el pensamiento concentrado en la persona a la que se escribe, el suave tacto de la mano yendo y viniendo mientras se dibujan las palabras que brotan del corazón o del pensamiento…

 Escribir cartas, con lápiz, con pluma, con bolígrafo es un ritual cálido que sigue sirviendo para acortar la distancia física entre dos personas (en ocasiones, separados por miles de kilómetros). Con las cartas cultivamos la amistad, avivamos el amor, podemos dar ánimos a quien los necesita, consolar de una pérdida, ofrecer esperanza en situaciones difíciles, dar noticias desconocidas o poner ante el otro o la otra nuestras reflexiones sobre la vida, sobre el momento que estamos viviendo… Ya sé que hoy día todo eso también podemos hacerlo a través del móvil, del e-mail, de una red social tipo facebook o comentando en un blog… Pero no me negarán que la carta tiene un plus especial. En ocasiones escribimos un e-mail y lo enviamos, a la vez, a veinte personas. Una carta manuscrita suele ser única y va dirigida a una persona. Quien la escribe lo hace pensando solamente en ella y si quien escribe decide, a continuación escribir otra a otro amigo, amiga, etc. casi seguro que será bien distinta, aunque coincida el encabezamiento o la despedida o alguna de las cosas que cuenta…

 Julián Olivera es un hombre sorprendente. En poco tiempo he recibido media docena de cartas suyas. La primera está fechada el 25 de febrero de este año. La recibí con retraso porque no me la envió directamente, sino que utilizó la intermediación de un conocido común. Julián y yo no nos conocíamos o si, como él asegura, sí habíamos sido presentados, debió ser hace mucho tiempo o sin tiempo para intercambiar unas palabras, fuera del protocolario saludo de cortesía. En esa carta, que Julián aprovecha para presentarse y definir un territorio en el que pueda haber coincidencias, me ofrece un texto para publicarlo en El Gurrión. El texto tiene una extensión de siete folios completos y lo primero que debo hacer es teclearlos… Se trata de una “calcetinada” realizada en 1993 desde la boca del túnel de Bielsa hasta Puerto Biello (el portillo por donde franquearon la frontera los republicanos españoles y la población civil encerrada en La Bolsa de Bielsa), con sus amigos José Luis y Constante –ya fallecidos-. Julián me da amplios poderes para cortar fragmentos del texto si lo creo conveniente. Yo le tomo la palabra y suprimo todo aquello que puede ser prescindible a la hora de contar lo que quiere contar, para darle una extensión razonable en la revista. En el recién aparecido número 119 de El Gurrión (páginas 42, 43 y 44) se publica su primera colaboración. Y espero que su salud se mantenga a buen nivel durante años para poder contar con su pluma literaria y su experiencia vital: clarividente y rica.

 Julián Olivera es un hombre polifacético. Debo decir que recibir un sobre suya es siempre una fiesta porque es una caja de sorpresas. Contiene uno o varios textos manuscritos, con una letra clara y personal; textos –las cartas propiamente dichas- que hablan de múltiples asuntos con evidente criterio, relacionados ahora ya con lo que yo le he contado en la anterior. Seguidamente aparecen las sorpresas; por ejemplo, un par de folios escritos a máquina glosando la figura de Paco Rabal, fallecido en 2001 y con quien Julián se había intercambiado algunas cartas.  Da gusto leer las respuestas de Paco a Julián, llenas de sensibilidad y cariño y trasluciendo un alma sencilla, un hombre trabajador y honesto que seguía con los pies en el suelo, a pesar de su fama cinematográfica, sus premios y sus reconocimientos. En el mismo sobre, ¡otra sorpresa!, un texto de una página centrado en Albert Camus. Julián confiesa haber leído toda su obra y ser un incondicional del nobel argelino. Como Julián es un hombre que admira a los maestros republicanos, en ese folio copia un fragmento de la carta que le escribe a Albert Camus su maestro Louis Germain, el 30 de abril de 1959 y que tiene un comienzo potente y definitivo: “Quiero decirte cuánto me hacen sufrir, como maestro laico que soy, los proyectos amenazadores que se urden contra nuestra escuela…” ¡Qué bonito sería que documentos como éste, fueran repartidos a principio de curso entre los maestros y maestras de este país para su lectura y posterior comentario! ¡Cuántos proyectos amenazadores contra la escuela se siguen urdiendo desde hace años, amigo Louis…! Julián completa la página con comentarios de la obra de Camus: “un faro brillante del siglo XX”, tal como él lo define.

 Julián Olivera es un hombre amante de la lectura y de la escritura. Julián toma notas y escribe resúmenes de libros o noticias de actualidad, copia fragmentos de las lecturas que realiza… “Soy autodidacta; mi Universidad fue la obra de Ortega, que empecé a leer a los 16 años, cuando en la sórdida posguerra trabajaba como botones en una empresa. Me suscribí a “Revista de Occidente” cuando inició su segunda época, hace medio siglo (la primera fue breve 1923-1936). Mi biblioteca, con los números de la revista, que son un libro mensual, se compone de unos 2.300 libros: filosofía, historia, ensayos, narrativa… Se me olvidó algo esencial: poesía. Mi poeta sagrado es Antonio Machado”. No le he pedido permiso a Julián para reproducir lo que me escribía al final de una hoja en la que había copiado dos fragmentos de artículos: uno de Juan Malpartida sobre la Generación del 27 y Dámaso Alonso y el otro firmado por Benjamín Prado, titulado “Cien años de Alberti”, pero me siento autorizado a publicarlo, por la intensa relación que hemos establecido y lo hago con el máximo respeto y la más profunda admiración. Aún hay otro documento, de una página, titulado la impunidad del franquismo, copiado a máquina como los otros, en el que se habla del incomprensible y vergonzoso caso Garzón y al que añade, de forma manuscrita una cita, de la que no recuerda la autoría, y que dice: “Las dictaduras largas corrompen y degradan moralmente a una buena parte de la ciudadanía. Vivir bajo el miedo y la mentira encanallan  a mucha gente”.

 Confiesa Julián que “me gusta mucho mecanografiar textos para tenerlos cerca y enviar a los amigos”; por eso me manda, en el mismo sobre un documento de cinco páginas, con el título de “La recuperación de la memoria histórica”, en el que recoge fragmentos de textos de Edward Malefakis, Antonio Elorza, Pedro Taracena, José Manuel Caballero Bonald, Ángel S. Harguindey, Benjamín Prado, Julio Fernández García, Luis F. Moreno, Vicente Cacho, Juan José Longarela, Leonardo Sciascia, Adolfo Sánchez Vázquez, Julio Moreno y el propio Julián Olivera.. Textos que hablan del tiempo esperanzador de la República y también del terrible atraso que supuso cercenar aquel camino emprendido y sumergirnos en un tiempo oscuro de dictadura; de las consecuencias de la Guerra Civil… o que rescatan la figura de algunos personajes importantes en el mundo cultural del siglo XX: Machado, Miguel de Unamuno, Julio Caro Baroja, Otilia López, los maestros republicanos… Y todavía acompaña todo ese material con fotocopias manuscritas por el maestro Manuel Gimeno y otras de su hija, Ana María Gimeno, de las que hablaremos, tal vez, en otra ocasión.

Hasta aquí el contenido, así, por encima de una de las cartas o de los sobres de Julián. Podría haber elegido otro para describir su contenido, pero ya con uno, el lector se hará idea de lo que digo.

 Julián Olivera es un hombre agradecido y generoso. Esta semana he vuelto a recibir uno de esos sobres voluminosos que me manda mi amigo. Julián ha recibido ya el ejemplar del número 119 de El Gurrión, donde se publica el artículo al que me he referido anteriormente, con el título de “Puerto Biello y la Forqueta: unas rocas con memoria”. Una de las cartas de este último sobre comienza así: “¡Aquí están ya esas rocas con memoria! No sólo me gusta cómo ha quedado el texto, me encanta y he de agradecerte tu valiosa colaboración; has convertido lo que era un relato “entre amigos” en un artículo… Muchas gracias por tu labor, realizada con la palabra que empleas tú en las amables líneas de presentación… con pericia” (…) Sus dos cartas son de las que se leen más de una vez, porque todo lo que dice es importante y porque destilan inteligencia y sentimiento a raudales.

 Julián, con generosidad, me hace partícipe de sus aficiones y me envía copias de cartas intercambiadas con personajes importantes de la vida cultural española: una de las que le envió Fernando Vela, fechada en octubre de 1955 (me hace gracia la fecha porque yo tenía entonces poco más de un año de edad). Fernando Vela fue cofundador de la Revista de Occidente; otra del 66 firmada por Vicente Aleixandre (con posterioridad, Premio Nobel de Literatura), desde la calle Verlintonia de Madrid y una tercera firmada por José Ortega Spottorno (hijo de Ortega y Gasset), de 1999, a la que Julián ha añadido el siguiente texto: “Desde mi adolescencia, he sentido afición por la filosofía, mejor sería decir por la lectura de libros con pensamientos sobre esa extraña aventura que llamamos vida humana. La guerra civil de 1936 cortó bruscamente mis estudios de bachillerato y me quedé en el segundo curso. La durísima posguerra y la humilde condición social de mi familia, hacían muy difícil el acceso a la Universidad. Mi Universidad vino a ser la lectura de la obra de José Ortega y Gasset. Como todo autodidacta, he sido un lector voraz. Que el hijo, José Ortega Spottorno, del pensador español más importante del siglo XX diga que soy “un fiel discípulo de su padre” es para mí el más alto de los premios. Con mi modesto bagaje cultural, nunca pude soñar una distinción tan extraordinaria”.

A mí ya no me queda nada por añadir. Para mí es un regalo impagable esta relación epistolar que estoy manteniendo con Julián y lamento, como él mismo me dice en una de sus cartas, que no nos hayamos conocido antes. Siempre he sentido debilidad por las personas inteligentes, de palabra luminosa, de trayectoria ejemplar, de sentimientos nobles, que te introducen en caminos nuevos, que provocan reacciones en tus facultades interiores para ejercitar el pensamiento, aumentar la curiosidad y el deseo de aprender cosas nuevas y, ahora, inesperadamente, como fruto del azar (que tantas veces organiza magistralmente las cosas) y de la revista El Gurrión, se ha cruzado en mi camino, Julián Olivera. ¡Bienvenido a mi geografía personal! ¡Ya tenía ganas de ser correspondido en asuntos epistolares, pero no pensaba que encontraría a alguien capaz de superar mi afición!!; je, je, ¡lo celebro!

 

 

EL PASO DEL TIEMPO Y 62 BIBLIOTELANDIAS

 Comienza la segunda semana de junio y uno contempla el horizonte del tiempo con inquietud. En pocos días, habrá terminado un nuevo curso escolar y todo lo que para mí ha tenido de especial, pasará a formar parte del incierto territorio del recuerdo. A principios de septiembre de 2009 veía ante mí un tiempo largo para trabajar de otro modo, en otras cosas; dedicar tiempo a cuestiones para las que no tienes minutos habitualmente… Bueno, pues todo eso está a punto de acabarse y he seguido sin tener minutos para algunas cosas, aunque como es evidente he podido hacer otras muchas (principalmente las que reflejé en el proyecto de trabajo que debí presentar y que aprobó la Consejería). No es fácil gestionar el tiempo y siempre nos deja, el paso del mismo, con esa sensación de velocidad excesiva, de nuestra incapacidad para poder detenerlo si quiera un instante…

 

Quiero hablar un rato del número 62 de Bibliotelandia que hoy dejaré en la imprenta para convertirlo en boletín impreso y poder repartirlo y regalarlo a las familias del colegio y a las amistades interesadas en estos avatares. Como todas las publicaciones periódicas, la aparición de un nuevo número es un indicador del paso del tiempo. En unos días, como digo estará impreso y colgado (en formato pdf) en alguna página web: la del colegio y la de “macoca”… y entonces, además, podrá ser leído en formato digital. Personalmente creo que se trata de una publicación bastante singular, es posible que ya lo haya dicho otras veces, porque son muy pocas las publicaciones que se hacen, exclusivamente, desde una biblioteca escolar. Eso, por un lado ya es un valor, y por otro, por sus contenidos, ya que trata, con mejor o peor fortuna, de recoger todo lo que genera la biblioteca o lo que ocurre en ella a lo largo del curso. De tal manera que, la lectura de la colección de boletines, viene a contar “la historia de una ilusión”, pues así podríamos denominar a esta aventura que sobrepasa los 22 años.

 

Debo decir también que suelo entretener parte de mi tiempo (de vez en cuando) en releer las publicaciones que impulsé en otro tiempo. Me gusta encontrarme, ya que estamos hablando de Bibliotelandia, con números viejos y echarles un vistazo a los textos y a las noticias. Se trata de un viaje curioso. En un “plis plas” te plantas en 1992 y lees que Dereck Walcott fue galardonado con el Nobel de Literatura o que se celebraba el centenario del nacimiento del poeta César Vallejo… Te colocas en 1993 y lees en el número 18 que “la biblioteca escolar ha recibido una docena de cuentos infantiles enviados por “El Caserío”; cuentos ilustrados por Violeta Denou, la inventora de Teo” y con el número 19 (abril del 93) recuerdas la aparición de cuatro maletas bien decoradas que circularon por la clases del colegio, llenas de libros bonitos para dar a conocer parte de nuestro fondo documental… De un salto, te sitúas en junio del 94 y tu mirada se detiene en las páginas de un ejemplar especial, el número 25, lleno de “Ánimos lectores” que nos enviaron cuarenta personas del deporte, de la política, del espectáculo, de la literatura, con sus fotos dedicadas… O aterrizas en el número 34, de junio del 97 y lees la reseña de “Una bolita de algodón”, el primero de cuatro libritos publicados en el colegio, recogiendo muestras de tradición oral o un pequeño artículo que sintetiza la actividad titulada “El cine y los libros”. Con el número 35 rememoramos una generosa donación de libros que nos hicieron las editoriales De la Torre y Círculo de Lectores o la inauguración de “una biblioteca sin libros” en la Universidad de León (noticia que merecería pasar a la antología del disparate). El número 36 fue un número especial (24 páginas), nacido como consecuencia del cambio de ubicación de la biblioteca, tras diez años de funcionamiento. Un número en el que los alumnos y alumnas sueñan con una biblioteca nueva: “que tuviera el suelo suave como una alfombra”, “con música suavecita y luces de colores”, “que sea más grande y tenga ventanas también más grandes para que entre la luz del sol y no haya que encenderla”, “con sillas y mesas de colores”, “que esté adornada con cosas hechas por nosotros”, “que tenga muchos libros bonitos y que la gente vaya siempre”, “con un apartado de libros para los pequeños y otro para los mayores y que la abran por las tardes”… En el número 39 (marzo de 1999) se nos recuerda la publicación del segundo libro sobre folklore oral, “El patio de mi casa” o la circulación por las aulas de una maleta llena de libros que fomentan la cooperación y la solidaridad; el regalo de una docena de novelas para dultos, publicadas por el Heraldo de Aragón o las opiniones del grupo de chicos y chicas que habías hecho de bibliotecarios: “Para mí ser bibliotecaria era una ilusión. Me divierte atender a los demás y ordenar los libros…”, dice Goretti y Alba recuerda: “Para ser bibliotecaria debes esmerarte mucho en tu trabajo. Personalmente lo que más me ha gustado ha sido ayudar a leer a los pequeños…”

Y así podríamos estar mucho rato leyendo (y en mi caso, recordando) pequeñas notas, apuntes, noticias, reflexiones, reseñas que nos permiten realizar un pequeño viaje en el tiempo y son testigos de lo que hicimos colectivamente. Escribir siempre fue una manera de preservar parte de la vida del olvido y hasta estas modestas publicaciones cumplen esa finalidad, ese propósito.

 

Ahora quiero dejaros con la presentación de este número 62 que, como he comentado, hoy entrará en la imprenta. Será el texto de portada; un texto optimista, pero real, porque en este curso que termina, han pasado todas las cosas a las que se hace referencia. En ese sentido, podríamos decir que ha sido un curso capicúa. El pasado mes de septiembre estuve en Burgos participando en las Terceras Jornadas Provinciales de Bibliotecas Escolares y Lectura y la ponencia que me encargaron para cerrarlas la titulé: “La Biblioteca escolar. Fuente incesante de buenas noticias”. En este enlace la puedes leer completa: http://lecturaburgos.files.wordpress.com/2009/09/ponencia-mariano.pdf

 

 Curiosamente, la portada del número 62 de Bibliotelandia (en vísperas de la finalización del curso) y la última realización de la biblioteca en el mismo, lleva por título: La Biblioteca Escolar. Una fuente inagotable de buenas noticias. Es un repaso por todo lo bueno que ha deparado ese equipamiento cultural y emocional a lo largo de este curso. Quizás, para mí, al estar fuera del día a día de su funcionamiento, pero siendo testigo de casi todo, los acontecimientos los he vivido con una percepción especial. Sea lo que fuere, el caso es que estas cosas es necesario publicitarlas para que, por una vez, sean noticia las buenas noticias… Y este es un caso evidente.

 

La Biblioteca Escolar. Una fuente inagotable de buenas noticias

 

Puede sorprender un titular tan optimista, pero si nos atenemos a la relación de pequeños acontecimientos que pueden ocurrir, darse o vivirse en la biblioteca escolar, es posible que percibamos en su justa medida el significado del título.

Nuestra biblioteca cumple años sin interrupción y gozando de buena salud (en marzo, 22); se nutre de documentos nuevos cada curso escolar; renueva los canales de participación y colaboración de alumnado, profesorado y familias; es lugar de encuentro de los miembros de la comunidad escolar; divulga sus realizaciones en los medios de comunicación escritos y digitales a su alcance; es objeto de observación externa y de estudio de su trayectoria; recibe visitas de diversas personas que sienten curiosidad por conocer sus pasos, sus proyectos, sus actuaciones; realiza constantes intercambios de materiales con diversos colectivos, personas, centros de enseñanza; contesta frecuentes comunicaciones de personas que se interesan por el desarrollo de algunas actividades; presta materiales para exposiciones itinerantes a otros centros; acoge las ideas y el trabajo de un grupo de madres que la ornamentan y le cambian la faz con nuevas propuestas; recibe a todo el alumnado del centro para escuchar las palabras regaladas que les ofrecen el grupo de madres “cuentalibros” o “cuentacuentos”; participa en jornadas, encuentros, cursos… a través de algunas personas que explican las claves para mantener sus propuestas, sus efectos y sus afectos a lo largo del tiempo, colaborando en sesiones de formación del profesorado; anima a grupos de madres de otros centros a acercarse a sus respectivas bibliotecas escolares y colaborar en su funcionamiento… Todo lo anterior, así, someramente expuesto, debe ser motivo de alegría y de expresión del legítimo orgullo por mantener un bien cultural, público y colectivo, tan reconocido, al servicio de la lectura, del estudio, de la realización de pequeñas investigaciones, del encuentro y del intercambio en nuestro colegio. Y dicho lo dicho, ¿tú qué crees?, ¿es o no es una fuente de buenas noticias nuestra biblioteca escolar?

 

Saludos lectores y bibliotecarios para todos y todas, desde este rincón virtual que se renueva con esfuerzo cada poco tiempo.