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LATIDOS VERANIEGOS (I): “Entre el recuerdo y el olvido”

 Los vencejos dibujan trayectorias que no dejan huella alrededor de la torre y con su vuelo ágil e incansable rompen la quietud del tiempo, adueñándose de todos los equilibrios posibles. Se nos muestran inaccesibles y esquivos, pero rápidos y poderosos en su dominio del aire. Viven del aire y en el aire y nunca “tocan con los pies en el suelo”.

 

1.- Estoy empezando a disfrutar de este tiempo vacacional. Recuerdo ahora un viejo dicho, protagonizado por un ciudadano que decía que le gustaría tener el sueldo de un militar, el trabajo de un cura y las vacaciones de un maestro. Probablemente, tal como se han puesto las cosas, una de las mejores cosas de nuestro trabajo sean las vacaciones (los chicos hace años que aseguran que lo mejor de la escuela son los recreos). De vez en cuando uno rememora otro dicho, también añejo, que viene a decir que, a juicio de algunos progenitores, cuando el niño o la niña lleva una escolaridad buena o brillante es porque la criatura es muy inteligente; en cambio, si el niño o la niña presenta problemas y no consigue sobreponerse a las exigencias escolares, es por culpa del maestro o de la maestra.

Con el tiempo, uno anda curado de espantos y asumiendo estos mitos canallas que buscan menospreciar el trabajo de maestras y maestros, por parte de progenitores que nunca cumplieron con los deberes que esa condición conlleva y que van sufriendo repentinos ataques de responsabilidad. Cuando cesan los ataques, regresa el olvido y la despreocupación; cuando vuelve el ataque hay que buscar culpables y siguiendo la tradición, éstos siempre se buscan fuera de uno, en el entorno en todo caso y el que más números tiene –si la criatura está en edad escolar- es el maestro o la maestra de turno. Esto no lo explican en la Facultad, pero se aprende ya el primer año de trabajo. No sé por qué me ha venido esto a la cabeza, pero ahí queda. Serán cosas del recuerdo…

 

 

2.- Leo la prensa y me asombra el juego de similitudes y parecidos que uno va encontrando (y no para bien, precisamente). Sami Naïr es profesor de Universidad y escribe frecuentemente en los periódicos. El pasado sábado (27 de junio) escribía sobre un tipo llamado Silvio que gobierna en Italia. A la hora de describirlo, se refería a él con expresiones como éstas: megalómano, vulgar, despiadado con sus adversarios, retorcido e hipócrita con sus aliados, manipulador y amoral. Y entonces, recordé…: ¡Qué casualidad que mi amigo A. G. Tellerías, la última vez que nos vimos, me contó una truculenta y detallada historia de su “jefa”! Perfectamente se le podrían aplicar todos esos adjetivos y añadir algunos más que él mismo me ofreció ese día: celosa, desmemoriada, acosadora y mediocre. Y todo lo anterior, practicado sibilinamente, por detrás, con sutileza para evitar los testigos porque si los hay, entonces el comportamiento es precisamente el contrario… Es curioso que algunos “Jefes” y algunos “jefecillos” estén cortados por patrones similares; es curioso y triste que el ejercicio del poder (a la escala que sea) dé, en algunos casos, estos productos tan defectuosos del género humano; subproductos, en definitiva, que necesitan una corte de ovejas para sentirse importantes. Es curioso tanto parecido entre Berlusco, el sultán italiano, y otros administradores de algunos diminutos reinos de taifás, con nombres tan familiares como Luisusca, Pedrusco, Pilarusca, Juanusco, Abelusco, Mariusca…

 

 

3.- Hace unos días, dos amigas me regalaron “VERSOS Y ORTIGAS” de Julio Llamazares. El libro se subtitula: (Poesía 1973-2008). Fue un regalo muy acertado. Primero por el autor, al que profeso admiración y considero un buen referente personal y luego por ser un libro sobre la poesía de Julio (poca producción, pero interesante, original…) En realidad, Llamazares publicó dos libros de poesía solamente y dejó de escribir hace muchos años. Él mismo, en el prólogo, explica que “El misterio de la poesía es igual de inexplicable cuando surge como cuando desaparece”.

 

Los versos que construye Llamazares no están sujetos a ninguna medida ni a rima alguna. En ocasiones son cortos párrafos de dos líneas y media o de una y media o de tres, que constituyen pensamientos completos y que también pueden leerse independientes del resto.

 

Me han gustado especialmente los poemas sin título que conforman el libro “La lentitud de los bueyes”; 20 poemas en total, escritos en 1979. De todos ellos, quiero reproducir el número 6, con unas reflexiones sobre la soledad, el recuerdo y el olvido…

 

Como los fresnos precisan del sol para darnos su música, así la soledad necesita el olvido.

 

Soledad sin olvido es agua muerta. O quizá menos: leña seca destinada a arder en fuegos sin costumbre.

 

Porque la soledad no alimentada con olvido es el terreno donde crecen los abrojos del recuerdo.

 

Y en el recuerdo está el origen de la autodestrucción.

 

Nadie ignora que el olvido es vino amargo, y que, bebido en soledad, mayor aún es su acidez.

 

Pero tampoco ignora nadie la mansedumbre que sustenta.

 

En cambio, los recuerdos, espejismos del miedo, son dulces a la lengua, pero roen el corazón como alimañas.

 

Y, puesto que el olvido supone trascendencia, sembremos su semilla en los lejanos terrenos amarillos de nuestra soledad.

 

Tras la amargura inicial, brotará como un trigal la mansedumbre.

 

Es cierto que, en ocasiones, los recuerdos son como fantasmas que se pasean por la mente con total impunidad y también lo es que no siempre estamos hablando de recuerdos agradables, que pueden confortar a nuestro espíritu. Los recuerdos traumáticos o desagradables nos desasosiegan e intranquilizan y sería más inteligente sumirlos en el olvido para que no interaccionaran con nosotros negativamente. Es posible que Llamazares tenga razón (a mí me gusta ese poema), pero a uno también lo construyen sus recuerdos y es posible y necesario convivir en paz con ellos. Uno vive para todo; no se admiten fracturas ni lagunas en la percepción. Creo que recordar ayuda también a ubicarse en el presente, y aún en el futuro, y también a interpretar con más exactitud algunas proximidades o algunos alejamientos.

En todo caso, los versos de Julio son una voz poderosa que nos interroga o que nos invita a pensar.

 

Por último, hay quien practica sistemáticamente el “olvido”: el olvido de los nombres, de las personas, de los hechos, de los méritos laborales, de la paternidad o maternidad de las ideas, de las ayudas aportadas… Hay quien, deliberadamente, practica ese tipo de conducta con la finalidad de herir y menospreciar. Yo lo he vivido y es duro. El problema es que a lo largo de la vida uno se ve obligado a compartir espacios y, a veces, hasta proyectos, con gente de toda ralea y a sufrir algunas inconveniencias, pero siempre hay que pensar que vendrán tiempos mejores y que este tipo de gente se pudrirán, precisamente, en el olvido.

 

4.- Y volviendo al comienzo, el día 1 de julio por la tarde se abre ante mí un horizonte libre de ataduras profesionales; quedan algunos flecos comprometidos hace un tiempo, pero en todo caso, relajados y estimulantes. Un tiempo que voy a dedicar a la lectura, a la conversación, al pensamiento individual o compartido, a la observación de lo pequeño y de lo cotidiano (tus ojos, por ejemplo), al paseo, a la excursión, a la escritura, a la comunicación con los amigos y las amigas, a leer el periódico diario, a visitar los blogs de las amistades, a revisar las colecciones y los álbumes de fotos, a reordenar los libros (y de paso, tocarlos y olerlos), a comer algunos manjares (y algunos helados), a charlar con la compañera y los hijos, a la contemplación y la meditación natural, a dejar pasar el tiempo y comprobar que va mucho más despacio cuando no tienes que llegar a una hora determinada a ningún sitio, a tomar nota de lo que dio de sí este curso ya enterrado y dejar lista la particular memoria que cada año voy haciendo y a practicar con mucho entusiasmo las relaciones extraescolares… Seguiré escribiendo en este blog, desde el que os deseo un buen verano.

 

01/07/2009 07:42 gurrion #. sin tema

Comentarios » Ir a formulario

Autor: Fina

Pues ala...a disfrutar de todo lo que bien describes al final del texto...vamos, a gandulear...jajaja (que envidia).

Supongo que dedicarás parte de tu tiempo a mandar trabajo para tus chicas cuenta-libros...¿qué haremos sin tí?

Disfruta. Un abrazo

Fecha: 02/07/2009 17:20.


Autor: Mariano

Hola, Fina: Bueno, digo muy alegremente lo de gandulear, pero no es tan fácil. Hoy mismo he escrito un artículo de tres páginas sobre los blogs que me habían encargado. Ya hace días que estoy trabajando en el número 116 de El Gurrión y preparando un número especial de la Revista de Literatura de Primeras Noticias dedicada a la poesía… Y otras muchas cosas que no cuento.
De todos modos se vive bien sin horarios. Que te apetece levantarte a las seis de la mañana porque no hay manera de dormir, pues te levantas, lees, escribes y luego te vuelves a la cama otra vez al cabo de un par de horas, por ejemplo… Esto es vivir sin horario, ¿sabes?
Mis chicas cuentalibros se apañan perfectamente sin mí, pero ahí estaremos para lo que haga falta, no te preocupes. Buen verano.

Fecha: 02/07/2009 19:06.


Autor: Judit Ainoza Codina

Hola, Mariano:

Tienes razón en la última parte, a disfrutar el verano q es muy largo y haber si puedo gandulear un rato.
Este curso se me a pasado muy rápido, espero que el verano no se pase tan rápido.
Bueno, como has dicho en el texto seguirás escribiendo en el blog y yo seguiré comentando.

Buen verano y disfrútalo.

Fecha: 03/07/2009 12:51.


Autor: Judit Ainoza Codina

Hola, Mariano:

Te vuelvo a escribir otro comentario porque antes se me había olvidado mencionar que hoy me parece, si no me equivoco, es el cumpleaños de Ramón Gómez de la Serna.

De nuevo que tengas un feliz verano.

Fecha: 03/07/2009 14:27.


Autor: Mariano

Hola, Judit:
Disfruta del verano, pero no olvides la lectura: ayudará a tener tu mente despierta y seguramente removerá tus sentimientos, si eliges bien. Este fin de semana me he leído un libro de título largo: “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”, de Stieg Larsson (“sólo” tiene 749 páginas). Es uno de esos libros que yo sólo puedo leer en vacaciones cuando dispongo de todo el tiempo libre.

Y sobre Ramón Gómez de la Serna, efectivamente nació en Madrid el día 3 de julio de 1888, pero ya murió como puedes imaginar viendo la fecha de nacimiento; murió en Buenos Aires (Argentina) el 13 de enero de 1963. Por tanto, si hubiera vivido, el pasado día 3 de julio hubiera sido su cumpleaños y hubiera cumplido, nada menos, que 121 años, un bonito número capicúa.
Un abrazo y buen verano

Fecha: 05/07/2009 12:42.


gravatar.comAutor: Guillem Arnau San Martín Guiral

Hola Mariano:
Situándome en el punto tercero (los recuerdos) no entiendo los esfuerzos que hace la gente por borrar los recuerdos “malos” ya que recordar los errores del pasado nos ayudaran a no volverlos a repetir en el futuro. Por tanto intentarlos olvidar es un esfuerzo innecesario.
Y ablando de recuerdos voy a comentar diferentes tipos de recuerdos que hay:
Recuerdos borrosos, recuerdos claros, recuerdos bonitos, recuerdo malos, recuerdos felices, recuerdos tristes, recuerdos paisajísticos, recuerdos amorosos...
Que pases un buen verano y cuando acabe ya aremos un intercambio de recuerdos del propio verano.

Fecha: 05/07/2009 13:51.


Autor: Mariano - Javier Marías

A propósito del punto 2 de la entrada, el escritor Javier Marías publica hoy un artículo en El País Semanal digno de reflexión:



CARICATURA DEL JEFE ESPAÑOL (O NO TANTO)
JAVIER MARIAS 05/07/2009 – El País Semanal

Decía Richard Ford, el viajero inglés que en el siglo XIX recorrió toda España a caballo y en diligencia y cuya magnífica serie de libros al respecto se ha reeditado hace poco aquí sin la alabanza que merece, que una de las más invariables características españolas, desde tiempos de Viriato y aun más atrás, era la de tener pésimos reyes, generales, caudillos, mandatarios eclesiásticos, gobernantes y jefes: indignos de confianza, abusivos, despóticos, engreídos, soberbios, incompetentes y metepatas. Ford celebraba que, de vez en cuando, a este o al otro sus subordinados hubieran acabado pasándolos por las armas tras rebelarse contra ellos, pero lamentaba que tan sabia y justa decisión llegara siempre demasiado tarde, cuando el dirigente había cometido todos los estropicios posibles y había dejado inservible o arruinado lo que quisiera que tuviera a su mando.
Es llamativo que esta característica se mantenga al cabo de los siglos, más aún cuando desde hace tres décadas los responsables políticos son elegidos y no nos vienen impuestos, como sucedió casi siempre a lo largo de nuestra historia. Basta echar un vistazo desapasionado a quienes mandan en los partidos, en el Gobierno, en las Comunidades Autónomas y en los Ayuntamientos para comprobar que poco ha cambiado. La mayoría rivalizan en decir y hacer estupideces dañinas. Pero la cosa va más lejos y alcanza a casi todos los ámbitos, de manera que ya no se sabe qué fue antes, si el huevo o la gallina, esto es: si los que tienen poder o podercillo, los que mandan algo en cualquier sitio, sea un Ministerio o una oficina, están ahí colocados por su inoperancia e imbecilidad, o si bien todo el mundo se vuelve inoperante e imbécil en cuanto se le da algún poder o podercillo. Pero miren a su alrededor, cuantos tengan jefes o eso aún más terrible llamado “jefes intermedios”, o cuantos conozcan a personas que los padezcan, y díganme cuántos sienten un mínimo aprecio por ellos, o admiración si es posible.
Cierto que yo no he tenido apenas, y que, de hecho, a la pregunta de las entrevistas “¿Por qué escribe usted?”, a menudo he respondido: “Para no tener jefe y para no madrugar”. Tuve dos en los años en que di clases, uno en Inglaterra y otro en España. Tal vez fue casualidad, pero el inglés (bueno, galés) era un tipo estupendo y eficaz, respetuoso, con sentido del humor y en absoluto autoritario; jamás se metía en lo que no lo concernía y procuraba que su departamento fuera lo mejor posible. El español, en cambio, fue subdirector durante un tiempo en que, por razones burocráticas, no hubo director, luego era él quien lo dirigía todo en la práctica. Bastó con que de pronto se lo nombrara oficialmente director –nada cambiaba de hecho– para que se hinchara, actuara como una madre superiora y se hiciera celoso de sus subordinados, hasta el punto de preferir que su departamento empeorara con tal de que ninguno destacara.
El jefe español –incluidos subjefes o jefes intermedios– se levanta todas las mañanas no pensando en cómo hacer bien su tarea o sacar mejor rendimiento a quienes tiene a sus órdenes (sin explotarlos), sino diciéndose: “Soy jefe, a ver cómo lo hago hoy notar”. Para él, lo importante no es que las cosas funcionen bien gracias a su trabajo, sino saberse por encima de otros y que esos otros dependan de sus decisiones. Por eso está mucho más atento a sus subalternos que a su quehacer. Les da órdenes arbitrarias y contradictorias para pillarlos en falta, y por supuesto jamás admite, cuando sobreviene el desastre, que éste tenga nada que ver con él, de la misma manera que si alguien de su equipo alumbra una buena idea, se apropiará inmediatamente de ella y acabará creyendo que fue suya. Al jefe español le gusta perorar ante sus empleados, les hace perder el tiempo y los abronca luego por los retrasos que él causa. Nada más ser ascendido y aterrizar en su puesto, decidirá que el mundo empieza con su advenimiento y lo cambiará todo, incluido lo que hasta entonces marchaba. Piensa que debe notarse su aparición al instante, y el ejemplo más nítido de esto lo encontramos en los Ministerios, cuyo cada nuevo inquilino despide a todos los cargos del anterior y deshace cuanto éste hubiera emprendido, fuera acertado o no. El jefe español es incapaz de limitarse a administrar, conservar y mejorar: está siempre lleno de peligrosas iniciativas y de ideas imbéciles, que a menudo sólo anuncia –si puede, a la prensa–, para luego no dar palo al agua. Algunos sí se ponen manos a la obra y el resultado es aún más catastrófico: si, por ejemplo, mandan en un Ayuntamiento, deciden erigir un innecesario polígono industrial junto a las ruinas de Numancia y cargarse un paisaje bimilenario; o excavar túneles y aparcamientos superfluos que destrozan las ciudades; o descatalogar los Jardines de las Vistillas (!) para que la Iglesia construya en su lugar mamotretos (algo tan grave como permitir edificar en el Retiro o en el jardín Botánico, que serían solares apetitosísimos). A Ford no le faltaba razón: llegamos siempre tarde.
Por supuesto que hay excepciones, y que esta descripción de los jefes españoles es una generalización, una caricatura y una exageración. Lo malo de nuestro país es que la realidad siempre acaba imitando a su caricatura, y aun la deja pálida.

Fecha: 05/07/2009 16:57.


Autor: Mariano

Hola, Guillem:

Veo que estás inspirado. Tienes buena parte de razón en lo que dices, pero ya sabes que en la vida hay distintas maneras de ver las cosas o diferentes ángulos de visión. Además las configuraciones personales son muy distintas: hay quien se entristece cuando ve una injusticia y hay quien ante el mismo estímulo reacciona con indiferencia. Hay quien recuerda serenamente y hay quien los recuerdos le desestabilizan. Es cierto que existen todos los recuerdos que nombras y seguramente algunos más: también recuerdos interesados, recuerdos involuntarios, recuerdos selectivos, grandes recuerdos, recuerdos de infancia y de adolescencia, recuerdos invernales, primaverales, otoñales y veraniegos; recuerdos viajeros, recuerdos fotográficos… Es interesante hablar de este tema… Me parece bien que intercambiemos recuerdos veraniegos cuando acabe el verano. Quedamos citados ya. Y si subes al Aneto este verano (en septiembre esa hazaña ya será un recuerdo) que te vaya bien y que lo corones con fuerza y energía. Un abrazo

Fecha: 05/07/2009 17:05.


Autor: Mariano - Philippe Claudel

Como anillo al dedo, esta cita literaria:

“Esta fuente no es una fuente normal, –explica el señor Linh-. Se dice que su agua tiene el poder de hacer olvidar las cosas malas. Cuando alguno de nosotros sabe que va a morir, viene a la fuente solo. Toda la aldea sabe adónde va, pero nadie lo acompaña. Tiene que recorrer el camino solo y arrodillarse aquí también solo. Bebe de esta agua y, en cuanto lo hace, su memoria se aligera: no conserva más que los momentos hermosos y las horas felices, todo lo agradable y dichoso. Los demás recuerdos, los que duelen, los que hieren, los que rajan el alma y la devoran, todos esos desaparecen, se diluyen en el agua como una gota de tinta en el océano”.

Páginas 102-103 del libro “La nieta del Señor Linh” de Philippe Claudel. Editorial Salamandra. Barcelona, 2008

Fecha: 05/07/2009 21:15.


Autor: Fina

Ayssss Guillem...¿no entiendes porqué la gente se empeña en borrar los malos recuerdos?...cuando tengas mi edad, lo comprenderás, jeje. Te explico, tienes que intentar vivir con ellos (cosa muy difícil de hacer si son realmente malos) u olvidarlos para no caer en una enfermedad llamada "ansiedad", o lo que es peor "depresión"...

Por eso optamos por intentar borrarlos de nuestra mente.

Ya debes estar de vacaciones por Sesué ¿no?, un saludo.

Fecha: 06/07/2009 16:25.


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