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Estampas danesas (y IV)

El regreso. Teníamos por delante casi 2500 km, en coche; de modo que decidimos volver en varias etapas. Planificamos la vuelta para aprovechar las visitas a algunas ciudades que no conocíamos y, aunque la estancia iba a ser breve en cada una de ellas, al menos nos haríamos una idea… El día 19 salimos de Horsens con el coche cargado a tope. Nos dirigimos hacia la frontera con Alemania; una frontera inexistente en lo físico, como tantas otras, y un paisaje continuación de lo que habíamos visto en Dinamarca.

Las autopistas alemanas iban llenas de coches, aunque no sufrimos ningún parón considerable. Cada hora y media o dos horas salíamos en algún área de servicio o “parking” a descansar un rato y sorprendía encontrarlos llenos de coches y de gente… En uno de ellos, paramos a comer.

 Habíamos pasado cerca de Kiel, de Hamburgo y de Bremen y enfilamos en dirección a una enorme “conurbación” (no sé si lo es, exactamente). Recuerdo, cuando estudiaba, que esa unidad urbanística se anunciaba como una solución de futuro para las grandes aglomeraciones humanas y urbanísticas y, recuerdo, que como ejemplo se ponían algunas áreas de Japón, concretamente, las ciudades de Osaka, Kioto, Kobe, Nagoya… Recuerdo, y como el recuerdo es lejano, es posible que no sea del todo exacto.

 Colonia. El caso es que nuestro destino -final de la primera etapa- estaba en la ciudad de Colonia (Köln), pegadita (por eso lo de la conurbación) a Dusseldorf, Bonn, Duisburgo, Essen…¡Vaya concentración de ciudades y de gente en pocos kilómetros! Con ayuda del GPS (hasta hora no nombrado, pero eficacísimo), llegamos, sin problemas al hotel, situado en el centro de la ciudad, en una plaza despejada y grande y con un hermoso lago delante (¡vaya nivel, Maribel!).

Una vez dejamos las maletas en la habitación y nos hicimos con un plano de la ciudad, salimos disparados a recorrer Colonia. Desde la ventana de la habitación habíamos visto las dos agujas de la catedral  relativamente cerca y hacia allí queríamos ir; y hacia allí fuimos. En el itinerario que seguimos, volvimos a comprobar que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos (desde la ventana de la habitación del hotel, veíamos la catedral mucho más cerca, je, je); aún así, en veinte minutos estábamos ya asombrados mirando hacia arriba… Habíamos visto fotografías de la catedral de Colonia y sabíamos que  era monumental, pero no imaginábamos que fuera tan alta, tan grande y que estuviera toda, toda llena de filigranas. ¡No había manera de tomar una foto para que cupiese entera! ¡Vaya con la “Hohe Domkirche Köln” o “Cologne Cathedral”!

 Entramos en el interior, sin necesidad de pagar, y también el interior nos impresionó por su altura, por los espacios y, sobre todo, por las enormes vidrieras, auténticas obras de arte que iluminan el interior de manera rotunda. En la plaza que rodea el templo se aglomeraba una gran cantidad de gente y se hacían cientos de fotos, tratando de meter en el encuadre aquel monumento. Y mientras miras en todas direcciones, no puedes dejar de pensar en quienes la pensaron y la construyeron; en quienes treparon a los rudimentarios andamios y se encaramaron a las agujas (que casi se pierden de vista); en cómo se pudo hacer una obra de esas características sin los artilugios que hoy día se emplean en la construcción… ¿Cuánto mide alto? ¿Cuándo comenzó su construcción? ¿Cuándo finalizó la construcción de la misma? ¿Cuántas corrientes o estilos arquitectónicos hay reflejadas en ella?... Preguntas que te vas haciendo a medida que miras y que no respondo aquí, para que quienes leáis esto busquéis esa información, si estáis interesados, je, je.

 Muy cerca de la catedral pasa el Rin, con una anchura y un caudal desconocidos por estas tierras nuestras. Llegamos hasta las orillas del río, cerca de un puente por donde circula el metro y los trenes. Delante se abre una amplia extensión de zona verde que, aquel viernes, estaba tomada por grupos de personas que no paraban de comer, de beber, de charlar, de reírse…; celebrando una gran fiesta ciudadana. Donde se acababa el verde, empezaban las terrazas de diversos bares y restaurantes, llenas también (desmintiendo ese tópico de que los alemanes solo salen de marcha en España); allí había cientos de personas comiendo y bebiendo… ¡Y, eso sí, el césped y los caminitos de alrededor estaban llenos de chapas! En lugar del “botellón” que se estila por aquí, allí el personal bebe “botellín” individual y la chapa la deja donde está sentado; los botellines no vimos si los tiraban a la papelera, los llevaba a algún contenedor de vidrio o los dejaban sobre la hierba esperando que la brigada de limpieza los recogiera por la noche o al día siguiente. Cenamos en la terraza de uno de los bares, en un ambiente más ruidoso y multitudinario que el que habíamos vivido en Dinamarca. Luego regresamos andando al hotel; volvimos a detenernos delante de la catedral, aprovechando la última luz del día y escuchando a un pianista que estaba tocando música delante de la puerta de la catedral para todos los viandantes.

 Llegamos a la plaza de nuestro hotel y también había una gran concentración de gente viendo un espectáculo musical y circense: ¿homenaje al Tour? Colgados de una grúa, dos tipos con bicicleta, pedaleaban en el aire. Noche oscura; iluminados con un potente foco, hicieron un sprint que nos dejó alucinados. Cansados del viaje, nos retiramos a dormir.

Al día siguiente, nos levantamos con hora y desayunamos en la terraza del hotel. La mañana era fresquita, pero lucía el sol. Disfrutamos del silencio de aquella mañana de sábado y tras engullir un copioso almuerzo, cogimos los bártulos, recogimos unas chapas, cargamos el coche y empezamos la segunda etapa. Ésta era la más corta de la cuatro, por lo que circulamos sin preocuparnos de horario. El destino era la ciudad de…

 Luxemburgo. Teníamos ganas de conocer esta ciudad, capital de un estado de esos que uno casi ni se cree que exista… Desde los tiempos de estudiante, cuando ya se había fundado una organización supranacional, denominada Benelux, me había llamado la atención Luxemburgo.

Tras dos horas y media de viaje, más o menos, llegamos desde Colonia a la capital y esta vez teníamos el hotel en las afueras. Como el tema de aparcamientos estaba delicado, según nos informaron, nos aconsejaron que cogiéramos el autobús y eso hicimos después de tomar posesión de la habitación.

En el viaje hasta el centro, pasamos por la zona moderna, con edificios elevados y acristalados, donde se encuentran distintos organismos de la UE, uno de los soportes económicos del país que, por otra parte, dispensa un trato fiscal a los que tienen mucho, muy favorable (y hasta ahí puedo leer).

 Tuvimos tiempo de pasear por la ciudad, que encontramos lujosa y limpia. Nos encontramos un mercado al aire libre, donde se vendían muchos objetos antiguos. Me llamó mucho la atención la gran cantidad de figuritas de búhos que ofrecía uno de los vendedores, todos diferentes. Seguramente, coleccionó toda su vida búhos y ahora, ya mayor, los vendía. Medité sobre el destino de las pequeñas colecciones que hacemos las personas y que pueden tener ese final… Compré por 4 euros dos cajitas metálicas de cigarros. Son guapas… Recorrimos la plaza donde estaba el edificio del Ayuntamiento y una de las calles aledañas que nos llevaban a uno de los palacios de los duques de Luxemburgo (Le Palais Grand-Ducal). En esa calle nos topamos con una tienda de vajillas, entre otras cosas, y de precios muy elevados. La menciono porque en su escaparate ofrecía platos, fuentes, bols, tazas, etc. decoradas con escenas de juegos infantiles: la pídola, las canicas, la gallina ciega, el columpio, los zancos, la comba, etc. Una taza salía por 40 euros y un bol por 63… Ver y no tocar, ¡vaya! pero, en todo caso, original y bonita la decoración.

Después de comer, recorrimos varias calles, plazas y rincones: la fachada de la Biblioteca Nacional y una enorme iglesia adosada al recinto bibliotecario, de interior espectacular. Curiosamente, para los fieles más alejados del altar, habían dispuesto un televisor de plasma y yo pensé que igual este enorme presidente que tenemos en el país, en alguno de sus viajes a Luxemburgo (donde no sé si ha estado, por otra parte) vio el artilugio y se le ocurrió utilizar el sistema para aquella declaración famosa…

 Delante de la biblioteca y la iglesia, nos encontramos con dos sorprendentes elefantes, instalados en pequeñas plataformas y decorados de manera distinta. En nuestro recorrido por la ciudad, nos encontramos con otros muchos, todos del mismo tamaño, pero todos pintados y decorados de manera diferente… Nos enteramos que se trababa de una campaña en defensa del elefante asiático. Cada uno de ellos había sido trabajado artísticamente por una persona diferente y tenía un nombre particular. Por ejemplo: Beauty in Freedom; Tartiphant; Farbenfant; Elefant im feuer; Beauty in pink; Dheva Ngen; etc. Sólo en los jardines, de la llamada Plaza de los Mártires (Place des Martyrs) había cuatro elefantes sorprendentes. Por cierto, la plaza recibía ese nombre “En conmemoración de los deportados, de los alistados a la fuerza y de todas las víctimas del nazismo”; un espacio público más para no perder la memoria. Habíamos visto otro memorial, dedicado a todos los voluntarios que participaron en la Primera y en la Segunda Guerra Mundial para defender el país, en el que se habían grabado también unas palabras pronunciadas por la Grande-Duchesse Charlotte, en su homenaje, el 16 de abril de 1945.

En el parque mencionado, pudimos contemplar una preciosa escultura de Henry Moore: “Mother and child”, al lado de la que me hice una foto leyendo El Gorrión. Todavía nadie ha mandado una foto leyendo la revista desde Luxemburgo, de modo que “otro país conquistado”, je, je.

 Llegamos caminando hasta la estación de trenes, con edifico emblemático; como emblemáticos y ostentosos son los edificios que albergan a algunos bancos (y en este país hay muchos). Cuando me acercaba a un edificio que parecía un palacio, me sorprendió leer que era la sede de la Caisse de Epargne, una entidad financiera.

Y ya cuando la tarde se hacía tarde, cansados de caminar y caminar; de mirar, de hacer fotos… cogimos de nuevo el autobús y regresamos al hotel. Al día siguiente nos esperaba de nuevo un largo trayecto hasta la ciudad de Lyon.

 Día 21 de julio. Día de mi cumpleaños. Un año más, de viaje por esos mundos de dios. Madrugamos. Almorzamos en el hotel y partimos. Comimos bastante bien en un área de servicio y llegamos a Lyon por la tarde. Tuvimos que cruzar la ciudad hasta llegar al hotel (con nuestro fiel GPS, sin problemas). Llegamos ya casi sin fuerzas y con pocas ganas de movernos de allí. Estuve leyendo “Le Matin”, un diario que cogí por la mañana en Luxemburgo y estaba tan ensimismado practicando mi francés que el aire acondicionado se me metió dentro y cuando quise darme cuenta había pillado un buen resfriado (aún no me lo he quitado de encima, tres semanas después). Cuando el resto del personal se recompuso con una mediana siesta tardía, salimos con intención de cenar. Como era domingo estaba casi todo cerrado y nos salvó un Mcdonals. No pudimos acercarnos a Gerland (el campo del Olimpique de Lyon) ni visitamos nada de la ciudad. Era el día más caluroso. Cuando se está acabando un viaje, el cuerpo anda ya pidiendo reposo y aún nos quedaba la última etapa. El lunes, 22, madrugamos más que ningún día, pero aún así, las carreteras y autopistas ya estaban llenas; especialmente de caravanas holandesas que se dirigían a la zona de Marsella o a la Costa Brava española, supusimos. Con las paradas de rigor, los pagos en los peajes y calorcito del bueno porque se nos había medio averiado el aire acondicionado, llegamos a Barcelona a la hora de comer. Y comimos con mucho fundamento. Al día siguiente viajamos a Fraga y colorín colorado, este viaje fantástico se ha terminado.

Estampas danesas (III)

A estas alturas de viaje y todavía no he hablado del coleccionismo de chapas… ¡Imperdonable! Los viajes al extranjero suelen ser buenos momentos para aumentar la colección de chapas de Daniel, cuyo número sobrepasa los 10.500 ejemplares diferentes, de un centenar largo de países distintos. Y uno de los recursos más utilizados es recogerlas del suelo. Especialmente en parques, grandes o pequeños, si hay bancos, cerca de las estaciones, en los parterres donde crecen árboles… es fácil encontrar ejemplares que han sido tirados allí por los consumidores. Por eso es conveniente llevar una bolsita a mano, para ir colocando dentro los ejemplares encontrados, siempre que estén en condiciones aceptables y sin suciedad excesiva… Luego, de vuelta al hotel, se lavan convenientemente y, al día siguiente ya pueden guardarse en la bolsa o caja en la que llegarán a España. Aunque encontramos chapas en todas las ciudades danesas en las que estuvimos, las ciudades alemanas, aseguraba Daniel, eran una mina (según había leído reiteradamente en el foro de coleccionistas) y lo pudimos comprobar, sobradamente, en Colonia. Él ya lo había comprobado en anteriores viajes “erasmus”…

Bueno, y después de esta excursión dialéctica por las aficiones, volvamos al viaje y a los últimos apuntes del mismo.

 Aarhus. De todas las ciudades visitas en Dinamarca, Aarhus es la más próxima a Horsens, por lo que el viaje resultó breve; muy breve comparado con las “excursiones” de los días precedentes. Viajamos a Aarhus con la intención de visitar un museo singular: el “Den Gamle By”. Se trata de un amplísimo recinto cerrado, en el que se fueron levantando (y todavía se sigue construyendo) casas de diferentes épocas. Estas casas tienen varias particularidades. Están hechas a tamaño real, se puede entrar en casi todas ellas y recorrerlas tranquilamente por su interior y muchas de ellas albergan, a su vez, un pequeño museo o una muestra significativa de los instrumentos y de las realizaciones de algunos oficios. En estos casos, mamparas de vidrio o, en su defecto, de un material transparente separan al visitante de la exposición para evitar sustracciones y manipulaciones descuidadas.

 Una de las primeras casas con la que nos encontramos fue la reproducción de una escuela de mediados del siglo XIX. Al lado del edificio sorprendía encontrar “el huerto del maestro”, vallado y bien cuidado, y en el que crecían diferentes hortalizas. Entramos en la escuela para encontrarnos con largas mesas de madera con bancos incorporados, para cinco o seis niños cada una y con nombres grabados “a navaja”. Apoyados en la pared, una docena de réplicas en madera de fusiles de la época para que los niños, cuando hacían la gimnasia, fueran ya tomando contacto con algunas “faenas del futuro”. Nos sorprendió encontrar una pizarra de arena, horizontal, como un cajón largo que se abriera de la cajonera, en la que los principiantes, armados de palitos, podían ir haciendo letras o escribiendo las primeras palabras…Material pedagógico sorprendente, ¡vaya!

 Durante casi tres horas anduvimos recorriendo calles, entrando en las construcciones y echando un vistazo, más o menos largo, a lo que se guardaba dentro, fuera un taller de fabricación de sombreros, una imprenta, un taller de soplado de vidrio, uno de zapatería; un sastre, una farmacia, un huerto de plantas medicinales, una panadería (que además, vendía productos de verdad)…

 El citado recinto albergaba un museo del juguete, en el que se exhibían muchos ejemplares antiguos: coches, camiones de bomberos, dirigibles, aviones, bicicletas, motos con sidecar o sin, soldados, simulaciones de oficios, molinos de viento, trenes, estaciones, casas de muñecas, peonzas,… Había muñecas, yoyós, pelotas de trapos o de gomas, tirachinas, juguetes de madera, de construcciones… En general, creemos que había demasiadas cosas y poca iluminación, lo que impedía observar el interior de algunas vitrinas con nitidez, pero los materiales exhibidos parecían realmente interesantes.

 El segundo museo era sobre cartelería mural. En un edificio nuevo, construido de manera muy aparente para mostrar lo que guardaba, podían verse colgados de las paredes decenas de carteles sobre Dinamarca, tanto exaltando algunos de sus valores paisajísticos, literarios, culturales, etc.; como relacionados con acciones solidarias desarrolladas en países necesitados: impresionaba una sirenita sin cabeza y emocionaba uno dedicado a proteger la Amazonía; los había dedicados a Skagen o a la misma Aarhus y varios hacían referencia al icono nacional, Hans Christian Andersen… En la tienda del recinto no pude evitar comprar un pequeño librito sobre juguetes mecánicos(del que solo entiendo las fotografías) y que se titula: “Mekanisk Legetoj” y otro sobre un ABCdario (del que entiendo todavía menos, je, je, pero como soy adicto a los ABCdarios…) y que, por lo que he podido ver, han elegido una palabra para cada letra, del recinto del “Den Gamle By”, ilustrado con bonitas imágenes: Apoteket – Boghandlen – Cykler…; así como otros objetos relacionados con los carteles…

Finalmente, salimos del recinto y nos fuimos a comer a un parque próximo donde encontramos un hermoso banco a la sombra de unos árboles. Una vez finalizado el yantar y, tras una descansada sobremesa, recorrimos algunas zonas acuáticas y arbóreas del citado parque: cuidadas y muy bonitas. Caminamos, posteriormente, hasta la catedral de la ciudad y visitamos el interior (¡qué frescos estábamos sentados dentro!). ¡Cuánta madera albergan las iglesias y catedrales de las ciudades danesas!: bancos enormes con adornos esculpidos con gran delicadeza y precisión; púlpitos con bases de madera profusamente esculpida con caras, escenas diversas; retablos de buen tamaño…Callejeamos un rato todavía y subimos al primer piso de un establecimiento a tomarnos un capuchino y mirar por el ventanal el deambular de los transeúntes que subían y bajaban por la calle comercial en la que estábamos. ¡Qué descansado es ver caminar a la gente y observar sus movimientos o imaginar sus conversaciones…! Iniciamos el regreso y nos desviamos ligeramente del itinerario matinal para ver y llegar a un lugar realmente sorprendente: Ejer Baunehoj.

 Mollehoj/Ejer Baunehoj. Se trata, ni más ni menos, que del punto más elevado del país, con una altitud pasmosa: 170, 86 metros sobre el nivel del mar. En el punto exacto se eleva un monumento, de unos quince metros de altura. Se puede ascender hasta lo alto, a través de escaleras y también de un ascensor. Subimos caminando y nos quedamos pensando por dónde podía llegar, hasta dónde estábamos, el condenado ascensor que habíamos visto abajo. En esas estábamos, cuando escuchamos el ruido de subida del aparato y, a la vez, el de la apertura automática de una parte del suelo (una trampilla metálica de dos hojas). Cuando se detuvo el ascensor, se elevaba casi todo él por encima del nivel del suelo en el que estábamos y su techo se convertía por un momento en el punto más alto de Dinamarca. No pude evitar acordarme del famoso ascensor de cristal de Charlie, uno de los libros de Roald Dahl.

 Lo cierto es que en un país llano como la palma de la mano, una pequeña elevación como el Ejer Baunehoj, con 360 grados de visibilidad, permite ver hermosos paisajes, donde se alternan campos de cereal, campos de hierba, setos de separación, pequeños bosquecillos, granjas y casas rurales… Estuvimos un rato contemplando los alrededores y haciendo fotos de todo lo que, desde allí, se divisaba.

Cuando descendimos, nos acercamos a un edificio, que era como un centro de interpretación (que ya estaba cerrado a media tarde) en el que había distintas informaciones en danés y en inglés, en paneles exteriores. Una curiosa, titulada “Danske naturlige bjergtoppe – top 20”, era una lista de los veinte puntos más elevados del país, en orden decreciente. El número 1, como ya se ha dicho, alcanzaba los 170´86 metros y el número 20, 133 metros exactos… ¡Mal país para practicar la escalada!

Y ya, tras disfrutar un rato más del entorno, regresamos a nuestra base de Horsens, porque había que comprar algunas cosas para encarar el último día en Dinamarca y el inicio del regreso, en coche.

 Horsens de nuevo. Pasamos un día entero en nuestro campamento base. Había que hacer maletas y dejar el apartamento en buenas condiciones. Para ese último día en Dinamarca, habíamos dejado dar una vuelta por algunos espacios de la ciudad que todavía no habíamos visto. Nos acercamos a una zona marítima del Báltico, poco concurrida, con una franja de playa de un metro de ancho y, a continuación, una extensa pradera. Muy agradable la sensación de ver el mar delante de nosotros y donde se acababa el agua, una línea verde oscura de tupido arbolado. Nos acercamos seguidamente a un parque que no habíamos visitado, con árboles de circunferencia imponente y sorprendentes estatuas. No sé qué significa “Todesfigur” realizada por Christian Lemmerz, pero impresionaba aquella figura humana que se cubría con una capucha, pero que no tenía rostro y que te “miraba” (es un decir) desde lo alto de su pedestal. Un parque, como he dicho, lleno de estatuas solitarias o de conjuntos escultóricos más complejos y difíciles de interpretar. Otra de las que fotografié: un busto más convencional en lo alto de una columnata fue la dedicada a Emil Bojsen, que vivió entre 1854 y 1898. Me hizo gracia encontrarme con un “quinto” del 54, aunque de cien años antes. Un parque en el que había varios refugios subterráneos rehabilitados, señalados e indicados, aunque cerrados en aquel momento. A lo largo del viaje, los restos de la IIª Guerra Mundial o los monumentos que recordaban a las víctimas o a los combatientes daneses que dieron su vida por el país o que condenaban el nazismo, han sido bastante frecuentes. Muy diferente de lo que ocurre en nuestro país, que para honrar la memoria de los que fueron asesinados por el franquismo hay que hacerlo casi clandestinamente, mientras aún quedan lápidas en las fachadas de algunas iglesias y monumentos aislados que recuerdan a los que perpetraron el golpe de estado: ¡una auténtica vergüenza!

 Horsens es ya una ciudad importante en nuestras vidas. Sobre todo, por el tiempo que Daniel ha estado viviendo y estudiando en ella, claro (y aún estará, pues regresa la última semana de agosto de nuevo), pero también porque nosotros hemos pasado allí unos cuantos días y gozado de la oportunidad de ir conociendo el resto de Jutlandia, utilizándola como campamento base. El día 19 de julio, por la mañana, emprendimos el viaje escalonado de regreso.

Un último pensamiento me asalta antes de abandonar suelo danés; en ocho días solamente hemos visto una pareja de policías y no hemos pagado ni un céntimo en ninguna autopista. El único pago, como ya dije en el primer capítulo, el paso del largo puente que une las dos islas principales. 

 (Continuará…)

Estampas danesas (II)

Una de las cosas que sorprende de este país es la gran cantidad de córvidos que uno puede ver, tanto en espacios ciudadanos como rurales: cuervos negros, grajos… que picotean en los parques, en las orillas de las carreteras y autovías, se posan en los edificios, etc. También los carriles bici que discurren paralelos a las carreteras y que ofrecen la posibilidad de recorrer todo el país en bicicleta. Hay muchísimas personas que se desplazan en bici y muchísimas bicicletas aparcadas por todos los sitios. Es una estampa frecuente, una o dos bicis apoyadas en la fachada de una casa, de esas con ventanas sin cortinas, madera oscura cuadriculando la fachada y el resto pintada de color. Y otro denominador común es la abundancia de árboles entre las casas de las ciudades; la proliferación de parques. Del mismo modo, nos resultó sorprendente la cantidad de campos de cereales, de hierba y de maíz que pudimos ver desde las carreteras por las que circulábamos…Sorprendente para nosotros, que en este tiempo de verano, haya algo de luz natural a las 11 de la noche y se haga de día a eso de las 3:30 de la madrugada, más o menos…

 Skagen. Se trata de la ciudad que está más al norte de Jutlandia. Desde allí hasta el final de la península (Grenen) todavía queda un trecho. Grenen es un punto especial porque allí se juntan las aguas del Mar del Norte (realmente impetuosas y erizadas) y las del Báltico, más tranquilas que las primeras. Y, además, hay una línea de color que muestra esa unión-separación de los dos mares, de las aguas de ambos mares. El viento sopla en esa latitud y en ese territorio descarnado con una fuerza extraordinaria; además arrastra arena de la extensísima playa. Se hace difícil caminar, envueltos en nubes de arena (que penetra en los bolsillos, en las mochilas, en el calzado, en la ropa, en el pelo…) Hay quien acorta el tiempo y aminora el esfuerzo de llegada a la línea divisoria marítima y disminuye el efecto del viento al realizar la aproximación, utilizando un servicio de tractores que llevan enganchados, en lugar de un remolque, una especie de vagón de tren o de autobús cerrado para evitar molestias con la marca “SANDORMEN” pintada en el lateral. Es alucinante la “procesión” de gente que camina con dificultades hasta el punto nombrado. La imagen de esa retahíla de gente, azotada por el viento es impactante. Daniel recuerda que estuvo en invierno con unos amigos, que no había nadie y que vieron una colonia de focas… Hasta ese punto septentrional de Dinamarca hemos llevado un ejemplar de El Gurrión y nos hacemos unas fotos con la revista. En el horizonte que se abre ante nosotros, se ven abundantes barcos que atraviesan esa zona marítima del Skagerrak, luego el Kattegat y los dos Belt (según estudiamos en geografía), los estrechos que han comunicado siempre el Mar del Norte con el mar Báltico y los puertos de importantes ciudades escandinavas.

 Comemos tortilla de patata y pechugas rebozadas (preparadas en el apartamento de Horsens la noche anterior), en un parquecito de la ciudad de Skagen; ciudad con casas individuales, todas con un patrón danés inconfundible: fachada de colores, con predominio del amarillo, ventanas grandes, madera cuadriculando la fachada y tejado de tejas rojas. Recorremos algunas calles de la ciudad (parece de segundas residencias), con un puerto también muy potente que no llegamos a ver porque queremos parar, al regreso en la ciudad de Alborg. Desde Horsens hasta Skagen hemos recorrido 350 kilómetros. Estos recorridos, casi longitudinales, ofrecen al viajero una radiografía bastante precisa del país; al menos de la riqueza agrícola y forestal y de algunas instalaciones industriales, centrales energéticas, instalaciones de aerogeneradores (nunca en grandes concentraciones), etc.

 Alborg. Es la segunda ciudad de Dinamarca, en número de habitantes. Le dedicamos muy poco tiempo, por razones de logística; aún así dimos un amplio paseo, en el regreso de Skagen a Horsens y también nos tomamos unos “capuchinos” a seis euros la unidad… Si vas a comprar a un supermercado, puedes encontrar alimentos a un precio similar al que pagamos en España, pero si quieres tomarte una cerveza, un café, comer, etc. en un establecimiento público, la cosa se dispara y, aunque se pague en “coronas”, a nosotros en ningún sitio nos hicieron precio especial, a pesar de ser la familia “Coronas”. Nos introdujimos en un recinto cerrado; una plaza grandiosa, totalmente rodeada de edificios “típicamente daneses”: en este caso, fachadas blancas, con muchas ventanas y cuadriculadas y triangulizadas por maderas que le daban un aspecto muy atractivo. Era la AALBORGHUS SLOT (1539), con cámaras subterráneas que pudieron servir también como refugios antiaéreos en momentos de conflicto. En origen, parece que era un establecimiento militar; ahora no había ningún signo de que actualmente se dedicara a actividades militares.

Alborg se encuentra en el interior de Jutlandia, pero hay un fiordo que atraviesa la península desde las orillas del Báltico hasta las del mar del Norte. En realidad, lo que queda hacia arriba sería técnicamente una isla… Paseamos por la orilla del mar hacia el que se abre la ciudad con muchas instalaciones portuarias… Daniel nos había contado varias veces el famoso carnaval de Alborg, al que ha acudido un par de años, y que se celebra en el mes de mayo. Es uno de los más famosos de Europa y realmente multitudinario. Dura una semana y el final de la fiesta es un desfile que empieza ya por la mañana y en el que participan miles de personas, disfrazadas y alegres.

Con la parada en Alborg, retomamos la ruta de vuelta y parece que se nos hace más corto el viaje de vuelta hasta llegar de nuevo a Horsens. Aún tenemos tiempo de ir a comprar algunas cosillas para cenar…

Esbjerg. Es el puerto más importante de Dinamarca, en el Mar del Norte. Nuestro guía particular –Daniel- conduce el coche directamente hasta una zona de playa donde nos encontramos frente a frente con cuatro colosos blancos, sentados mirando al mar. Los reconocimos con rapidez por las fotos que él nos había mostrado de alguna visita anterior con amigos “erasmus”. La primera imagen que nos viene a la cabeza, al verlos, es la de los moais de la isla de Pascua. Ni son iguales, ni hay tantos, ni le dan la espalda al mar, pero ese porte colosal y esa expresión-inexpresión de sus rostros y su cuerpo, nos lo recuerda… Se trata del conjunto escultórico, denominado “Mennesket ved Havet”, creado en 1995 por el artista danés Christian Wiig Hansen: “hombres mirando al mar”; estatuas de 9 metros de altura que no nos cansamos de mirar y de fotografiar, desde distintos ángulos y con variadas perspectivas. La verdad es que son espectaculares y cuanto más las miras, más te llaman la atención. Delante de las esculturas hay una inmensa y estrecha playa, que ese día está casi vacía. En cuanto se acaba la arena, empieza la hierba (césped natural) y por la hierba caminamos un buen rato, paralelos a las líneas que marcan el agua y la arena. Recorremos una parte de la ciudad, con plazas amplísimas, iglesias enormes y llegamos a un cementerio-parque, lleno de setos cuidados, de árboles grandioso, de rosas de colores y una original fuente, fácil de entender viéndola fotografiada y difícil de explicar con palabras. Sorprende, en este recinto encontrar, entre las lápidas que recuerdan a  los muertos, espacios para que disfruten los que aún seguimos vivos: una muchacha tumbada en la hierba, tomando el sol en bikini; tres señoras mayores instaladas con sus sillas, una mesa y una sombrilla comiendo como si tal cosa; otros, como nosotros, paseando… Como la mayoría de las ciudades danesas; está es silenciosa, limpia, extensa, abierta… Sin tiempo de verla entera (ni mucho menos) nos subimos al coche y circulamos en dirección a Ribe. Paramos por el camino a hacer unas fotos de los campos extensos y de las instalaciones de energía eólica. En ningún sitio hemos encontrado concentraciones de “molinos”, lo que reduce claramente la contaminación visual. La carretera transcurre por extensas llanuras, en ocasiones, jalonada por tupidos setos arbolados o pequeños bosquecillos. En uno de ellos, convenientemente señalizado, paramos a comer. Encontramos, en sombra, una mesa con bancos; comemos, con la chaquetilla puesta, de los tupper que hemos preparado antes de salir de Horsens y estamos un rato de sobremesa, tras tomarnos el café. Una mañana espléndida por lo que hemos visto y por el excelente tiempo que nos acompaña. La tarde, la ocuparemos en visitar la localidad de Ribe.

 Ribe. Dice nuestro guía que es el pueblo más antiguo de Escandinavia. Bajando desde Esbjerg, en dirección a Alemania, en la misma costa del Mar del Norte, llegamos a Ribe. La ciudad, o al menos la parte que nosotros recorremos, es como un museo al aire libre. Todas las casas tienen un encanto extraordinario. Como llegamos un poco tarde, están recogiendo el mercadillo que habrá estado abierto toda la mañana. Aún vemos alguna cosa interesante, pero todos los vendedores están embalando o guardando los objetos que pusieron a la venta… Las calles, como en otras ciudades danesas están adoquinadas y limpias; las casitas de colores tienen aparcadas, frecuentemente, una o dos bicicletas apoyadas en la fachada y, con mucha frecuencia, rosales, llenos de rosas enormes y hermosas. Todos los rincones que encontramos son dignos de detener un rato la mirada y hacer alguna fotografía. La iglesia es muy voluminosa, rodeada de estatuas de notables, imaginamos y situada en un espacio abierto, sin ningún inmueble adosado que dificulte rodearla y contemplarla. Por delante de la misma pasa la calle “Skolegade” (entendemos que será “calle de la escuela”). En una de las fachadas de esta calle, encontramos una placa grande que habla de Jacob A. Riis, según entendemos, un hijo de Ribe que emigró a EEUU, donde murió (1849-1914). Fue periodista y fotógrafo y terminó siendo un filántropo. Recorremos una calle y otra calle admirando las casas que las jalonan; entramos en un parque frondoso, con una gran superficie acuática poblada por diversas aves y allí nos topamos con un busto dedicado al mismo Jacob A. Riis. Y lo más inesperado lo encontramos en un pasadizo: en el techo se ha pegado o montado un campo de fútbol y en diferentes partes del mismo están pegados gran cantidad de “clips de playmobil”; todos boca abajo. No entendemos nada, ni quién o quienes tuvieron la idea, ni con qué fin se hizo; simplemente resulta sorprendente y divertido encontrarse con ello. Las dos paredes blancas del pasadizo están llenas de grafittis, de frases en diferentes idiomas, y dibujos con lápiz, rotuladores, bolígrafos, etc.: “Love is a verb. Love is a doing word!” (Amar es un verbo. Amar es algo que hacer…). Ahora una en alguna lengua escandinava: “Hvis hun ikk ka fa´en i ae smykkeskrin ka´ hun fa´en i ae morring!”, por si algún lector o lectora puede traducirla, como recuerdo. Finalizamos con otra en inglés, esperanzadora y dulce, aunque dice Daniel que incompleta: “Life is like a box of chocolate”. Cuando abandonamos Ribe, en dirección a Horsens, volvemos a circular por buenas carreteras, jalonadas de grandes campos de cereal, hierba o maíz, separados por setos naturales de árboles y arbustos. Todo verde, todo llano…

(Continuará)

Estampas danesas (I)

A veces andamos con un despiste mayor de lo necesario y cometemos torpezas infantiles. Comencé en Dinamarca a escribir esta crónica y la dejé iniciada con casi una página en la que narraba el viaje de ida… Hace un rato (hoy 31 de julio) pasándola con un “pendrive” del ordenador de Daniel al mío, he borrado el archivo y me he quedado a dos velas… Así que tendré que volver a empezar. Y ahí voy, de nuevo, a intentar escribir algunas anécdotas y a contar algunos detalles de nuestro viaje a Dinamarca, un país que nos ha dejado un gratísimo sabor de boca y en el que nos hubiéramos quedado más tiempo. Aunque quiero ser lo más breve posible en las explicaciones, es imposible contarlo todo en un solo texto, de modo que voy a irlo publicando por entregas. Esta es la primera.

Viaje en avión. El día once de julio llegamos en taxi al aeropuerto de Barcelona; pasamos, tras la facturación del equipaje, el control policial y nos acomodamos en uno de los bares del interior. Nada más sentarnos en una mesa, nos percatamos de la presencia en la mesa de al lado de Eduard Punset, acompañado de una joven. Se dirigió a nosotros para preguntarnos la hora y certificar que era la que la compañera le indicaba, mientras ésta nos decía: “mira que es desconfiado” y Mercè justificaba la pregunta “debe ser por su mentalidad científica que tiene que comprobarlo todo”. Nos reímos juntos; como volvimos a echarnos unas risas cuando, aprovechando que la compañera iba a hacer alguna gestión, le escondió la maleta debajo de la mesa y nada más llegar le preguntó por la citada maleta… Mercé le explicó a ella que le había parecido un comportamiento extraño y que había pensado que era un hombre desconfiado… No había pensado en la broma. Finalmente se despidieron y nos deseamos buen viaje.

Cuando, finalmente, subes al avión, toca encajarse en el asiento asignado: 31 filas: 6 asientos en cada fila. Un solo niño de un año o menos en el pasaje, ¿dónde creéis que tenía su asiento? En la fila 5, justo detrás de mí… No me lo podía creer. Mercè en ventanilla y yo en el asiento del medio. Mis rodillas tocan el asiento delantero; no me puedo mover y el viaje va a durar unas tres horas. Hemos comprado el periódico. ¿Hay algo más difícil que cambiar de página de un periódico en un avión así? Cada vez que quiero pasar página, tengo que levantarlo por encima de mi cabeza y hacer piruetas en el aire; una vez doblado, nuevo doble para que quepa en la exigua mesita que, al abrirla, me toca en la tripa, con lo que estoy totalmente inmovilizado. Más incomodidades, imposible.

Finalmente, llegamos a Copenhague. La espera de la salida de las maletas es siempre un tiempo que se vive con intensidad y con incertidumbre. Tras una espera considerable vemos que sale la nuestra por la cinta y respiramos. Recuperada, al fin, nos dirigimos a la salida y comentamos, entre bromas: “a ver si Daniel tiene un detalle y está esperándonos con un cartel en la mano”… Y nos echamos a reír porque, efectivamente se cumple a rajatabla nuestro comentario: allí está nuestro hijo con un cartel con nuestros nombres y apellidos; de modo que las primeras fotos en suelo danés son de Daniel con el cartel y la que él nos hace sosteniéndolo.

La capital, situada en la isla de Saeland. Caminamos por Copenhague (Kobenhavn) y visitamos algunos puntos de interés, guiados por Daniel. Uno de los más curiosos es el Museo de David; una instalación modélica en cuanto a solidez y forma de presentar los documentos y materiales que alberga, que es de visita gratuita y que guarda documentos y objetos árabes e islámicos, perfectamente informados y conservados; muchos de ellos llegados de España. Hay tantas cosas para ver que acaba uno saturado, pero merece la pena visitarlo. La vista del “Diamante negro”, que es como llaman a la Biblioteca Nacional o algunos de sus numerosos canales; el grandioso edifico del ayuntamiento, el Nyhavn con sus casas de colores (lleno de turistas, montando en barcos y haciendo fotos)… La sirenita de mirada melancólica  recostada en una roca, a la espera de turistas que la inmortalicen más aún… Una calle peatonal con la tienda de Lego y algunas figuras grandotas en su interior, realizadas con las piezas mágicas, y universales;  las atracciones del Tívoli; la gran estación de tren; los carriles bici y la gran cantidad de ciclistas que los usan… Entramos y dimos una vuelta por Christiania: una especie de ciudad autónoma dentro de la capital, con muchas particularidades. Curiosa y sorprendente la leyenda que se encuentra a la salida del recinto, escrita en lo alto de una especie de pancarta de madera: “You are now entering the UE”; es decir: “Ahora estás entrando en la UE”… Unas breves pinceladas para hablar de esta ciudad, abierta al mar y que nos gustó. Y una compra inesperada. Entramos en un espacio de una iglesia protestante donde vendían toda clase de libros a 50 coronas cada uno (un poco más de 7 euros). Compramos, en inglés, sobre juegos y juguetes infantiles: “A history of toys” y dos de exlibris, en danés, (había una gran cantidad de libros sobre este tema, muy popular en algunos países del centro y norte de Europa).

Roskilde. Nada más comenzar el viaje hacia Odense, y sin dejar la primera isla, nos desviamos hacia esta localidad, con una catedral espectacular, la más antigua de Dinamarca, rematada con dos torres de altísimas agujas que las hacen visibles desde varios puntos alejados. Alrededor de la misma se arremolina un barrio de casas viejas y estructura antigua, que unido a la poca gente que encontramos y la ausencia de ruido, no parece que estemos en una ciudad con varios miles de habitantes. Casas con amplias ventanas, sin cortinas ni persianas; fachadas pintadas en tonos amarillos, en las que se hacen visibles los entramados de madera que también forman parte de ellas. No me canso de fotografiarlas (como también haré en casi todas las poblaciones que visitamos). En una de las plazas, amplísima, hay un mercadillo donde puedes encontrar no solo productos alimenticios, sino también artesanías y antigüedades. Compro dos cajas metálicas viejas. Daniel se hace con una chapa gigante de Calsberg (de las que se colocaban en las fachadas de los bares) y Mercè se agencia un bonito collar.

Visitamos el museo vikingo (Vikingeskibs museet): un espacio muy grande donde se guardan restos de barcos vikingos sacados del fondo del mar (por lo que es imposible encontrar ninguno completo); hay varios audiovisuales y paneles que explican cómo se encontraron, cómo se actuó para poder sacar las partes que aún no se habían desintegrado y cómo se restauraron… Además, en otras zonas se ven procesos reales de construcción de pequeñas embarcaciones: herramientas, tratamiento de troncos hasta convertirlos en piezas de construcción… Es un espacio grande con diversos puntos de atracción, al que no cesa de llegar gente. Después de dos horas de dar vueltas, mirar y empaparnos visualmente de cultura vikinga, decidimos comer en una cantina “vikinga” y allí sí que empezamos a añorar la comida española: una pechuga de pollo entera asada, un chusco de pan cortado por la mitad y un montón de hierbas de la pradera próxima, de acompañamiento; sin más aliño que una pequeña tarrina de mantequilla… Imagino que los viejos vikingos debían comer otras cosas; en caso contrario dudo que sus espeluznantes aventuras sean de verdad, je, je.

  Odense. En el viaje desde la capital, se abandona una isla (Seeland), para entrar en otra: Fyn o Fionia, y ello se hace circulando por un enorme, descomunal puente, de unos 15 kilómetros, en el que hay que pagar derecho de pontaje, como en la edad media… Ya en Copenhague, cerca del ayuntamiento, encontramos una gran estatua de Hans Christian Andersen y también el nombre de una de sus avenidas. Además, entramos en una tienda dedicada a vender, sobre todo, recuerdos relacionados con esta figura inmortal de la Literatura Infantil y de los personajes de sus obras. En el interior había una estatua a tamaño natural del escritor, realizada con piezas de lego, ¡sorprendente, de verdad! Y en el exterior de la tienda, sentado al lado de una mesa, como evidente reclamo, un personaje vestido como el escritor, que tuvo la gentileza de dejar que lo fotografiáramos leyendo un ejemplar de El Gurrión.

 La ciudad de Odense está volcada con su hijo más universal: estatua en el parque más importante de la misma; casa donde vivió, museo, tienda, semáforo próximo con su figura, cuando se pone rojo o verde; Andersen da nombre a diversos eventos que se celebran a lo largo del año en la ciudad. Tuvimos la mala suerte de que el día que visitamos Odense era sábado por la tarde y estaban las instalaciones cerradas. Nos hicimos una foto con Mercè leyendo la revista El Gurrión y, aprovechando que llevaba un boletín Bibliotelandia, posé también con el mismo al lado de la estatua del parque: Como todas las ciudades danesas, es amplia, con edificios de poca altura, salvo algún raro ejemplar. Paseamos buena parte de la ciudad, casi vacía y acompañados de una excelente climatología y nos tomamos unos helados exquisitos. Pudimos observar y pude fotografiar fachadas y ventanas de casas bajas, bien conservadas, repetidas en todas las ciudades danesas que recorrimos, pero que son muy bonitas, llaman mucho la atención, tanto por la gran cantidad de ventanas, como por los colores de las fachadas.

 Horsens. Éste ha sido, sin duda, el nombre de ciudad más veces pronunciada en casa, en estos últimos dos años. Daniel está allí desde agosto de 2011 cursando estudios. Teníamos ganas de conocerla. Antes de llegar a la residencia, donde vive Daniel, nos llevó hasta el campo de fútbol donde suele entrenar y jugar los partidos con su club danés, el Horsens Freja, en una amplia zona deportiva, con varios campos y edificios de vestuarios y reuniones.

La siguiente parada fue ya delante de la residencia. Subimos maletas y nos instalamos y, rápidamente, nos llevó a visitar el edificio central de la universidad. Con su tarjeta de estudiante y su código, puede entrar sin problemas en el recinto. Un edificio nuevo, moderno, acristalado por todas partes, con muchas zonas comunes para reuniones de trabajo, de descanso, de lectura…. Subimos a la azotea, desde donde se divisa toda la ciudad.

Resulta que uno de los hijos más conocidos de esta ciudad, es nada menos que Vitus Bering, el descubridor del estrecho que separa Rusia de Alaska (EEUU) y que lleva su mismo nombre: “Estrecho de Bering”. Estuvimos en el exterior de su casa (Bering Hus), en la plaza que lleva su nombre (Vitus Berings Plads) y en el parque dedicado a él y donde hay un conjunto escultórico con el que se le recuerda (un gran mural con un mapamundi, en el que se señala claramente el estrecho de su nombre).

Horsens se convirtió en el campamento base durante los cinco días siguientes, mientras realizábamos incursiones y excursiones a diferentes localidades de la península de Jutlandia. La ciudad está bañada por las aguas del Báltico, aunque sus playas son de pequeña extensión; tiene edificios notables, parques sorprendentes; un cementerio-parque lleno de encanto y al lado mismo de la universidad, una extensa zona húmeda, con un camino para poder pasear o hacerlo en bicicleta; un observatorio de aves…Y, hasta una vieja tienda con una colección importante de planchas viejas; aquellas que se calentaban por contacto o con brasas en su interior y que pudimos ver en un viejo escaparate, (je, je, ¡cómo nos tira el tema del coleccionismo!) ¡Lástima que no pueda ilustrar todo lo que escribo con imágenes, para redondear la información!

 (Continuará)

Álbumes de cromos

Uno de los recuerdos que no me han abandonado de mi infancia es el afán por coleccionar cromos. Milagrosamente, guardé algunas muestras de ello y hoy puedo disfrutarlas, aunque sean colecciones incompletas. Nadie me animó a guardar los álbumes (ni otras cosas relacionadas con ese tiempo fundacional que es la infancia), pero ahora no me desharía de ellos fácilmente.

Por cierto, yo sí animo a los chavales de mi tutoría a que guarden todos aquellos materiales que van desarrollando o recibiendo como recuerdo, a lo largo de su escolaridad. Suelo decirles que destinen una caja (“la caja de la memoria”) para guardarlos hasta que cumplan unos veinte o más años y que entonces, vuelvan a encontrarse con ellos. Si en ese momento no les dicen nada, pueden deshacerse sin problemas de fotos, cuadernillos, marcapáginas, libritos, etc. Generalmente, a esas edades, el punto de mira ha cambiado; uno ya empieza a tener un pasado significativo (al menos en recorrido) y algunos objetos le ayudan a organizar su biografía, je, je; por lo que suele agradecer reencontrarse con ellos.

Este año celebraremos la V Muestra de Coleccionismo de Labuerda, con motivo de las fiestas de agosto y el tema central, decretado el pasado año es, precisamente, el de los álbumes de cromos. A través de la revista El Gurrión, ya se ha anunciado la cuestión y he preparado también-al igual que hice el pasado año- un tríptico en color para animar el tema y dejar constancia de lo que vamos haciendo.

Según leemos en un librito precioso, auspiciado por la Biblioteca Pública Municipal Torrente Ballester de Salamanca,que lleva por título “El papel del chocolate” y publicado en 2009, con motivo de la 17 Feria del Libro Antiguo y de Ocasión: “El coleccionismo empieza a desarrollarse en Europa a partir demediados del siglo XIX con la proliferación de estampas que acompañaban a muchos de los productos que llegaban de ultramar, pero es a principios del siglo XX cuando su divulgación se incrementó notablemente. En la década de los años veinte, tas tiradas de cromos alcanzaron cifras realmente exorbitantes”.

Me situaré yo a mediados de siglo XX, principio de los años sesenta que es cuando empieza mi infancia consciente y hablaré de mis sentimientos de expectación cada vez que en mi casa se empezaba “una pastilla de chocolate” y aparecía en su interior el esperado cromo, y de alegría si el cromo no era de los que ya tenía. Que un producto tan dulce y tan atractivo para los niños y niñas, como el chocolate, guardase en su interior aquel regalo era un doble argumento de dulzura. Normalmente, las fábricas de chocolate o las empresas que lo comercializaban: Hueso, Torras, Elgorriaga, Acín, Zahor… regalaban el álbum, a través de las tiendas de venta de las tabletas, y el resto lo poníamos los chavales.

En un tiempo en el que los libros escolares eran en blanco y negro, los cromos aportaban color a nuestra infancia. Los álbumes, además, estaban diseñados con ciertos criterios pedagógicos; eran libros paralelos con los que adquirir ciertos conocimientos de ciencias naturales, de geografía, de historia, de actividades deportivas,  de fauna y flora, de oficios, de guerras, de ciudades y países, etc. El álbum, en sí, ya era un libro, puesto que cada cromo tenía debajo una descripción y uno podía “leer el álbum” antes de tener los cromos y aprender algunas cosas.

Aquella práctica de colocar un cromo en el interior de un producto para publicitarlo, iniciada por el chocolate, fue seguida por otros productos: chiclés, pipas de girasol, leche, cervezas, gaseosa, yogures… Como el afán coleccionista aumentaba las ventas, la industria del cromo tomó otros caminos y empezaron a aparecer en el mercado álbumes y colecciones que ya no iban unidas a ningún producto, sino que había que comprar sobres, dentro de los cuales salían unos pocos cromos. Desde hace ya unos años, ésta es la fórmula más habitual del coleccionismo: series televisivas; películas de dibujos animados y, por descontado, futbolistas de los equipos de la liga o de la Champions League suelen protagonizar las nuevas colecciones que incorporan a los diseños, técnicas nuevas que quieren convertir a los cromos en objetos aún más atractivos y estimulantes para los chavales. En los mercadillos semanales de muchas ciudades son visibles corros de padres y madres o de abuelas y abuelos con las listas de los que les faltan, cambiando cromos con otros como ellos, aunque en realidad la colección es para el hijo pequeño o la hija pequeña, para el nieto o la nieta. Hay una nostalgia atávica de otros tiempos y de otras aficiones que el paso del tiempo no ha podido borrar del todo.

Hay un libro, escrito por Javier Conde y publicado por Espasa que se titula “Lo tengo, no lo tengo” (1998) y que se subtitula: “Los cromos: historia de una ilusión”, que –para quienes estén interesados en el tema- es básico y muy curioso.

Hace unos años, escribí un pequeño artículo, que se publicó en el número 60 de la revista El Gurrión (páginas 26-28) de agosto de 1995, titulado “Cuando salían cromos en las pastillas de chocolate” y en él recordaba el beneficioso efecto que el chocolate y los cromos que ofrecía causaron en nuestra infancia.

Para terminar, he relacionado seguidamente, todos los álbumes de cromos que tenemos guardados en casa: de mi infancia y de la de mis hijos Ana y Daniel que llevaremos a la exposición de la V Muestra de Coleccionismo de este 2013. Tres de ellos son muy singulares: están animados desde el Seminario de Biblioteca y Literatura Infantil del colegio. Son álbumes de reducido radio de acción (de cada uno se hicieron unos 400 ejemplares), pero querían recuperar aquella función pedagógica de la que he hablado anteriormente; en este caso  puesta al servicio del fomento de la lectura.

Relación de álbumes de cromos que expondremos en la V Muestra de Coleccionismo de Labuerda:

.. El deporte visto por sus ases. Álbum 10: Ciclismo. Editado por Nestle (colección “Chocosport”) en 1968. El álbum era de 24 cromos.

.. Figuras del deporte. Fútbol. No hay referencias de año ni marca. La colección era de 40 cromos y estaba editado por una marca de “pipas”.

.. Ídolos de la canción. Colección Pop 70. Colección de 33 cromos. Sin especificación de año ni de marca comercial, aunque era una marca de “pipas”.

.. África. El mundo a través de sus continentes. Colección de 76 cromos y de 41 banderas. Editado por la empresa RAM.

.. Grandes expediciones. Colección de 96 cromos patrocinada por los chicles Dunkin. Editado en 1969.

.. Oceanía. Colección de 96 cromos, de chicles Dunkin. Editado en 1968

.. Homenaje a la conquista del espacio. Colección de 82 cromos. Álbum editado por cervezas DAMM, en 1970.

.. Héroes legendarios. Colección ce 162 cromos, patrocinada por chocolates Hueso, en 1962.

.. Campeonato mundial de fútbol 1966, por gentileza de gaseosas La Casera. Colección de 240 cromos.

.. Campeonato de Liga 1966/67. Álbum con 272 cromos, editados por Editorial Fher, en 1966.

.. Vida y color. Editado por Álbumes españoles, S.S., en 1965. Colección de 380 cromos.

.. Visión de Asia. Editado por chocolates Torras en 1961. Colección de 202 cromos.

.. Panorámica de América Latina. Editado por chocolates Torras, en 1963. Colección de 216 cromos.

.. Fauna amenazada. Editado conjuntamente por WWF-Adena y el Banco Central Hispano (BCH), editado en 1999. Colección de 48 cromos.

.. David el Gnomo. Editado por Danone en 1985. Colección de 64 cromos.

.. El libro de Lisa. Editado por Danone en 1985. Colección de 64 cromos.

.. La vuelta al mundo de Willy Fog. Editado por Danone en 1983. Colección de 96 cromos.

.. Tortugas Ninja. Editado por Panini, en 1990, con 252 cromos.

.. Pocahontas. Editado por Panini en 1995. Cromos sin numerar.

.. Fíchalos a todos. Liga fútbol 2001. Editado por chicles Boomer en el año 2000,con 220 cromos.

.. Harry Potter y la cámara secreta. Editado por Panini. No figura año de edición ni están los cromos numerados exteriormente.

.. UEFA Champions League. Editado por Panini en 2000. Con 304 cromos.

.. El rey León. Editado por Panini, en 1994. Colección de 230 cromos.

.. Pokémon. Editado por Merlin Collections en 1999. 276 cromos, por lo menos…

.. Dragon Ball-Z. Editado por Panini. Colección de 240 cromos. No figura año de edición.

.. Campeonato Nacional de Liga 2004/2005. Primera División. Edita Colecciones Este. 448 cromos.

.. The Simpsons. La colección de cromos de Springfield. Edita Panini en 1999. Colección de 150 cromos.

.. El Jorobado de Notre Dame. Edita Panini, en 1996.

.. Harry Potter y la piedra filosofal. Edita Panini, en 2001.

.. Equipos de Europa 1999. Edita Panini. Colección de 378 cromos.

.. Un océano de palabras en un mar de libros. Edita Seminario de Biblioteca y Literatura Infantil. CEIP Miguel Servet de Fraga, en 2003. Colección de 25 cromos.

.. Vivir, sentir y convivir. Edita Seminario de Biblioteca y Literatura Infantil. CEIP Miguel Servet de Fraga, en 2007. Colección de 30 cromos.

.. Antología poética y álbum de cromos. Edita Seminario de Biblioteca y Literatura Infantil. CEIP Miguel Servet de Fraga, en 2009. Colección de 24 cromos.

.. 45 cromos sueltos de la colección “Juanito Zahor en los mares de Oriente”, de chocolates Zahor. La colección era de 160 cromos y desconozco el año en que se editó. No dispongo de álbum.

Autobiografía fragmentada (II)

Hemos retomado la estrategia de los “meacuerdos” para hablar de nosotros mismos, en plan autobiográfico. Es una estrategia de largo recorrido porque cada breve recuerdo tiene, en ocasiones una sorprendente explicación o justificación y podríamos estar horas y horas contando historias a partir de estos recuerdos puntuales y fragmentarios... Es una manera rápida de rescatar unos cuantos recuerdos y poder hablar de la vida de uno con una base “textual”. Es evidente que no hemos tenido tiempo material para explicarlos todos, pero en este documento, al que seguirán otros en los próximos días, he recogido unos cuantos del centenar de “meacuerdos” que marcaba el reto individual. En esta segunda entrega, aparecen los de cuatro niñas/os de la clase: Yolanda, Sanae, Iván y Rocío.

 .. "Me acuerdo de cuando nació Noelia, mi hermana. Me acuerdo del día que empecé el colegio. Me acuerdo de cuando cambié de una casa vieja a un piso. Me acuerdo de cuando fui por primera vez al circo, me encantó. Me acuerdo de cuando mi madre montó un negocio. Me acuerdo de cuando mis padres compraron un perro llamado Fox. Me acuerdo de la primera vez que monté en un avión; fue para ir a Colombia. Me acuerdo de cuando conocí a la familia que tengo en Colombia. Me acuerdo de mi primer día estudiando  en el colegio “Sagrado Corazón de Jesús”, en Colombia. Me acuerdo de cuando visité el cementerio de Cali. Me acuerdo de mi vuelta a España. Me acuerdo de mis primeros días en Fraga, después de cinco años fuera. Me acuerdo de mi primer cuentacuentos. Me acuerdo de cuando me compraron mi primer móvil. Me acuerdo de cuando me alojé por primera vez en un hotel. Me acuerdo del día en el que toqué por primera vez en mi vida restos volcánicos. Me acuerdo de cuando empecé el colegio en Canarias, era muy distinto. Me acuerdo de cuando volví a Fraga después de tres meses en Tenerife. Me acuerdo de cuando fui a vivir a Cervera. Me acuerdo del miedo que les tenía a los fuegos artificiales. Me acuerdo de mi última muñeca, Diana. Me acuerdo de mi primer baño en un río. Me acuerdo de un proyecto que realizamos en clase, llamado “La caja de la memoria”; fue genial. Me acuerdo de cuando fuimos a recoger el Premio Félix de Azara. Me acuerdo de cuando empezamos a hacer un libro grande para la biblioteca. Me acuerdo de cuando vinieron distintas clases del colegio a la nuestra a entregar los libros grandes..."  (Yolanda)

.. Me acuerdo cuando mi madre cuidaba a mi primo de 9 meses, dejé que ella se fuera a la cocina y le empecé a meter galletas en la boca y casi se ahoga. Me acuerdo de un día que mi madre estaba haciendo té y cogí la tetera como si fuese un bolso y me quemé el brazo. Me acuerdo del día en que fui al bosque con mi tía a buscar leña con el caballo.  Me acuerdo que todas las mañanas y las tardes iba con mi abuela al monte, a llevar las vacas y allí nos quedábamos haciendo cestas.  Me acuerdo de cuando mi abuelo y mi abuela, por la noche cuando nos sentábamos todos, nos empezaban a contar historias. Me acuerdo que mi primer vestido para ir a una boda, me lo hizo mi abuela.. Me acuerdo cuando subía a los árboles, cogía pájaros, los ponía en una jaula y los cuidaba. Me acuerdo de cuando mis abuelos fueron a Casablanca y me regalaron un “super peluche”. Me acuerdo cuando fui a Marrakech y visitamos la plaza “Yamaa el Fna”, donde hay personas que cuentas chistes, historias, cuentos y otras que juegan con las serpientes. Me acuerdo cuando me apuntaron al colegio de Marruecos y el primer días, me escapé. Me acuerdo de cuando iba a venir a España y no quería. Me acuerdo de cuando cayó nieve en la Granja d´Escarp. Me acuerdo de la primera vez que monté en bicicleta. Me acuerdo de cuando vinimos a vivir a Fraga. Me acuerdo de cuando me disfracé por primera vez de “Super woman”. Me acuerdo de la primera canción que aprendí en catalán. Me acuerdo de cuando mi madre me contaba cosas de cuando era pequeña. Me acuerdo cuando guardaba cajas de zapatos, luego las pegaba una encima de otra y formaba como una estantería. Me acuerdo del día que me castigó mi madre por tirar la pelota por la ventana…  (Sanae)

.. Me acuerdo de mi primera bicicleta: era azul y con el piolín en la cestita. Me acuerdo de la primera vez que me subí al tractor de mi padre. Me acuerdo de mi primera excursión a una granja escuela, con tan solo cuatro años; me subí a un pony, pero lo malo es que bajé por el otro lado. Me acuerdo de mi primer día en 1º de Primaria; era todo muy grande y ya no estaba la casita de las bolas; ni eso, ni los dos recreos. Me sentí muy raro pero  bueno, ahora estoy en sexto y vivo. Me acuerdo del primer día que entré en la biblioteca; entonces la bibliotecaria de los patios era Oliva. Me acuerdo de la primera vez que vi el rebaño de ovejas de mi padre. Me acuerdo de las monas que me traía mi padrino José, ¡qué ricas! Me acuerdo de mi primer caballo balancín de madera, hecho por mi tío. Me acuerdo de la primera vez que me vestí de cazador con la escopeta de mi padre. Me acuerdo de la primera vez que planté una olivera. Me acuerdo de cuando vi los cerdos en la plaza para el sorteo de carnaval. Me acuerdo de la primera vez que subí a las motos de mi vecino Antonio, un motorista de pura cepa. Me acuerdo de la primera vez que participé en el belén viviente. Me acuerdo de la primera vez que recogí una cuerna de ciervo en el monte de Fraga. Me acuerdo de la primera vez que me compraron un traje, ¡qué majo! Me acuerdo de la primera vez que llevé el motocultor de mi padre. Me acuerdo de los domingos de ramos que llevaba la palma a misa. Me acuerdo de cuando teníamos dos iguanas y las sacábamos a pasear todos los días. Me acuerdo de mi primera nevada con sus correspondientes peleas de bolas y la construcción de un muñeco de nieve. Me acuerdo de mi primer triciclo; era el Fernando Alonso de la terraza. Me acuerdo de la exposición del aniversario de la biblioteca escolar… (Iván)

 .. Me acuerdo de cuando íbamos de camping y mi bisabuela decía que no quería ir y al día siguiente, a las 5 de la mañana, era la primera que estaba preparada, aunque no salíamos hasta las siete. Me acuerdo del perro de mi primo Isaac, siempre me mordía en el dedo meñique de la mano derecha. Me acuerdo de que cada dos por tres, me quedaba a dormir en casa de mi tía Isabel. Me acuerdo de que en la boda de mi madrina, llevé los anillos. Me acuerdo de cuando nació mi hermano Diego. Me acuerdo de cuando íbamos a pescar y me metía en el pantano con mi antigua perrita Lulú. Me acuerdo de cuando se murió mi abuelo. Me acuerdo que cuando era pequeña veía las tortugas Ninja con mi padre. Me acuerdo que el vestido de sevillana que más me gusta, de los que me ha hecho mi madre, es uno verde y rosa. Me acuerdo de cuando mi bisabuela se quedó en cama. Me acuerdo de cuando mi madre nos dijo que tenía un bebé en la tripa y mi hermana preguntó si se lo había comido. Me acuerdo de la primera vez que mis abuelos vinieron a Fraga. Me acuerdo de la última vez que nos mudamos. Me acuerdo de las canciones que nos cantaba mi madre para dormir. Me acuerdo de la primera vez que me regalaron una hucha y empecé a ahorrar. Me acuerdo de cuando me subí por primera vez a un caballo. Me acuerdo que para el Pilar fui al concierto de Melendi. Me acuerdo de cuando Mariano perdió las hojas de papel con las que adornamos los árboles en el colegio. Me acuerdo de cuando Gloria me enseñó a bailar las cuatro sevillanas. Me acuerdo cuando mi tía me enseñó a hacerme un facebook… (Rocío)

 

Autobiografía fragmentada (I)

Hemos retomado la estrategia de los “meacuerdos” para hablar de nosotros mismos, en plan autobiográfico. Es una estrategia de largo recorrido porque cada breve recuerdo tiene, en ocasiones una sorprendente explicación o justificación y podríamos estar horas y horas contando historias a partir de estos recuerdos puntuales y fragmentarios... Es una manera rápida de rescatar unos cuantos recuerdos y poder hablar de la vida de uno con una base “textual”. Es evidente que no hemos tenido tiempo material para explicarlos todos, pero en este documento, al que seguirán otros en los próximos días, he recogido unos cuantos del centenar de “meacuerdos” que marcaba el reto individual. En este caso, aparecen los de cinco niñas/os de la clase: Bitu – Gerard – Bianca – Marc y Ana.

 .. Me acuerdo cuando me sentaba con mi abuelo para ordeñar las vacas. Me acuerdo de cuando mi padre me contaba cuentos para que me durmiese. Me acuerdo cuando nació mi hermano. Me acuerdo de cuando fui a mi país. Me acuerdo cuando me hice mi primer peinado de trenzas, que dolía mucho. Me acuerdo de cuando fui a Huesca para que nos entregaran el Premio Félix de Azara. Me acuerdo de cuando mis abuelos me contaban lo que hacían de pequeños. Me acuerdo de cuando me dieron en mi país un premio por ser la niña que limpiaba la plaza. Me acuerdo de cuando iba con el tacatá. Me acuerdo de cuando tenía que limpiarle el culo a mi hermano. Me acuerdo de que mis padres siempre me vestían de rosa cuando era pequeña. Me acuerdo de cuando mi madre me daba abrazos para que no me sintiera triste. Me acuerdo de cuando le enseñaba a hablar a mi hermano pequeño. Me acuerdo de cuando soñaba que ya no había más guerras y todo el mundo sería feliz. Me acuerdo de cuánto me gusta recitar la poesía con todos mis compañeros a la vez. Me acuerdo de cómo me hace reír mi profesor. (...) (Bitu)

 .. Me acuerdo de cuándo mi padre mató un jabalí en Sabiñánigo. Me acuerdo de la primera vez que monté en bicicleta y me hice un rasguño en la espalda. Me acuerdo de cuando fui a ver la final de la Copa del Rey en el Camp Nou. Me acuerdo de las primeras veces que iba con mis padres a pescar. Me acuerdo de cuando nos hicimos una foto con toda la familia de parte de mi madre. Me acuerdo de cuando estuve en la catedral de Santiago de Compostela. Me acuerdo de las noches de San Juan que, después de cenar, vamos a la fuente. Me acuerdo de mi abuelo y de mi bisabuelo. Me acuerdo de cuando en la huerta nos bañábamos en barreños de plástico. Me acuerdo de cuando me trajeron una foto firmada por Bojan, en la que pone: “Pel Gerard, amb afecte”. Me acuerdo de cuando vi en Bilbao el perro de flores, al lado del Guggenheim. Me acuerdo de mis bonitas excursiones a buscar setas. Me acuerdo de las castañadas del colegio. Me acuerdo de los buenos ratos que he pasado con el equipo de futbito del Miguel Servet, con el que casi ganamos el provincial dos años seguidos. Me acuerdo de cuando montamos la portería de la huerta. (...) (Gerard)

 .. Me acuerdo del primer día que monté en bicicleta. Me acuerdo de la primera vez que fui a una boda. Me acuerdo de la primera vez que vi una serpiente y un oso. Me acuerdo de la primera vez que fui a hacer rafting. Me acuerdo del último día que pasé en Rumanía. Me acuerdo de cuando iba a tocar timbres por la noche.  Me acuerdo del día que quedé con mis amigas y jugábamos a modelos. Me acuerdo de la primera vez que me maquillé. Me acuerdo de las veces que mi abuela me acariciaba y me mimaba. Me acuerdo de cuando fui al castillo de Mequinenza. Me acuerdo de cuando mi madre tuvo a mi hermana y yo le dije que era un chico y era una chica. Me acuerdo de la primera vez que dormí sin mi madre. Me acuerdo de los días que me tumbaba en la hierba para ver las nubes. Me acuerdo de la primera vez que fui a un hotel. Me acuerdo de la primera vez que ayudé a mi madre a cose y a limpiar. Me acuerdo de la primera vez que tuvimos que aprendernos la contraseña poética. Me acuerdo de la primera tarjeta que me envió mi tía. Me acuerdo de los buenos momentos que pasaba con mis abuelos. Me acuerdo de cuando fuimos al pueblo de Mariano. (...) (Bianca)

 .. Me acuerdo de cuando, en verano, me quedaba a dormir en el monte. Me acuerdo de cuando vi a mi hermana por primera vez. Me acuerdo de cuando salíamos a pasear en verano y me compraba un helado.. Me acuerdo de cuando lloraba porque unos perros pequeñitos siempre me estaban persiguiendo. Me acuerdo de cuando aprendí a montar en bicicleta.  Me acuerdo de cuando tenía la varicela y estaba todo el día por casa.  Me acuerdo de cuando fuimos al zoo de Barcelona. Me acuerdo de cuando hacíamos fila para jugar con el ordenador en Infantil. Me acuerdo de cuando hice mi propio huerto (aunque lo acabó “cuidando” mi tío...) Me acuerdo de cuando vi por primera vez un e-book y leí en él. Me acuerdo de cuando me tuve que poner gafas. . Me acuerdo de cuando fui bibliotecario escolar. Me acuerdo de cuando en cinco años representamos la obra: “El flautista de Hamelin”. Me acuerdo de cuando hacía casas con cajas en el monte. Me acuerdo de cuando completé el primer “desafío lector”.  Me acuerdo de cuando escribí por primera vez (junto a Ana) en la prensa. Me acuerdo cuando hice la caja de la memoria. Me acuerdo de cuando fuimos a Logroño de vacaciones. Me acuerdo de cuando estaba en el escultismo. Me acuerdo de cuando hicimos el primer “Libro libre”. Me acuerdo de cuando mi madre me enseñó a coser. Me acuerdo de cuando no quería comer en la guardería y me castigaban sin salir a jugar. Me acuerdo de cuando mi hermana y yo hacíamos trufas y nos las comíamos sin que nuestros padres se enteraran. (...) (Marc)

 .. Me acuerdo de un día en la guardería comiendo fruta muy a gusto. Me acuerdo de cuando iba al colegio, con dos años, a ver el cuentacuentos. Me acuerdo de cuando mi madre me acompañaba al colegio. Me acuerdo que casi siempre jugábamos a “pi”, que es como el escondite, pero con otro nombre. Me acuerdo que en el verano estábamos jugando hasta las 12:30 de la noche. Me acuerdo que muchas veces veía a Dani (mi hermano) haciendo deberes y le tenía mucha envidia, ya que yo nunca tenía. Me acuerdo que cada noche mi madre me leía un cuento que ella se inventó; cada noche, el mismo. Me acuerdo que me presenté a un concurso de cuentos, con la obra “El laberinto”; no gané ningún premio, pero me dieron una pluma de escribir. Me acuerdo de cuando representamos la obra en catalán, “un vol accidentat”, yo era la copiloto. Me acuerdo de los primeros cross que yo corría con la camiseta de Fraga.. Me acuerdo que para ir a Alicante, íbamos en avión. Me acuerdo de las veinticuatro horas de fútbol sala. Me acuerdo que fui “pichichi”, con 15 goles. Me acuerdo que ganamos muchas copas. Me acuerdo del abcdario que hicimos para el verano. Me acuerdo de la carta que le mandamos a Mariano y que él nos respondió. Me acuerdo de la primera contraseña poética. Me acuerdo de cuando fui al primer concierto, el de Melendi. Me acuerdo de uno de los pocos besos que me ha dado mi hermano. Me acuerdo cuando me leí y vi la película de “El niño del pijama de rayas”, que me gustó mucho. Me acuerdo que en infantil nos llevamos unos días una maleta llena de libros a casa y ahora, con Mariano, hemos vuelto a repetir esa actividad. Me acuerdo de cuando fuimos a enseñarles a los pequeños, el pueblo de cajas que hicimos en plástica. Me acuerdo que me puse muy contenta al ver los tablets. Me acuerdo de cuando empezamos a hacer obras en el monte. (...) (Ana)

131 gurriones

Mayo es un mes “gurrionil” por excelencia. Es el mes en el que se publica el segundo “gurrión” de cada año. No es fácil “construir” un ejemplar de esa revista, que ya lleva 131 números y camina hacia los 33 años de existencia. Resulta admirable la fidelidad de unos cuantos colaboradores y colaboradoras que nunca faltan a la cita trimestral con sus aportaciones. Esa actitud de cooperante gratuito y desinteresado es un caudal de energía positiva que sostiene al coordinador de la publicación, en esta especie de empresa voluntaria e interminable, a la vez.

Pues eso, que ya está la revista en la calle, que ya la están recibiendo en sus domicilios los suscriptores y suscriptoras, que también la podéis leer en “La cadiera de Macoca” y en la web de la revista y que para muestra un botón: seguidamente, os dejo con la presentación de la misma; un texto algo más extenso que otras veces, que transita por los mismos vericuetos que los anteriores. Un abrazo y nos vemos en agosto, cuando vea la luz el número 132.

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 Malos ejemplos

 Reiteradamente, no dejan de llegarnos desde el poder malos ejemplos... ¡Es tan desesperante todo lo que está pasando que dedicamos y consumimos un exceso de energía en pensar, reflexionar y –las más de las veces- entristecernos con lo que vemos y oímos, y con lo que no vemos e intuimos!

Lo peor de todo es que nos estamos acostumbrando a que todo lo inmoral sea ya natural...

Cada vez que escuchamos las declaraciones de algún “irresponsable” político, rescatadas de la videoteca, y, seguidamente, las contrastamos con lo que opina, dice o hace ahora, recorre nuestro cuerpo un fogonazo de rabia (por no decir otra cosa) que debe salir por algún lado porque, de quedarse dentro, nos abrasaría... Enseguida pensamos que seríamos incapaces de seguir saliendo a la calle si nos pillaran en semejante mentira o en semejante desvergüenza, pero con esta casta no pasa nada y todo sigue igual.

Cada vez que escuchamos a un irresponsable político valorar una sentencia judicial, nos damos cuenta de su catadura moral: si la misma roza sus intereses partidistas, la pone a caldo o, por lo menos, entre paréntesis; si se refiere a sus adversario, entonces pide respeto a las decisiones judiciales... ¿Se puede ser más indigno, peor persona?

Cada vez que escuchamos a un irresponsable político hablar de las protestas de los ciudadanos, ante tantas canalladas que nos están ahogando, dice que las considera excesivas y, en algunos casos, ilegítimas... Ya no se acuerda de cuando, estando en la oposición, se manifestaba alegremente cada fin de semana por las calles de Madrid “porque había que salir a la calle para que el gobierno cambiara su proceder”. ¿Se puede ser más sinvergüenza y más intolerante?...

Cada vez que escuchamos a un irresponsable político utilizar el lenguaje para explicar las cosas cambiando los nombres que siempre han tenido, nos sentimos profundamente insultados y tenemos ganas de vomitar... Llamar “movilidad exterior” a la necesidad de abandonar el país para buscarse el futuro porque aquí ha sido borrado del todo; llamar “ajustes” a  los interminables recortes en servicios básicos: asistenciales, sanitarios, educativos; denominar a la vergonzosa “amnistía fiscal” con el elaborado eufemismo de: “medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas”; o disfrazar el “rescate a la banca” como un “préstamo en condiciones extremadamente favorables”, por citar solamente algunos ejemplos, pueden dar una idea de cuáles son los niveles de perversión que manejan los gobernantes que tenemos la desgracia de padecer en estos momentos.

 En realidad, no tendríamos espacio suficiente con un monográfico gordo gordísimo de esta revista para relatar todas las infamias de esta gente, empeñados en gobernar de espaldas al pueblo. Es difícil hacerlo peor... Salvo los curas, las monjas y los obispos (encantados de la vida, imaginamos) y los votantes del PP (que ya están tardando), todos los colectivos del país se han manifestado en contra de las políticas impuestas por estos exterminadores. Actúan con premeditación y alevosía; con chulería y desvergüenza; con enormes dosis de cinismo y esa puta sonrisa que delata sus malas intenciones. ¿Alguien conoce algún arma de destrucción “+IVA”, más peligrosa que esa voz de “dibujos desanimados” y esa sonrisa gominosa en el rostro del ministro de hacienda?

 No parece que resulte muy complicado ser generoso desde la abundancia. Una mayoría absoluta debería servir para administrarla con respeto, con audacia y con compasión; propiciar encuentros y debates; aceptar aportaciones diferentes; poner sobre la mesa posturas distintas y luego discutir, valorar, consensuar..., lo que se pueda... Eso sería una lección práctica de democracia; lo que se está haciendo es una imposición monolítica y dictatorial de unos postulados ampliamente contestados por los colectivos sociales afectados. La arrogancia, la bravuconería y la imposición son lamentables ingredientes, que solo sirven para legitimar la venganza de los siguientes que podrán decir la triste frase de “cuando gobernemos nosotros, os vais a enterar”.

 Los que ya tenemos una edad, nos sentimos montados en la máquina del tiempo, pero impelidos claramente hacia atrás; es una máquina retrógrada que nos lleva a tiempos que creíamos superados y nos deja en peor situación... Cuando se vive una situación límite, precaria o difícil, pero se vislumbra un horizonte de cambio esperanzador y se tiene la clara sensación de que, aún con dificultades, se va avanzando, se sobrevive con más empuje, ilusión y ganas, que cuando se nos propone un viaje de regreso; casi nadie discute este postulado.  Ahora vamos claramente hacia atrás, en casi todo... Y somos muchos los que no queremos hacer ese viaje, los que lamentamos que se nos haga esa propuesta. No entendemos que se salven bancos en lugar de salvar personas; no entendemos que se sigan quitando viviendas a las familias que ya lo han perdido casi todo; no entendemos que se eliminen las ayudas a la dependencia y se quiera implantar una ley del aborto tan retrógrada y dañina para las mujeres; no entendemos que se siga financiando a la iglesia desde el estado y que la asignatura de religión vuelva a servir para promediar en los estudios; no entendemos que los responsables de debacles bancarias y de estafas preferentes cobren indemnizaciones millonarias y no vayan a la cárcel... ¿Esto es un país democrático o el cortijo del tío Paco y la tía María? Y, sobre todo, no entendemos que esta gente no entienda que las leyes están para regular la vida y la convivencia de todos, no para recoger e imponer el pensamiento de unos pocos a toda la población.

Tenemos una casta política que decide sobre lo divino y humano, que se permite la licencia de opinar sobre cualquier colectivo de personas, de trabajadores y tomar medidas muy negativas para ellos, pero que es muy inconsecuente. Si su llegada al poder no ha conseguido más que aumentar el paro, aumentar el número de personas que se han quedado sin vivienda; aumentar el número de personas que necesitan de la beneficencia para poder vivir... Si, desde su llegada al poder no hay ni un solo índice económico que haya mejorado, está claro que son unos políticos inútiles, cuyos índices de productividad (eso que tanto juzgan en los demás) están por debajo del cero... Si tuvieran vergüenza, presentarían la dimisión, se irían a casa después de pedir perdón y devolverían una parte de sus inmerecidos salarios... Pero, claro, estamos en Españistán y aquí lo que hay que hacer si te quedas sin trabajo y al borde de la miseria es rezar, que eso alimenta mucho y sosiega cantidad... Con estos ejemplos delante de nosotros, hace falta valor para mantener las concepciones éticas que heredamos de nuestros padres y que debemos enarbolar ante este desmoronamiento social. Debemos rearmarnos emocional y éticamente los ciudadanos para sobrevivir, pero no debemos dejar de denunciar los “malos ejemplos”, esos comportamientos que nos llenan de vergüenza y de indignidad.

 Por lo demás, con algún retraso inesperado, fruto de inoportunos catarros en una primavera que no lo parece, tienes en las manos un nuevo “gurrión” que, además, es capicúa. Esperamos que sus contenidos sean de tu agrado y que pases un rato agradable en su compañía. Salud y fuerza para vivir y nos vemos en agosto.

(Texto de Presentación del número 131 de El Gurrión)